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Volver al corazón de la fe

La urgencia hoy no es hacer más, sino volver a vivir desde el corazón de la fe

Jesus and Peter on the Water | Gustave Brion-IA

Volver al corazón de la fe

Hay preguntas que, aunque no siempre se formulen explícitamente, laten en el fondo de la vida de la Iglesia. Una de ellas es esta: ¿qué es lo verdaderamente necesario en el momento presente para la Iglesia? No lo más visible, ni lo más inmediato, sino lo más decisivo. Pero junto a ella emergen otras que no pueden eludirse: ¿hasta qué punto la fe configura realmente nuestra existencia? ¿Es una convicción viva que orienta nuestras decisiones o se ha convertido, poco a poco, en una referencia que apenas influye en la vida?

Tal vez la respuesta no haya que buscarla fuera, en nuevas estrategias o en reformas externas, sino dentro, en la calidad real de la fe que se vive. Porque, más que señalar carencias o elaborar diagnósticos severos, se trata de reconocer una llamada que nos incluye a todos. Quizá la urgencia hoy sea esta: volver a dejarnos evangelizar por aquello mismo que creemos. No como quien empieza de cero, sino como quien redescubre una riqueza recibida que aún puede arraigar más profundamente en su vida.

Esta intuición no es nueva. Ya lo recordaba con lucidez Evangelii Nuntiandi: la Iglesia tiene siempre necesidad de una renovación interior que brota del Evangelio. No es, en primer lugar, una cuestión organizativa, sino de autenticidad. La fe no se posee como un bien adquirido de una vez para siempre; necesita ser acogida, alimentada y vivida continuamente.

Durante mucho tiempo, la fe se transmitía casi de manera natural. Formaba parte del ambiente, de las costumbres, del lenguaje común. Se aprendía en la familia, se reforzaba en la escuela y encontraba expresión en la vida social. Ese contexto, sin embargo, ha cambiado profundamente. Pero más allá del cambio cultural, el desafío es más hondo: muchos siguen considerándose creyentes, pero la fe no siempre ocupa un lugar real en su modo de vivir, en sus decisiones, en su manera de mirar la realidad.

Porque la fe no es simplemente una idea que se conserva ni una tradición que se repite. Es una relación viva que transforma. Supone dejar espacio a Dios en la propia existencia y permitir que su Palabra ilumine la inteligencia, oriente la voluntad y configure el modo de actuar. Cuando esto no sucede, la fe no desaparece necesariamente, pero pierde densidad, fuerza y capacidad de dar forma a la vida. Permanece como referencia, pero deja de ser criterio.

En paralelo, no se puede ignorar el profundo cambio cultural que estamos viviendo. En apenas unas décadas, España, como buena parte de Europa, ha pasado de un entorno en el que la fe encontraba apoyo en la familia, en la educación y en la vida social, a otro en el que ya no cuenta con ese respaldo y debe sostenerse por sí misma, casi siempre en el ámbito de la decisión personal. No se trata solo de una disminución de la práctica religiosa, sino de una transformación en la manera de comprender la verdad, la libertad y el sentido de la vida. Hoy predomina una mentalidad en la que Dios ha dejado de ser una referencia significativa para muchos, no tanto por rechazo explícito como por una creciente indiferencia.

Este nuevo contexto hace que la fe ya no pueda darse por supuesta. Necesita ser propuesta de nuevo, pero también redescubierta personalmente. Cada creyente está llamado a hacer suya la fe de manera consciente, no como una herencia asumida sin más, sino como una convicción que ilumina y sostiene la existencia.

Hoy uno de los riesgos más serios no es la pérdida total de la fe, sino su superficialidad. Una fe poco arraigada difícilmente sostiene la vida: se vuelve frágil, dependiente de lo emocional y vulnerable ante cualquier cambio de contexto. Cuando no ha sido interiorizada, no logra influir en las decisiones importantes ni orientar verdaderamente la existencia. Se adapta con facilidad, pero precisamente por eso pierde su capacidad transformadora.

La respuesta no puede limitarse a multiplicar iniciativas o a mantener estructuras. Es necesario volver a lo esencial. El cristianismo no comienza con una norma ni con una tradición, sino con un encuentro. Todo nace de ahí. Cuando ese encuentro se debilita, la fe se vuelve externa; cuando se renueva, todo recobra su unidad y su sentido.

Resulta especialmente importante y urgente recuperar una formación que no sea superficial ni ocasional. La fe necesita ser cultivada a lo largo de toda la vida. No basta con haberla recibido en un momento determinado. Es necesario conocerla, profundizarla, integrarla en la vida concreta y aprender a dar razón de ella. Sin este proceso, la fe se debilita; con él, madura.

La Iglesia está llamada a ofrecer al mundo una propuesta que no nace de la imposición, sino de la convicción. En una sociedad plural, su palabra solo será significativa si está sostenida por la coherencia de la vida. Hay realidades que siguen siendo esenciales, el valor de toda vida humana, la dignidad de la persona, la importancia de la familia, la necesidad de una educación integral, pero estas solo pueden ser verdaderamente comprendidas cuando se viven y se muestran desde dentro.

Es cierto que el momento actual puede ser interpretado como una caída en pérdida. Pero también puede leerse como una oportunidad. Cuando la fe deja de apoyarse en la costumbre, solo permanece si es verdadera. Esto obliga a purificar, a profundizar, a distinguir lo esencial de lo accesorio. Quizá estamos pasando de una fe sociológica a una fe más personal: menos extendida, pero más consciente. Y esto es muy bueno.

El Concilio Vaticano II recordó que la Iglesia se renueva continuamente en la medida en que se deja transformar por la Palabra que anuncia. No hay renovación auténtica sin conversión real. No hay vitalidad sin una fe vivida en profundidad.

La cuestión decisiva no está tanto en los cambios externos como en la respuesta interior de cada creyente. La Iglesia no necesita, en primer lugar, más estrategias pastorales, más medios, ni más visibilidad, ni siquiera más presencia social. Necesita algo más radical: hombres y mujeres que vivan su fe con verdad, que hayan redescubierto el Evangelio como una realidad viva capaz de transformar la existencia.

Porque solo una fe vivida puede ser transmitida. Y solo una Iglesia que se deja renovar desde dentro puede ofrecer al mundo algo verdaderamente significativo.

Quizá ahí se encuentra hoy la tarea más urgente: no dar nada por supuesto, no conformarse con lo recibido, sino volver una y otra vez a la fuente. No por inquietud ni por estrategia, sino por fidelidad. Porque, en el fondo, lo decisivo no es cuánto permanece de la fe en nuestras palabras, sino cuánto de nuestra vida ha sido realmente alcanzado por ella.

Antonio Ramos Ayala

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