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En la muerte de Habermas, el último filósofo ilustrado

Habermas

La muerte de Jürgen Habermas deja un vacío irremplazable. Era el último de los grandes filósofos surgidos en la Europa de la posguerra de 1945. Su ambición intelectual era similar a la de los grandes pensadores de la Ilustración alemana. Lejos de sucumbir a las críticas formuladas por los primeros representantes de la Escuela de Frankfurt al sueño de la razón, dedicó su pensamiento a reivindicar el papel civilizador del pensamiento racional.

Al igual que Adorno y Horkheimer, reconoció que la razón podía convertirse en un instrumento de opresión. Su perspectiva es similar a la de Emmanuel Lévinas, según el cual viaje de Ulises preparó la rampa de Auschwitz. Ulises no pretendió coexistir con la alteridad que conoció durante su accidentado regreso a Ítaca, sino someterla y disolverla. No le interesaba la diversidad, sino la identidad o, dicho de otro modo, la hegemonía de su perspectiva cultural.

Jürgen Habermas | EFE

Sin embargo, Habermas opina que el proyecto de la Ilustración trasciende esa pretensión reduccionista y aniquiladora. La razón, la libertad y la autonomía son los únicos ideales que pueden fundar una civilización libre, democrática y tolerante. Habermas admite que la razón instrumental es la perversión del ideal ilustrado. Solo busca el dominio y la eficiencia. Aliena al individuo y constituye una amenaza para la libertad y la diversidad. Eso no significa que la Ilustración sea un proyecto fallido. El imperativo categórico kantiano no es una fórmula periclitada, sino insuficiente. Su correcto desarrollo implica superar el carácter monologante del imperativo categórico por medio de la razón comunicativa, según la cual las normas y las leyes solo adquieren legitimidad cuando surgen del diálogo y no de la reflexión individual. No hay que desechar de la razón, sino reconstruirla por medio de la palabra y el consenso.

En cierto sentido, Habermas corrobora los argumentos de Hannah Arendt sobre la “acción”. Entendida como el ejercicio de la libertad mediante el uso de la palabra en la esfera pública, la “acción” constituye la actividad más elevada y emancipatoria de la especie humana. El debate sin trabas ni censuras es el mejor dique contra la tiranía y la barbarie. La palabra como herramienta de confrontación no violenta es la praxis más eficaz para neutralizar la posibilidad de la guerra o el abuso de poder.

Publicada en 1981, la Teoría de la acción comunicativa de Habermas propone el tránsito de la razón instrumental a la razón comunicativa. La razón instrumental está orientada al éxito individual. No considera al hombre un fin en sí mismo, sino un medio. No fomenta la cohesión social, sino la desintegración y la incomunicación. En cambio, la razón comunicativa busca la verdad, la rectitud y la veracidad. No anhela imponer, sino negociar y promover el pacto entre los ciudadanos, a los que considera fundamentalmente hablantes, es decir, seres racionales con autonomía, dignidad y criterio propio.

Teoría de la acción comunicativa

Habermas opone el “mundo de la vida” al “sistema”. El “mundo de la vida” es el espacio de cultura, la sociedad y el diálogo. Se basa en valores y acuerdos. Por el contrario, el sistema es la trama del capitalismo. Surge de la combinación del poder económico y el poder político. Su única preocupación es garantizar el desarrollo económico y la solidez del Estado. No necesita el consenso ni la comunicación. Le basta mantener la operatividad de las instituciones y las empresas. El “sistema” ha colonizado el “mundo de la vida”, deshumanizando a la sociedad.

La lógica instrumental ha sustituido a la comunicación racional y ha engendrado patologías sociales como la desafección democrática, el deterioro de la convivencia, el renacimiento de las ideologías totalitarias y el odio inhumano a los inmigrantes. La razón instrumental es una tecnocracia similar a la distopía nazi. Si no se desactiva o neutraliza, los viejos demonios de Europa podrían resucitar y conducirnos nuevamente a escenarios dramáticos.

Al filósofo italiano Gianni Vattimo no le convencieron las tesis de Habermas. En 1985 publicó El fin de la Modernidad, donde argumentó que la racionalidad no podía ser reconstruida. La fe en la razón, el progreso lineal y las verdades absolutas, tres fetiches suscritos indistintamente por el liberalismo y el marxismo, había fracasado. La Modernidad había llegado a su fin. En su lugar, había surgido la Posmodernidad, una época con múltiples narrativas que ya no creía en verdades absolutas. Ese nuevo nihilismo no representaba una catástrofe, sino una oportunidad. La muerte de las certezas incontrovertibles liberaba al ser humano de las estructuras autoritarias y promovía una transformación social basada en la tolerancia, el relativismo y la diversidad.

El “pensamiento fuerte” de la Modernidad había desembocado en el colonialismo y dos guerras mundiales. En cambio, el “pensamiento débil” de la Posmodernidad favorecería una era donde no habría verdades, sino interpretaciones, lo cual permitiría la coexistencia de distintas culturas y cosmovisiones. Los dogmatismos de la Modernidad serían sustituidos por una lógica de la emancipación, donde la tradición ya no sería una losa, sino una referencia con un valor oscilante. El ser humano forjaría su identidad mediante el desapego y no a partir de una adhesión incondicional a lo heredado o inculcado. Habermas objetó que la Posmodernidad era una Antimodernidad que negaba el principio de verdad, lo cual frustraba cualquier posibilidad de consenso.

Gianni Vattimo

Si todo es relativo, no es posible justificar la Declaración Universal de los Derechos Humanos ni avanzar hacia marcos más garantistas, donde las minorías puedan invocar normas de aplicación planetaria. El relativismo puede convertirse en un aliado del pensamiento reaccionario, pues apelará a la diversidad de costumbres para justificar discriminaciones odiosas. Habermas completó su defensa de una Modernidad revisada críticamente con el concepto de “patriotismo constitucional”, que antepone la lealtad a los principios democráticos a la fidelidad a la identidad étnica o cultural. La ciudadanía no debe vincularse a la sangre o al territorio, sino a la Norma constitucional. Solo así se podrá garantizar la estabilidad de las sociedades multiculturales, donde la pluralidad siempre estará protegida y moderada por el imperio de la ley.

Habermas se pronunció a favor de la globalización y afirmó que la libertad compartida siempre sería más importante que la soberanía nacional. Al igual que Platón, siempre consideró que un pensador no podía permanecer al margen de la historia. De ahí que condenara la invasión de Ucrania, pero sin ocultar su preocupación por la idea de un rearme que podría reactivar el viejo belicismo europeo.

Nacido en Düsseldorf en 1929, Habermas sufrió en sus propias carnes los zarpazos del totalitarismo. Hijo del director ejecutivo de la Cámara de Industria y Comercio de Colonia, su familia simpatizaba con los nazis y, como otros miembros de su generación, ingresó en las Juventudes Hitlerianas. Con una fisura en el paladar y un labio leporino, soportó de mala manera las burlas de sus compañeros de escuela, lo cual le hizo refugiarse en los estudios y valorar el diálogo como instrumento para combatir los conflictos. Su pasado como joven hitleriano le impidió manifestar ninguna opinión crítica sobre el Estado de Israel. A medio camino entre la socialdemocracia y el liberalismo progresista, fue un europeísta convencido. Se opuso al radicalismo del Mayo del 68, acusando al líder estudiantil Rudi Dutschke de enarbolar la bandera del “fascismo de izquierdas”.

Ya en los años 80, se enfrentó con el historiador conservador y revisionista Ernst Nolte, según el cual el nazismo solo fue una respuesta al terrorismo bolchevique. Habermas acusó a Nolte de banalizar el pasado para exculpar a Alemania de su responsabilidad histórica en la Shoah, el mayor pogromo de la historia.

Jürgen Habermas ha muerto con 96 años. Su vida ha sido fecunda. Nos deja más de cincuenta libros y centenares de artículos y conferencias. Siempre abierto al diálogo, debatió con Joseph Ratzinger el 19 de enero de 2004 en la Academia Católica de Baviera, polemizando sobre el origen de los valores universales. Habermas sostuvo que eran fruto de procesos deliberativos y no de un mandato sobrenatural. Ratzinger señaló que ese planteamiento escondía el peligro de convertir a las mayorías en la única fuente de legitimidad, lo cual no garantizaba el respeto incondicional a la dignidad humana. Ambos concluyeron el encuentro reconociendo que la fe y la razón debían ejercer la autocrítica para no incurrir en la intolerancia.

Habermas y Ratzinger durante el debate

Para los que carecen de fe, Ratzinger y Habermas ya solo son un recuerdo en la memoria colectiva. Los que aún conservan la esperanza de un mañana situado más allá del tiempo y el espacio, pensamos que el filósofo y el teólogo podrán continuar su diálogo, sin soportar los límites impuestos por la implacable biología. “Avergüénzate de morir hasta que no hayas conseguido una victoria para la humanidad”, afirmó Habermas. A la luz de esta reflexión, solo cabe concluir que el filósofo ha muerto en paz, pues hasta el fin de sus días luchó por que el diálogo -y no la violencia- marcara el rumbo de la historia.

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