14.6.26. Dom 11 TO. Curad enfermos. Resucitad muertos, limpiad leprosos El evangelio entero: Mt, 9, 36-10, 8
El Papa León ha pasado como un vendaval por Madrid, Barcelona y Canarias. La mayoría han quedado contentos. Unos han aplicado unas cosas, otros otras. El tema está en recibid y aplicar el evangelio entero.
Por suerte, este domingo 14 de Junio, 11 del tiempo ordinario la litúrgica católica proclama el evangelio del gran envío de Jesús
Mt 9, 36-10, 8
9, 36Al ver a las muchedumbres, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, «como ovejas que no tienen pastor». 37Entonces dice a sus discípulos: «La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; 38rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies».
101Llamó a sus doce discípulos y les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y toda dolencia. 2Estos son los nombres de los doce apóstoles: el primero, Simón, llamado Pedro, y Andrés, su hermano; Santiago, el de Zebedeo, y Juan, su hermano; 3Felipe y Bartolomé, Tomás y Mateo el publicano; Santiago el de Alfeo, y Tadeo; 4Simón el de Caná, y Judas Iscariote, el que lo entregó. 5A estos doce los envió Jesús con estas instrucciones: «No vayáis a tierra de paganos ni entréis en las ciudades de Samaría, 6sino id a las ovejas descarriadas de Israel. 7Id y proclamad que ha llegado el reino de los cielos. 8Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, arrojad demonios. Gratis habéis recibido, dad gratis. 9No os procuréis en la faja oro, plata ni cobre; 10ni tampoco alforja para el camino, ni dos túnicas, ni sandalias, ni bastón; bien merece el obrero su sustento.
Este pasaje consta de varias partes que voy a comentar por separado:
‒ Introducción. Sintió compasión de la muchedumbre porque eran como ovejas sin pastor. Esta palabra (que Mateo ha tomado de Mc 6, 34) proviene de Num 27, 17, donde Moisés, situado ante su muerte, pide a Dios que nombre a buen sucesor suyo, para que los israelitas no queden como ovejas que no tienen pastor. Pero ella se ha convertido después una palabra clave de la tradición escatológica de Israel que aparece una y otra vez como pueblo disperso, humillado, sometido, como ovejas que no tienen pastor (cf. 1 Henoc ). Marcos cita esa palabra en el contexto de la muchedumbre que sigue a Jesús, careciendo de palabra y comida (sigue el relato de la multiplicación de los panes). Mateo la introduce en el contexto de apertura de la gran misión, cuando Jesús descubre la situación de miseria del pueblo, sin guías ni pastores, a merced de todos los engaños y peligros, mentiras y opresiones.
No se trata de una palabra espiritualista, de tipo exclusivamente religioso (en el sentido moderno del término), sino de un sentimiento y palabra de tipo “social”. Lo que Jesús descubre y lo que ponen de relieve Marcos y Mateo, cada uno en su contexto, es la opresión “integral” de las muchedumbres no de unas pequeñas élites de privilegiados. No es una miseria interior (por culpa de cada uno), sino una miseria y opresión social, producida no sólo por falta de auténticos “pastores”, sino por la existencia de pastores (autoridades) que oprimen al pueblo.
Ésta es, por tanto, una experiencia de protesta económica y política, que Jesús asume, haciendo suya el lamento de dolor del pueblo, lo mismo que al comienzo de la misión de Moisés, cuando descubre que Dios siente/comparte el dolor de su pueblo oprimido en Egipto (Ex 2, 23-25; 3, 7-10). Es la misma experiencia de Moisés cuando siente, al final de su vida, que su pueblo puede quedar abandonado como ovejas sin pastor[1].
‒ Sintió compasión: Jesús, experiencia de Dios. Mateo retoma la palabra clave de Marcos (Jesús esplagnisthe, sintió compasión) del lenguaje teológico del Antiguo Testamento, donde es el mismo Dios el que tiene compasión de su pueblo, no sólo en los textos citados (Ex 2, 23-25; 3, 7-10), sino en el pasaje clave de la revelación suprema, tras la ruptura del primer pacto, cuando Dios se presenta a Moisés pronunciado las palabras centrales de la revelación israelita (Dios clemente y misericordioso…: Ex 34, 6-7). Éste es el Dios que tiene “entrañas de misericordia” ( y que así se compadece de los hombres (cf. Lc 1, 78). Pues bien, Jesús aparece en Mt 15, 32 como aquel que se compadece del hombre del pueblo que le sigue, lo mismo que del ciego que le pide curación (cf. Mt 20, 34) o de la muchedumbre necesitada (Mt 14, 14). Este es el punto de partida de la acción mesiánica de Jesús: la misericordia de Dios que se expresa y actúa a través de su ministerio.
‒ Porque estaban oprimidos y aplastados , como ovejas que no tienen pastor. Estas palabras indican el carácter “social” del pecado, es decir, de la situación de los hombres y mujeres de quienes Jesús se compadecer, como enviado de Dios. Nos hallamos ante un nuevo camino de éxodo, y los oprimidos no son ya los hebreos cautivos de Egipto, sino las muchedumbres de Galilea (en tiempo de Jesús), o del entorno del evangelista Mateo. No se trata, pues, de una situación de pura miseria moral, intimista (de pecado interior), sino de injusticia social, que proviene de la falta de verdaderos “`pastores”. Hombres y mujeres se encuentran eskulmenoi ,es decir, vejados y cansados, maltratados, es decir, en sentido general: oprimidos. En segundo lugar se dice que ellos se encuentran erripmenoi palabra que significa arrojado con violencia, pisados en el suelo, aplastados. Esta es la situación de los hombres y mujeres que Jesús encuentra en su camino mesiánico: No son unos ignorantes religiosos, a los que se debe enseñar (¡cosa que también puede ser cierta!), sino unos oprimidos sociales a quienes se debe liberar, para que puedan recuperar su dignidad humana.
‒ En el origen de la misión de Jesús se encuentra por tanto el descubrimiento de la miseria social de las multitudes, no sólo en el contexto galileo de tiempo de Jesús, sino en el mismo entorno de la comunidad de Mateo. No se trata, pues, de un problema “legal”, en el sentido de falta de pureza sagrada, un problema que se resuelva cumpliendo mejor los ritos religiosos del pueblo israelita, sino de un problema social en el sentido fuerte de ese término. El problema clave no es por tanto el ser israelita o no (cumpliendo unos ritos nacionales, que separen a los judíos de los otros pueblos), sino el de vivir en libertad y dignidad humana, de manera que unos hombres no se encuentren vejados y arrojados (aplastados) por otros.
‒ Desde aquí se entiende la sentencia final: “la mies es mucha, los obreros pocos”; pedid, pues, al dueño de la mies… La imagen nos lleva del plano de la “ganadería” (pastores y ovejas…) al de la agricultura (la mies es mucha…). Esta mezcla de imágenes (de pastores y de agricultores) resulta normal a lo largo de la tradición judía y de los orígenes del cristianismo. En vez de pedir el despliegue de buenos pastores (que cuiden al rebaño), se pide a Dios que envíe buenos agricultores, que cuiden la mies (tema clave del capítulo de las parábolas: Mt 13). En esa línea ha de entenderse el próximo capítulo, centrado en la misión de los discípulos de Jesús.
Mt 10. La misión de Galilea Introducción
A los primeros cristianos les llamaron despectivamente galileos, por la patria de su fundador y por el lugar de su origen (Hech 1, 11; 2, 7; cf. Lc 22, 59), pensando que no eran creyentes puros, como los judíos de Judea (cf. Jn 7, 52), ni representantes de una cultura universal, como muchos helenistas de la diáspora, entre los que se cuenta el mismo Pablo (cf. Hech 21, 39), sino hombres y mujeres "de provincias", que incluso hablaban mal, empleando su dialecto (cf. Mc 14, 70).
De un lugar apartado y poco importante llegaban los seguidores de Jesús, y allí siguieron viviendo, en la zona donde el maestro había anunciado el evangelio y donde, según Marcos 16, 7 y Mateo 28, 7.16-20, debía comenzar la misión del resucitado. Allí, en la periferia, había comenzado “la cosa” de Cristo (cf. Hech 9, 31), de manera que sus primeros seguidores fueron hombres y mujeres “marginales”, que no estaban en el centro de la "iglesia" judía, ni de la cultura del imperio. En Galilea tenían sus raíces (y posiblemente actuaron) no sólo Pedro y los Doce, sino también las mujeres amigas de Jesús y quizá los quinientos hermanos de quienes dice 1 Cor 15, 5-6 que «vieron» a Jesús resucitado[2].
Los seguidores de Jesús empezaron siendo, según eso, marginales, oriundos de una provincia de cruce, abiertos a influjos diversos, mestizos despreciados por los puros. Es muy probable que las muchedumbres de seguidores de Jesús, que la tradición ha recordado (cf. Mc 3, 7-12), sirvan para evocar a esos cristianos de provincia. Entre ellos se encontraban aquellos a quienes Jesús resucitado ofreció el pan y los peces de las multiplicaciones (cf. Mc 6-8). Ellos recogieron y transmitieron muchos elementos de una tradición que ha desembocado en los evangelios, a partir de Marcos y de un documento que suele llamarse Q (del alemán Quelle, Fuente), que no se conserva ya, pero que ha sido generosamente utilizado por Mateo y Lucas.
Los Doce (10, 1-4a)
[Lista de los Doce] Éstos son los nombres de los doce enviados: el primero, Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés; Santiago el Zebedeo, y su hermano Juan; Felipe y Bartolomé, Tomás y Mateo, el publicano; Santiago el Alfeo, y Tadeo; Simón el Celote, y Judas Iscariote, el que lo entregó. [Tarea] A estos doce los envió Jesús con estas instrucciones. (10, 1-5a).
La introducción resume y anuncia todo lo que sigue en este capítulo: Jesús confía a sus doce discípulos autoridad para expulsar espíritus impuros y para curar toda enfermedad y dolencia, en la línea de la tercera de las tareas de Jesús (9, 35: enseñar en las sinagoga, proclamar el reino, curar toda enfermedad). A lo largo de este capítulo se irá precisando el sentido de esa autoridad, relacionada con el anuncio del Reino y la enseñanza de las sinagogas. Dos son los rasgos que pueden destacarse:
‒ Los Doce, la comunidad de Israel. Mateo no había dicho hasta ahora nada de ellos, ni en Mt 4, 18-22 (elección de los cuatro primeros discípulos), ni después al ocuparse de otros (8, 18-22; 9, 9). Sólo ahora, por sorpresa, descubrimos la existencia de “los doce”. No son doce sin más, sino “los doce” sin que Mateo hubiera tenido necesidad de precisarlo hasta ahora, pues él supone que su comunidad (o iglesia) conoce este dato. Ellos pertenecen al pasado de la comunidad y proyecto israelita de Jesús (¡las doce tribus!), que les dirige una enseñanza especial, a ellos solos (cf. 11, 1), como representantes y compendio de todo Israel. Jesús subirá expresamente con ellos a Jerusalén, para culminar allí su obra (20, 17); y por eso, como signo y principio del nuevo Israel, les ofrece la gran promesa: Sentarse sobre doce tronos, juzgando a las doce tribus de Israel (19, 29).
‒ Los Doce, discípulos de Jesús. Pero el Jesús de Mateo no define ya a los “doce” como israelitas sin más, como representantes del “pasado eterno” de su pueblo, sino como “discípulos suyos”. No son “doce” sin más por israelitas, sino por discípulos de Jesús, porque han escuchado y conocen su doctrina, porque han compartido sus “milagros”. Estamos pues ante un nuevo comienzo, realizado ciertamente a partir de Israel, pero que tiene como referencia básica la enseñanza de Jesús, con el grupo de sus primeros discípulos, cuyo nombre básico no es apóstoles, en la línea de una tradición de tipo más helenista (como vemos en Pablo), sino “discípulos”, es decir, aquellos que han aprendido con y de Jesús, aquellos cuyo libro es ahora el evangelio.
‒ Apóstoles. Ciertamente, Mt 10, 2 les llama “enviados” (apóstoles, avp,stoloi, como en hebreo saliah) pero casi más como adjetivo participial (del verbo avpostell¿o) que como nombre propio, y así lo vuelve a destacar 10, 5. Conforme a la tradición de Pablo (y de sus discípulos), los más importantes en la tradición del Jesús pascual son los “apóstoles”, enviados del resucitado, fundadores de Iglesias, de manera que ellos están por encima de los maestros, evangelistas o profetas (cf. 2 Cor 12, 28-29; Ef 4, 11), y de esa manera él a sí mismo (cf. Gal. 1,1,11 ss; 2, 8). Pues bien, en contra de eso, a juicio de Mateo, los primeros en la Iglesia de Jesús son sus discípulos, que reciben el nombre de apóstoles en cuanto enviados (cf. 10, 5), pero que no pueden ser enviados si es que no son discípulos y extienden el discipulado (como sigue suponiendo 28, 16-20).
‒ Los nombres de los Doce son… Mateo recoge aquí la lista de Mc 3, 16-19, con unas pequeñas variantes. (a) Sigue destacando el nombre y primer lugar de Simón, llamado Pedro (cf. 16, 13-20), y le vincula más estrechamente con Andrés, su hermano, prescindiendo del sobrenombre (Boanerges) de los zebedeos (cf. 4, 18-22). (b) Pone después a Felipe y Bartolomé, como hace Marcos, pero invierte el orden de Tomás y Mateo, a quien llama el “publicano”, para identificarle con el de la llamada de 9, 9. Los restantes siguen el orden de Marcos. Mateo sabe que estos Doce fueron importantes para Jesús y en el comienzo de la Iglesia (en la línea de Pablo, cf. 1 Cor 15, 5), pero sabe también (igual que Pablo) que ellos no han pervivido como una institución definitiva en la Iglesia posterior, aunque conservan, como he dicho, una función escatológica “Os sentaréis sobre doce tronos, juzgando sobre las doce tribus de Israel” (Mt 19, 28; cf. Lc 22, 30).
2. 10, 4b-15: Instrucción misionera
Desde el fondo anterior ha de entenderse la instrucción misionera 10, 4b-15, un texto clave de la vida y experiencia de la iglesia, que Mateo ha recibido de la tradición del Q (mejor conservada en Lc 10, 1-8) y de Mc 6, 7-11. Hay, sin duda, en el fondo unos recuerdos de la praxis misionera de Jesús y de sus primeros seguidores, pero ella ha sido reinterpretada por las primeras comunidades cristianas, especialmente en Galilea. Ésta no es la praxis que seguirán después los helenistas y Pablo, tal como aparece en sus cartas; ni es la praxis de la Iglesia establecida de Jerusalén (con Santiago, el hermano de Jesús, en una línea más cercana al “establishment” judío. Ella recoge el recuerdo de Jesús, y la misión de sus primeros seguidores, no sólo en el tiempo de su historia, cuando Jesús vivía, sino en los primeros años de las comunidades galilea, tras la pascua.
Esta empieza siendo una “misión intrajudía”. No se trata, por ahora, de abrir el judaísmo y de llevarlo fuera, sino de vivirlo de una forma mesiánica, no a partir de los nuevos/escribas fariseos, que se volverán dominantes tras el 70 d.C., sino a partir de la enseñanza y kerigma de Jesús, con los “milagros” (tema de 4, 23 y y 9, 35). Los portadores de esa misión serán profetas carismáticos. Así les dice Jesús en Mt10, 5b-15 (Mc y Q)
[1. Lugar de misión] 5 No vayáis a tierra de gentiles, ni entréis en las ciudades de Samaria; 6 id, más bien, a las ovejas descarriadas de Israel.
[2. Kerigma y curaciones]7Yendo, pues, anunciad el kerigma diciendo: El reino de los cielos se ha acercado. 8Sanad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, expulsad demonios; gratis recibisteis, dadlo gratis.
[3. No llevéis nada]9 No toméis oro, ni plata, ni cobre en vuestros cintos, 10 ni alforja para el camino, ni dos túnicas, ni calzado, ni bastón, porque el obrero es digno de su sustento.
1. Lugar de misión (Mt 10, 5b-6). Marcos identifica a los enviados (apóstoles: cf. Mc 3, 14) con los Doce, a quienes presenta como símbolo y compendio de los misioneros de la iglesia, que al fin (cf. Mc 16, 7) no aparecen ya como Doce, sino como mujeres y discípulos con Pedro. No les destina a ningún lugar concreto, aunque por el contexto se puede suponer que van por las aldeas del entorno de Galilea, pues vuelven pronto (6, 30). Lucas se sitúa en la misma perspectiva, pero añade (quizá desde el Q) que los enviados iban preparando el camino de Jesús, como los heraldos o enviados imperiales, que disponían todo para la llegada del Señor[3]. Pues bien, de un modo en principio sorprendente, Mateo restringe ese primer envío “a las ovejas perdidas de la casa de Israel” (10, 5-6). Esta restricción puede entenderse de dos maneras fundamentales:
‒ Como recuerdo histórico, pero no de Jesús, sino de algunas iglesias antiguas, de judeo-cristianos, que habrían restringido expresamente el mensaje y camino de Jesús a los judíos (hasta la llegada gloriosa del Mesías). Ésta no puede haber sido una palabra de Jesús, pues Jesús no se ocupó expresamente de ese tema en un plano teórico. Él anunció y extendió el mensaje mesiánico en el contexto israelita (galileo), que era el suyo, aunque tuvo contacto con gentiles y esperaba la llegada final de los pueblos a Jerusalén para unirse de esa forma al Reino. Sólo más tarde, como sabe Pablo (cf. Gal 1-2; Hch 15) se planteó de forma aguda el tema de la pertenencia de los gentiles a la Iglesia, sin haberse circuncidado antes. Esta “sentencia” recoge la opinión de algunos grupos “judeo-cristianos” más estrictos, que se oponen no sólo a la misión de los gentiles (incircuncisos, impuros por sus comidas), sino incluso de los samaritanos (circuncisos, observantes de la ley de las comidas que aparece en el Levítico).
‒ Mateo recoge esa prohibición y la pone en boca de Jesús, pero lo hace desde la perspectiva de una misión antigua (de los doce), que es anterior a la muerte-resurrección de Jesús, y que sólo puede interpretarse (entenderse) en ese trasfondo. Para ser fiel a su “inspiración” mesiánica, Jesús tiene que empezar diciendo esta palabra, planteando esta estrategia de Reino, y así tiene que recordarlo Mateo, precisamente porque quiere ir superando esa fijación israelita. No dice que vayan sólo “a las ovejas de Israel” (con lo que el tema sería la identidad de Israel como pueblo), sino a las “ovejas perdidas” de Israel (ta. probata ta apololota), no para “recuperar” a Israel como tal, sino a las “ovejas perdidas”, de las que ha tratado el párrafo anterior (como ovejas “oprimidas, aplastadas”; 9, 36). Ciertamente, esas ovejas importan por ser israelitas, pero, sobre todo, por hallarse oprimidas y aplastadas.
Éste es un tema clave que a veces corremos el riesgo de pasar por alto: Siendo Israelita, el Jesús de Mateo es ante todo un “mesías de los marginados”, que acaban siendo en el fondo los mismos que los marginados de otros pueblos. Si hubiera ido en la línea de la “pureza” israelita (como los escribas de los fariseos, como los nuevos rabinos tras el 70 d.C.), no hubiera habido problema: Jesús hubiera quedado dentro de los muros de Israel. Pero desde el momento en que opta por los “perdidos” (apastados, marginados) su elección puede abrirse después y se abre a todos los pueblos (como verá Marcos desde su contexto de las zonas marginales de Antioquía).
Esta misma elección (ovejas perdidas de Israel) irá marcando todo el transcurso posterior del evangelio, con la persecución que viene, y con los conflictos posteriores, que desembocan en la apertura universal de Mt 28, 16-20… cuando este primer mandato misionero dirigido sólo a los marginados de Israel se extiende a todos los pueblos de la tierra. Esta reducción de 10, 5 marcará, de manera dramática, toda la dinámica posterior del evangelio, en una línea que, en fondo, es la misma que ha trazado Pablo en la Carta a los Romanos: Los judíos fueron los primeros; pero el rechazo de un tipo de judaísmo ha llevado, desde dentro, a la misión de los gentiles.
2. Kerigma y curaciones: todo gratis (Mt 10, 7-8). Jesús ofrece dos de las tareas que él ha ejercido según 9, 35; 4, 22,3: Enseñanza, kerigma, curaciones. Significativamente, Mateo aquí deja a un lado la “enseñanza” de las sinagogas, quizá porque es menos posible (no es fácil que los misioneros cristianos del 80 d.C. pudieran entrar en las sinagogas judías para enseñar en ellas), para centrarse en las otras dos funciones:
‒ El kerigma de los enviados (10, 7) es el mismo que el de Juan Bautista (3, 2) y el de Jesús (4, 16). Ellos siguen anunciando la llegada del Reino de los cielos, y lo siguen haciendo ante todo con su vida (como seguiremos viendo). No son en principio maestros de doctrina, expertos rabinos, como los maestros judíos de las sinagogas, hombres o mujeres de libro, sino testigos del Reino de Dios, en la línea de Jesús, y de esa forma ofrecen ante todo el testimonio de la vida, como seguiremos viendo, no sólo a través de los “milagros”, sino a través de su desprendimiento radical.
‒ Las curaciones…Jesús les da el poder de realizar sus mismas obras (cf. Mt 8-9), condensadas en tres (o cuatro) ejemplos principales: Sanad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, expulsad demonios (10, 8). Esta palabra retoma el motivo del principio (expulsad demonios, curad toda dolencia: 10, 1). Es evidente que las tres “dolencias” no se sitúan en el mismo plano: una cosa es la enfermedad más física, otra la lepra más social, y otra la muerte (poder radical de destrucción de la persona). Pero las tres aparecen unidas, indicando que la obra de los enviados de Jesús tiene ante todo una meta antropológica de sanación: No se trata de ofrecer enseñanzas, una doctrina de escuela, unas normas sobre la pureza social, sino de iniciar una vida distinta. Lo que Jesús ofrece no es una simple reforma dentro del judaísmo nacional, sino una transformación radical de las personas.
‒ Gratis lo habéis recibido, dadlo gratis. Y todo eso debe realizarse en el nivel más hondo de la “gratuidad”, como ha puesto de relieve san Pablo, en una línea convergente. No se trata pues de “ganar adeptos” para el judaísmo, ni para ningún otro tipo de grupo, de iglesia particular o secta. Los discípulos de Jesús son portadores de una experiencia más honda de todas, que es significativamente propia de Mateo y que, en sentido estricto, va en contra de la limitación anterior (no vayáis a los gentiles…). Todo lo que se hace dentro de un pueblo y para el propio pueblo no es nunca gratis, sino que pertenece a la “ley del talión”, que Jesús ha superado en dos antítesis (Mt 5, 38-48). Por el contrario, la norma de la gratuidad (dorean elabete( dorean dote) sobrepasa las limitaciones nacionales y sociales. Los discípulos de Jesús han de ser testigos y portadores de esa experiencia y don de gratuidad, que sólo puede entenderse y vivirse en una línea universal (abierta a todos los seres humanos).
Exorcista y sanador fue Jesús ( exorcistas y sanadores serán sus discípulos, con una autoridad de curación que no se puede reglamentar por grupos religiosos, ni por leyes especiales. Exorcistas y sanadores no son escribas, sacerdotes o guerreros de una comunidad instituida, sino carismáticos puros, testigos de la gratuidad, como ha destacado expresamente Mateo, que aparece así como evangelista de la gratuidad. Estos sanadores del Reino son la primera y única autoridad del evangelio, mensajeros de Jesús o terapeutas, sanadores: curan, ayudan a vivir a los humanos. No reciben potestad externa, por "orden social" o delegación separada de la vida, sino que son autoridad como Jesús, por lo que hacen, curando y liberando a los humanos.
Los discípulos de Jesús no son dirigentes, ni pastores de un rebaño organizado (superando la imagen de Mt 10, 6), sino misioneros, creadores de humanidad, porque aquello que a todos los hombres y mujeres vincula es el don gratuito, como indica de manera sorprendente esta palabra dos veces repetida en 10, 8 (dwrea.n), que aparece sobre todo en el lenguaje paulino (cf. 2 Cor 11, 7; Rom 3, 24). Desde este contexto se entiende mejor el tema siguiente:
3. No toméis nada (10, 9-10). El orden establecido sólo puede ejercerse con medios adecuados, tanto en bienes materiales (comida, provisiones), como en signos de honor (vestidos, documentaciones). En contra de eso, Jesús ofrece a sus delegados el don de la vida: Gratuitamente lo han recibido, gratuitamente deben darlo. Las reglamentaciones varías en cada tradición (Mc, Q, Lc, Mt). Éstos son los elementos propios de Mateo:
‒ No toméis oro, ni plata, ni cobre en vuestros cintos, es decir, ningún tipo de monedas que les permitan comprar aquello que necesitan. No actúan así por austeridad o pobreza, ni por rechazo social (comen y beben, no ayunan: cf. 9, 10-13), sino por confianza radical. Quieren y deben ofrecer lo que tienen, compartiendo con hombres y mujeres el proyecto de Jesús, la vida; necesitan ir asegurados, pues confían en la seguridad que les ofrece el don del evangelio. Todo lo dan gratis, sin dinero; todo esperan recibirlo gratis, pues el mismo Dios de la gratuidad moverá el corazón de los hombres y mujeres para recibirles. Pasamos así del nivel monetario (que Mateo conoce bien, distinguiendo monedas de oro, de plata y de cobre) al nivel de la vida como encuentro directo de personas, sin la mediación “opresora” del dinero.
‒ Ni alforjas para el camino, ni dos túnicas… No vas provistos de aquello que necesitan como propio (comida, vestido), de manera que no son autosuficientes, pudiendo así quedar al margen de la vida (de las casas) de los pueblos a los que se dirigen, sino ofrecen gratuitamente lo que tienen, y esperan así ser recibidos (con comida, con vestidos…). No van simplemente para dar, sino para dar y recibir gratuitamente: Ellos proclaman la palabra del Reino y curan, quedándose así en manos de aquellos que quieran escucharles. Llevar comida y repuestos propias sería quedarse al margen de la gente a la que van a ofrecer el evangelio. No son mendicantes en sentido negativo, no van a pedir, sino al contrario: Son personas que van a ofrecer y que esperan así ser recibidos; lo suyo no es mendicidad, sino comunión, de manera que empiezan dando y esperan ser recibidos.
10 Ni calzado, ni bastón. En un aspecto, el calzado es también una especie de “vestido” que protege los pies (como podrían ser las sandalias que permite llevar Mc 6, 9). Pero, en la línea del Q (cf. Lc 10, 4), Mateo prohíbe también el “calzado”, pues aparece como signo de “defensa” para el caminante (el enviado de Jesús), lo mismo que el bastón. Ciertamente, hay calzados especiales y botas de guerra que aparecen como signo de poder, de defensa y ataque, lo mismo que el bastón (cf. Is 9, 5). Pero en ese caso, calzado y bastón son signo de los “caminantes” profesionales (lo mismo que la alforja de algunos grupos de caminantes religiosos). Pero los enviados de Jesús no son viajeros profesionales, sino testigos mesiánicos, que no tienen que llegar a ninguna meta, sino dar testimonio personal del evangelio de Jesús.
Por eso, los enviados de Jesús van sin nada propio. Este desprendimiento (atestiguado todavía entre los profetas del libro de la Didajé (Did 11-14) no es fruto de ascesis o de rechazo monetario sin más, sino de un fuerte sentimiento de confianza y solidaridad mesiánica, que va más allá de los sistemas de seguridad económica o militar. Todo sistema de poder tiende a estructurarse en una jerarquía donde cada uno vale en razón de su jerarquía y sus funciones, de manera que la comunión personal queda sustituida por una relación de oficio y rango, papeles y representaciones, con dinero y armas, con ropas especiales. Pues bien, en contra de eso, los enviados de Jesús no llevan consigo dinero, ni otros signos de seguridad social o militar, sino sólo sus personas.
En este contexto añade, recogiendo un tema de la tradición Q (cf. Lc 10, 7) añade Mt 10, 10 un tipo de “refrán” que interpreta la comida o ayuda que reciben los misioneros como un tipo de “salario” por la obra que realizan. En principio, el mensaje de Jesús es experiencia y signo de gratuidad, como ha puesto de relieve todo lo anterior (y especialmente la sentencia clave de 10, 8: ¡Gracias habéis recibido, gratis dadlo!). Si vosotros dais os darán…, si vosotros amáis os amarán…
[1] El tema social del pastor y las ovejas ha sido estudiado por M.Foucault, Omnes et Singulatim: Towards a Criticism of ‘Political Reason’, Stanford University, 10 y 16 octubre, 1979
[2] El problema de la composición de Mt 10 (lo mismo que el 5, 17-20) no sitúa ante el despliegue interior y exterior de Mt. El interior alude a las diversas etapas de composición del evangelio (sea obra de una o varias manos). El exterior se refiere a los diversos momentos de la historia de la salvación según Mt. Este es un tema que ha sido y sigue siendo discutido entre los comentadores y estudiosos de Mt. Nuestra visión quedará clara a lo largo de todo este trabajo; aquí podemos discutir en detalle los temás. Sobre el texto cf. D. J. Weaver, Matthew's Missionary Discourse: A Literary Critical Analysis, JSNTSS 38, Sheffield 1990. Sobre el contexto, cf. W.D. Davies, The Sermon on the Mount, Cambridge UP 1966; J. D. Kingsbury, Matthew as History, Fortress, Philadelphia 1988; J. P. Meier, Law and History in Matthew's Gospel: A Redactional Study of Mt 5, 17-48, AnBib 71, Roma 1976; J. A. Overman, Matthew's gospel and formative Judaism: The Social World of the Matthaean Community, Augsburg P., Minneapolis 1990; A. J. Saldarini, Matthew's Christian-Jewish Community, Chicago UP 1994.
[3] Lucas distingue dos momentos. El primero (tomado de Marcos: Lc 9, 1-2) identifica a los enviados (apóstoles: apesteilen) con los Doce, a quienes el mismo Jesús envió a predicar su mensaje de Reino en Israel, durante el tiempo de su vida. El segundo (tomado del Q: Lc 10, 1-8) interpreta a los enviados (también apesteilen: 10, 1), como seguidores que han dejado todo por Jesús (cf. Lc 9, 59-62); son Setenta y dos, número que alude a todos los misioneros de la iglesia, abierta a los gentiles (cf. Hech 6-7: elección de los Siete). Las condiciones y formas de misión siguen siendo significativamente las mismas.