Paz en la Tierra: la respuesta cristiana ante la guerra de Irán
"Un cristiano no puede ser cómplice de bombardeos que matan a niñas en las escuelas de Irán o de las campañas de limpieza étnica que sufren los palestinos en Gaza y Cisjordania"
Hace años, escribí un artículo que se titulaba “Irán: la guerra que viene”. Casi todo el mundo consideró que incurría en el alarmismo, pues solo un irresponsable podría lanzar un ataque contra un país con más de 90 millones de habitantes, un buen arsenal y un ejército compuesto por 600.000 soldados. Ese irresponsable se llama Donald Trump y sus motivos no son liberar al pueblo iraní de una dictadura teocrática, sino contrarrestar su baja popularidad en su propio país, cada vez más crítico con su política represiva y su incapacidad para gestionar eficazmente la economía doméstica.
Una guerra obliga a cerrar filas, lo cual debilita a la oposición interna y despeja el camino ese autoritarismo mesiánico que se ha instalado en la Casa Blanca. Donald Trump busca el poder absoluto y piensa que le ayudará a ello conseguir la hegemonía de EEUU e Israel en Oriente Medio. De ese modo, Washington controlará los recursos naturales (petróleo, gas) y las rutas comerciales. De paso, Trump alberga la intención de hacer negocios. De hecho, sus empresas ya han firmado acuerdos comerciales con Arabia Saudí, una monarquía absoluta mucho más represiva que la República Islámica de Irán, y los Emiratos Árabes Unidos, donde el poder no reside en el pueblo, sino en los emires y el Consejo Supremo.
El cambio de régimen en Irán perjudicará seriamente a los principales rivales de EEUU: China y Rusia. Hasta ahora, China absorbía el 90% de las exportaciones de petróleo a Irán, compraba minerales (acero, hierro, granito, mármol) y productos agrícolas (azafrán, pistachos, miel y dátiles). Irán aceptaba yuanes, algo intolerable para EEUU, que desde la crisis de 1973 obliga a los países de la OPEP a vender su petróleo exclusivamente en dólares. Los petrodólares constituyeron una gran victoria para EEUU, pues el presidente Nixon aprovechó el acuerdo para romper la convertibilidad del dólar con el oro, desestabilizando el sistema monetario internacional. Rusia también mantenía una importante relación comercial y geoestratégica con Irán, que incluía un corredor comercial y ayudas mutuas para sortear las sanciones internacionales. Todo ese entramado ha saltado por los aires. Con la agresión ilegal de EEUU e Israel contra Irán, el derecho internacional queda definitivamente pulverizado y los planes de anexión de Gaza y Cisjordania se convierten en un rodillo imparable.
Trump ha ignorado a Naciones Unidas y al Congreso de su propio país. Su forma de actuar apenas difiere de las agresiones de la Alemania nazi, la Italia fascista y el Japón imperial. Aunque Trump invita al pueblo iraní a tomar las calles y forzar la caída de la República Islámica, desde el aire jamás se ha conseguido un cambio de régimen y una invasión terrestre costaría muchas vidas estadounidenses. En Irán, hay una cultura del martirio que soporta mejor las bajas, pero en Occidente la sociedad no está preparada para la imagen de centenares de ataúdes repatriados en aviones militares. Trump se comporta como el enloquecido general estadounidense de Teléfono rojo: volamos hacia Moscú, la comedia de Stanley Kubrick estrenada en 1964. El militar ordena un ataque nuclear contra la Unión Soviética, pensando que logrará una fácil victoria, pero lo único que consigue es precipitar un apocalipsis nuclear.
León XIV ha pedido que la espiral de violencia no continúe y se busquen salidas negociadas. Sus palabras ni siquiera han merecido un comentario de Trump y Netanyahu
No sé si nos encaminamos hacia el apocalipsis, pero no hace falta ser un fino analista para saber que atacar al país con las terceras mayores reservas de petróleo del planeta y con la capacidad de cerrar el estrecho de Ormuz representa una temeridad, pues -sin una rápida e improbable derrota de Irán- la economía mundial sufrirá un gravísimo descalabro. Un conflicto prolongado solo traerá inestabilidad, inflación, desempleo, malestar social y quizás la temida confrontación entre las tres superpotencias que se disputan el control del planeta. León XIV ha pedido que la espiral de violencia no continúe y se busquen salidas negociadas. Sus palabras ni siquiera han merecido un comentario de Trump y Netanyahu. Las relaciones de la Casa Blanca con Juan Pablo II eran excelentes y George W. Bush se limitó a sonreír cortésmente cuando cardenal Pío Laghi le suplicó que no invadiera Irak. Después, sin dejar de sonreír, le acompañó hasta la puerta de salida. La Iglesia Católica carece de poder político. Sus opiniones solo obtienen eco cuando pueden ser utilizadas para justificar las campañas provida o atacar a la ideología woke. A la ultraderecha solo le interesa la versión “cristofascista” del Evangelio.
Juan XXIII publicó el 11 de abril de 1963 la encíclica Paz en la tierra, donde afirmaba que “las naciones son sujetos de derechos y deberes mutuos y, por consiguiente, sus relaciones deben regularse por las normas de la verdad, la justicia, la activa solidaridad y la libertad”. Juan XXIII no era un ingenuo y sabía que las relaciones internacionales no cumplían esa exigencia moral: “vemos, con gran dolor, cómo en las naciones económicamente más desarrolladas se han estado fabricando, y se fabrican todavía, enormes armamentos, dedicando a su construcción una suma inmensa de energías espirituales y materiales”. La carrera de armamentos, advertía Roncalli, el “papa bueno”, ha sumido a los pueblos en “un perpetuo temor”. La única manera de poner fin a ese miedo sería “un desarme simultáneo, controlado por mutuas y eficaces garantías”. Juan XXIII cita en su famosa encíclica a Pío XII, según el cual “no se debe permitir que la tragedia de una guerra mundial, con sus ruinas económicas y sociales y sus aberraciones y perturbaciones morales, caiga por tercera vez sobre la humanidad”. Al igual que Immanuel Kant, Juan XXIII abogaba por una paz perpetua basada en la confianza mutua entre las naciones. No es un objetivo asequible, pero sí una exigencia racional, pues la otra alternativa es ese apocalipsis con el que finaliza Teléfono rojo: volamos hacia Moscú. Juan XXIII pensaba que solo una autoridad global como Naciones Unidas podría lograr la anhelada paz, pero el tiempo ha demostrado que el poder real de la organización es tan insignificante como el de la antigua Sociedad de Naciones.
¿Cuál debe ser la postura de los cristianos ante el actual desorden mundial y, en concreto, ante la agresión estadounidense e israelí contra Irán, un país soberano? En primer lugar, no condenar un régimen teocrático sin aceptar primero que la religión no debe inmiscuirse en los derechos civiles de los ciudadanos. El régimen de los ayatolás es un espejo de lo que podría ser Occidente bajo el dominio del tradicionalismo católico. Esos sacerdotes jóvenes que se pasean con sotanas sueñan con el regreso de sociedades intolerantes, donde la homosexualidad se aborde como una grave desviación moral y, con el falso pretexto de defender la vida, se controle el nacimiento y la muerte de los ciudadanos, ignorando el sufrimiento de los que se enfrentan a situaciones particularmente dramáticas, como el embarazo de una niña violada o la lenta agonía de un enfermo terminal. Es la misma actitud de las autoridades religiosas iraníes, que eliminaron la distribución gratuita de anticonceptivos en la sanidad pública y prohibieron la eutanasia en todos los casos, contemplando la posibilidad de la pena capital para los implicados en una muerte digna.
En segundo lugar, los cristianos no pueden limitarse a rezar, pues -como explicó el pastor y mártir Dietrich Bonhoeffer- “Dios es impotente y débil en el mundo y solo así Dios está con nosotros y nos ayuda”. El poder de Dios está en nuestras manos. La Historia y la Naturaleza gozan de autonomía y solo cambian de curso mediante la acción del hombre. Dios nos hizo corresponsables de la marcha del mundo y se escondió para no convertir la peripecia humana en una grotesca pantomima. Los cristianos deben ser una voz profética. Su papel es denunciar las iniquidades y trabajar por la paz y la justicia. Es lo que hicieron figuras como Óscar Romero, Martin Luther King, Simone Weil, Martin Niemöller, Ignacio Ellacuría, Carlos Múgica, Joan Alsina, Christian de Chergé, monseñor Angelelli, Rutilio Grande o las cuatro misioneras católicas asesinadas en El Salvador en 1980 por la Guardia Nacional de Somoza.
Frente al “no caben todos” de Jesús Sanz, arzobispo de Oviedo, hay que poner en marcha la cultura samaritana de la que habló el Papa Francisco
Por último, los cristianos deben practicar una solidaridad vigorosa y activa con las víctimas, abriendo las puertas a todos los que huyen de la guerra. Frente al “no caben todos” de Jesús Sanz, arzobispo de Oviedo, hay que poner en marcha la cultura samaritana de la que habló el Papa Francisco: “La presencia de los migrantes y de los refugiados, como en general de las personas vulnerables, representa hoy en día una invitación a recuperar algunas dimensiones esenciales de nuestra existencia cristiana y de nuestra humanidad, que corren el riesgo de adormecerse con un estilo de vida lleno de comodidades”. Cuidando a los que huyen del hambre, la pobreza y la guerra, “todos crecemos”.
¿Qué pasará en las próximas semanas? Nadie lo sabe, pero de momento ya han muerto mil personas y los ciudadanos iraníes viven con miedo y con problemas para acceder a medicinas, alimentos, electricidad y agua. Donald Trump llamó “animales” a los inmigrantes indocumentados. Es una expresión con un inequívoco parentesco con el término de “subhumanos” utilizado por los nazis para justificar sus políticas de exterminio. Vivimos una hora particularmente infausta. Los verdaderos cristianos, los que realmente pretenden seguir a Jesús y no se preocupan solo por dogmas y ritos, han de aportar esperanza y ser un ejemplo de compromiso. Simone Weil dijo que así como en una ciudad asolada por la peste hacen falta médicos, en un mundo dominado por la crueldad y el egoísmo son necesarios los santos. Y, en este caso, la santidad consiste en decir “no a la guerra”, “no a la codicia que inmola a inocentes”. Un cristiano no puede ser cómplice de bombardeos que matan a niñas en las escuelas de Irán o de las campañas de limpieza étnica que sufren los palestinos en Gaza y Cisjordania. La imagen de Cristo no está en los templos ni en los museos, sino en esos pueblos crucificados que imploran una escalera para librarse de su cruel martirio.