Revuelta de mujeres: Cristianismo y feminismo

"La fidelidad al Evangelio exige que las mujeres disfruten de los mismos derechos y privilegios que los hombres en el seno de la Iglesia Católica"

Revuelta
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Desde hace mucho tiempo, albergo la firme convicción de que las mujeres son la mayor esperanza de ese cambio radical que necesita la Iglesia Católica. Las normas vigentes impuestas por el Vaticano chocan de forma intolerable con la sensibilidad de las sociedades libres y democráticas. No hay ninguna forma de justificar la exclusión de las mujeres del sacerdocio o el diaconado. Desde hace dos siglos, la Iglesia Católica camina hacia la irrelevancia o, lo que es peor, hacia su definitiva degradación como institución.

Si el integrismo logra su objetivo de frenar las reformas y retroceder hacia fórmulas preconciliares, como la liturgia en latín y de espaldas a los feligreses, la Iglesia Católica se convertirá en el espacio de encuentro de las tendencias más reaccionarias de nuestro tiempo: machismo, homofobia, xenofobia, especismo, autoritarismo, etnocentrismo. El sueño de los integristas católicos es transformar las sociedades democráticas en teocracias opresivas. Desde esa perspectiva distópica, las palabras del teólogo Alfred Loisy en su ensayo La Iglesia y el Evangelio, publicado en 1902 e incluido en el Índice de Libros Prohibidos, se revelarían proféticas: “Jesús anunció el reino y lo que vino fue la iglesia”.

Revuelta de mujeres en la Iglesia
Revuelta de mujeres en la Iglesia

En su prólogo a Revuelta de mujeres en la Iglesia. Alcemos la voz, la profesora y periodista Lucetta Scaraffia recuerda que Jesús no solo acogió como discípulas a las mujeres, sino que a menudo las puso como ejemplo y modelo a imitar frente a los escribas y los miembros del Sanedrín. De hecho, les confió una de las tareas esenciales de su mensaje: el anuncio de la resurrección. Sin embargo, posteriormente la Iglesia Católica solo les reconoce una misión: servir y obedecer. Para los fundamentalistas, la idea de que puedan ordenarse como sacerdotes constituye una gravísima afrenta contra la tradición.

No hay tal agravio. La fidelidad al Evangelio exige que las mujeres disfruten de los mismos derechos y privilegios que los hombres en el seno de la Iglesia Católica. Esta reivindicación solo ofende al poder clerical, reacio a cualquier cuestionamiento del modelo patriarcal. El Papa Francisco no alteró nada esencial. Se limitó a abrir un poco la institución, asignando cargos importantes a un puñado de mujeres. Con lucidez, Lucetta Scaraffia señala que es inútil esperar el nombramiento de un Papa dispuesto a poner en marcha algo tan revolucionario como la incorporación de la mujer al sacerdocio. De hecho, León XIV rechazó en diciembre de 2025 la ordenación de mujeres como diáconos, refrendando lo establecido por Juan Pablo II en 1994. Eso sí, matizó que no era una decisión definitiva a la luz de la teología actual. 

El cristianismo surgió como una comunidad horizontal, pero al convertirse en la religión del Imperio Romano adoptó una estructura vertical que ha mantenido hasta nuestros días. Por eso, los cambios solo pueden venir desde abajo, imitando la forma de proceder de Jesús y sus discípulos, un grupo nómada, sin techo, poder ni recursos, pero con una gran fortaleza interior. La eliminación de las injustas discriminaciones que afectan a las mujeres en la Iglesia Católica representaría una “oportunidad de conversión para la comunidad eclesial”, como apunta el movimiento Revuelta de Mujeres, es decir, de superación de un pecado (la vulneración de derechos fundamentales) y de un retorno al espíritu original del Evangelio.

Revuelta de mujeres
Revuelta de mujeres

Jon Sobrino escribió que “fuera de los pobres, no hay salvación”. Creo que en el concepto de pobreza hay que incluir a todos los colectivos discriminados, como las mujeres o las personas LGTBI, pues la segregación es una forma de precarizar vidas. Al abrir las puertas a esos grupos, la Iglesia se salvaría, mostrando fidelidad al ideal inclusivo del Evangelio. El signo del reino es la mesa compartida, no un muro insalvable. Acoger, abrazar, igualar, solidarizarse con el más vulnerable, dar esperanza a los que ya no esperan nada. Esa es la esencia del Evangelio. Las condenas y las exclusiones son anticristianas. 

Revuelta de Mujeres es la culminación de varias décadas de lucha feminista dentro del catolicismo. No es la primera asociación de estas características, pero ahora mismo es la cara más visible de un movimiento que reclama el acceso de las mujeres al diaconado y el presbiterado. La Coordinadora de mujeres creyentes Alzamos la Voz se ocupa de mantener viva una red que adquirió una visibilidad relevante alrededor del 8 de marzo de 2020 en el contexto del Día Internacional de la Mujer. La imagen de las mujeres alemanas del grupo María 2.0., con un trozo de esparadrapo sellando sus labios y un icono de María de Nazaret, madre de Jesús, se ha convertido en el símbolo de este movimiento de protesta contra el inmovilismo clerical. Hasta ahora, la Revuelta de Mujeres solo ha conseguido la escucha cordial de algún obispo y la indiferencia o el rechazo de la mayoría. 

La Iglesia no ha dejado de perder apoyos desde el siglo XIX. Primero, le dio la espalda la clase trabajadora por alinearse con las elites económicas. Después, se alejaron los intelectuales, los artistas y los científicos por su beligerancia contra la innovación y el pensamiento crítico. Más tarde, los jóvenes se sintieron incomprendidos e incapaces de aceptar una moral sexual trasnochada y absurdamente represiva. Las feministas y las personas LGTBI nunca se han entendido muy bien con una institución que exalta el patriarcado y demoniza el amor homosexual. Las mujeres son el último grupo que podría romper masivamente con la Iglesia por sentir que su voz no se escucha y no se aprecia todo lo que podrían aportar como diáconos y presbíteros

María Magdalena, apóstola de los apóstoles
María Magdalena, apóstola de los apóstoles

Dios no es un Hombre ni una Mujer, sino una Realidad personal que sale a nuestro encuentro sin establecer distinciones por raza, sexo o género. En nombre del Dios de Jesús, no se puede justificar ninguna forma de sumisión o subordinación. El Evangelio apela a la plenitud del ser humano. Celebra y dignifica su diversidad. “Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús” (Gálatas 3:28). La Administración Trump ha prohibido el uso de ciertas palabras en los comunicados oficiales. Entre ellas, “diversidad” e “inclusión”. Los trumpistas se declaran “nacionalistas cristianos”, pero rechazan la diversidad y la inclusión. Es una actitud profundamente incongruente, pues Jesús santificó la diversidad al abrir su mensaje a todos. Su intención fue incluir, no excluir.

De ahí que la mesa compartida sea una de las experiencias más genuinamente cristianas. Siempre he creído que en la Última Cena no hubo solo doce hombres, sino también mujeres como María, madre de Jesús, María Magdalena y quizás las hermanas de Lázaro, Marta y María. En la Pascua judía (Pésaj), las mujeres se sentaban con los hombres durante la cena (Séder). Ambos sexos comían pan ázimo, bebían cuatro copas de vino y contaban la historia del Éxodo. Es cierto que las mujeres se encargaban de la preparación y el servicio, pero la celebración era una fiesta familiar y comunitaria, sin segregación de sexos. El cristianismo, un movimiento igualitario surgido en el seno del judaísmo, no marginó ni relegó a la mujer a un segundo plano.

María, una humilde joven de Nazaret, una aldea de doscientos habitantes, nos trajo la esperanza. Fue la puerta que se abrió para que la Buena Noticia pudiera irrumpir en el mundo. Y María Magdalena y otras mujeres fueron las primeras en toparse con Jesús resucitado. En cierto sentido, la mujer es el Alfa y Omega del mensaje cristiano. Desgraciadamente, el androcentrismo ha ocultado ese hecho y ha convertido a Dios en un ídolo, un fetiche, un Señor al que hay que adorar servilmente, arrodillándose o postrándose con los brazos en cruz.

En Reflexiones sobre Dios, la teóloga protestante, poeta y feminista Dorothee Sölle escribió: “¿Por qué lo seres humanos adoran a un Dios cuya cualidad es el poder, cuyo interés es la sumisión y que teme la igualdad de los derechos? […] ¿Por qué vamos a adorar y amar a un Ser que no sobrepasa el nivel moral de la cultura actual […], sino que además la desestabiliza?”. Quizás sea necesaria la muerte de ese Ser, que no es el Dios de Jesús, para que las mujeres y otros grupos discriminados, como las personas LGTBI, ocupen algún día el lugar que les corresponde en una Iglesia Católica, cuyo porvenir solo contempla dos alternativas: un integrismo estéril y antidemocrático, o una sinodalidad radical y libre de dogmatismos excluyentes. 

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