¿Qué clase de mundo necesita ver morir para sentirse a salvo?
Diez principios para medir la salud hierosférica global tras el frenazo del Pentágono
El amago del Pentágono de retransmitir en directo el fusilamiento del asesino de Fort Hood pone de manifiesto una crisis espiritual invisible. Más allá del debate sobre la pena de muerte, ¿qué clase de mundo necesita ver morir para sentirse a salvo? Desde la encíclica de León XIV hasta las guerras en 'streaming', desarrollamos diez principios urgentes para diagnosticar y sanar la hierosfera global, la capacidad humana de proteger lo sagrado frente al espectáculo del horror.
Pantallas, un pelotón y unas preguntas
El Pentágono anunció que el 3 de diciembre iba a fusilar a Nidal Hasan, el militar condenado por asesinar a 13 personas en Fort Hood, y que la ejecución sería pública. No ponemos en duda la gravedad de sus crímenes, pero la reacción ante ese despropósito fue casi unánime. La ONU lo tachó de tortura; el presidente de los obispos de Estados Unidos lo calificó de «promoción bárbara de una cultura de la muerte»; e incluso un congresista republicano (defensor de la pena capital) lo comparó con las acciones de los yihadistas. Hasta el vicepresidente Vance puso en duda que llegase a ocurrir. Al final, Trump dio marcha atrás y ordenó cancelar esa horrenda retransmisión.
¿Qué había detrás del anuncio inicial? Pues una opinión que se extiende ampliamente, según la cual, para que el castigo tuviera consecuencias ejemplarizantes, tenía que ser visible, ya que este mundo duro exige castigos muy duros y, además, visibles, y la compasión no es sino un lujo propio de otros tiempos más fáciles. Quizás esa visión tenga su parte de razón si pensamos que el Estado que mata a escondidas resulta más peligroso que el que rinde cuentas, y que el ejercicio público de la justicia es una garantía cierta y antigua contra las posibles arbitrariedades. Pero no hay que confundir la transparencia con el espectáculo, porque una cosa es que un juicio sea público, y otra muy distinta que la muerte se exhiba como contenido.
El papa León XIV acaba de recordar que es posible hacer justicia y proteger el bien común sin recurrir a la pena de muerte. Voy a dar un paso más allá de ese debate sobre la pena capital (que merece el suyo) y mirar el síntoma que se manifiesta: qué clase de mundo necesita ver morir a los culpables para sentirse a salvo, y considerar la propuesta fallida de la ejecución pública como un síntoma clamoroso de una enfermedad global.
Una salud que no aparece en los informes
Los organismos internacionales miden indicadores como el PIB, la deuda, las emisiones y el número de conflictos activos, lo cual es necesario, pero nadie mide la salud hierosférica del mundo ni la capacidad de la humanidad para sostener, ordenar y transmitir aquello que no se compra ni se negocia.
Ya en artículos anteriores he denominado hierosfera a la dimensión sagrada de la experiencia humana, que permanece y muta con o sin instituciones religiosas. Cuando la hierosfera está sana, genera neguentropía en forma de orden, sentido y freno a la violencia. Cuando enferma, el mundo es arrastrado por la entropía y busca sustitutos (criptosacralizaciones) en la figura del líder, la bandera, la pantalla o el algoritmo, todos ellos erigidos en altares pseudosacros. Una ejecución que se retransmite es un caso de libro, del viejo rito del sacrificio, esta vez refundado en formato de audiencia audiovisual.
Vayan, pues, diez principios para un primer diagnóstico planetario. No se trata de dogmas, sino de síntomas observables.
Diez principios de la salud hierosférica global. Lo sagrado…
- No es un arma, sino un límite. La hierosfera sana frena al poder y la enferma lo consagra. León XIV ya dijo en Metz el pasado 28 de septiembre, ante los líderes religiosos europeos, que invocar el nombre de Dios para legitimar la violencia o la opresión es una profanación.
- Vela lo que no se debe exhibir. Toda cultura ha recubierto la muerte con un velo, ya sea un sudario, el cementerio, el luto o el silencio en un tanatorio, y no como censura ni represión, sino como muestra de reverencia. Cuando hacemos de la muerte un contenido, ese velo se rasga y lo sagrado se difumina.
- No se escuda en chivos expiatorios. René Girard señaló que, en ocasiones, las sociedades pretenden cohesionarse señalando a una víctima y volcando sobre ella su violencia. El cristianismo desenmascaró ese mecanismo espurio mediante la cruz de un inocente. Un mundo sano aplica el castigo y lo ciñe a la justicia, mientras que uno enfermo lo convierte en una ceremonia macabra destinada a crear unidad.
- Primero protege al último. El termómetro global no se encuentra en los parqués bursátiles ni en las cumbres políticas, sino en los campos de refugiados. En este sentido, más de un centenar de ONG denuncian, tras el primer aniversario del acuerdo, que el alto el fuego en Gaza solo existe sobre el papel. Un mundo que firma una paz pero no la cumple no solo tiene un problema diplomático, sino también hierosférico, porque ha aniquilado toda fe en la palabra dada.
- Tiene un tempo lento. El sábado fue una de las primeras leyes laborales de la humanidad, un día en el que no se produce nada. Esta civilización actual de continuas notificaciones, mercados en vela las veinticuatro horas y guerras en directo ha abolido cualquier descanso sagrado y, aun así, con ello pretende, ilusoriamente, curarse rápidamente de sus males.
- Convive, pero sin fundirse. La cumbre de líderes religiosos en Astaná, en septiembre del año pasado, formuló con claridad el principio de que ya no basta con dialogar entre sí, sino que también es necesario y urgente colaborar. Un mundo sano no exige que todas las tradiciones crean en lo mismo, sino que ninguna necesite identificar enemigos para reconocerse a sí misma.
- Señala que la técnica se gobierna, no se adora.Magnifica humanitas, la primera encíclica de León XIV, ya advirtió en mayo de este año contra una inteligencia artificial que pueda llegar a dominar al ser humano y concentrar el poder en unas pocas manos. Y la advertencia vale para todos, ya que cuando un algoritmo decide lo que vemos, deseamos y con lo que nos identificamos, se convierte en un oráculo, y no hay que olvidar que estos jamás rinden cuentas.
- Reconoce que la tierra se recibe como un don. Lo que hemos heredado no es un inventario de posesiones, sino un regalo con instrucciones concretas. El Dios del Génesis, que cuida de la creación, le dice al ser humano que haga lo mismo. Y cuando el planeta se contabiliza en términos de existencias (el agua, el litio, el cielo, la frontera, el petróleo, el cereal, la atención…), la hierosfera pierde su último bastión de agradecimiento y comunión.
- Pide perdón. La misma encíclica mencionada incluye un gesto casi disruptivo: la Iglesia pidió perdón por haber tardado tanto en condenar la esclavitud. Una institución que únicamente se dedica a justificarse no puede curar; la que reconoce sus culpas y demoras ya comienza a hacerlo. Esto también vale para los Estados que no se atreven a mirar su propia historia sin filtros.
- Se templa y se aquilata en lo pequeño y en lo terco. Mientras las grandes cumbres se atoran y se enredan, siguen saliendo ayudas hacia Ucrania (Sor Lucía Caram contaba en estas páginas hace unas semanas que ya va el 48.º corredor humanitario), pero sin foco ni cámaras. La salud de un planeta no la producen los grandes comunicados institucionales, sino la gente que sigue siendo solidaria aunque nadie lo retransmita.
¿A quién apunta de verdad el pelotón?
Se pretendía que miráramos la ejecución y que el mundo la viera para aprender la lección, pero lo sagrado enseña lo contrario de lo que reza el refrán: no hay que ver para creer, sino que hay que velar para respetar, porque existe una mirada que cura (como la del samaritano que se detiene ante el herido) y otra que degrada, la del público que se sienta ante un herido a esperar y contemplar el desenlace. La primera cuida, mientras que la segunda consume corrompida.
Por eso creo que la pantalla del 3 de diciembre, que, afortunadamente, no llegó a encenderse, no hubiese examinado al condenado, cuyo caso la justicia ya resolvió, sino que lo hubiese hecho a quienes mirasen, y hubiese sido nuestra capacidad de reverencia la que compareciera ante un tribunal sin sala. Lo digo clamando para que propuestas descabelladas de ese tipo no vuelvan a surgir.
Se suele decir que un mundo sano es aquel que lo muestra todo, y yo creo justo lo contrario: el mundo sano es el que descubre lo que nunca debe convertirse en objetivo de audiencia. Y quizá uno de los actos más sagrados de nuestro tiempo, rodeados de pantallas que buscan y reclaman nuestra mirada, nuestra cautiva atención, nuestro tiempo y nuestra alma, sea apagarlas y acercarnos en persona a quienes sufren allí donde no hay cámaras.
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