Comprender y gestionar la entropía de la fe
Por qué toda religión se fragmenta y genera mecanismos que consiguen que no se disuelva del todo
Hoy inicio con una pregunta que raramente se formula, pero que explica gran parte de la historia del cristianismo y de todas las grandes tradiciones: ¿por qué una fe que surge como una sola voz termina siempre dividida en innumerables versiones? No estamos hablando de una anécdota periférica, sino de un patrón recurrente. Y la física nos ayuda a entenderlo.
Cuál es el proceso
El inicio de toda religión es un acontecimiento de máxima concentración. La secuencia inicial es la siguiente: se producen una revelación, una experiencia fundante y un mensaje único, que se sostienen en una pequeña comunidad fervorosa. Luego, con el tiempo, se ramifica progresivamente, sin excepción. Van apareciendo numerosos cismas, herejías, reformas y sincretismos. Así, el cristianismo primitivo ha llegado a convertirse, siglos después, en un árbol con más de treinta mil ramificaciones; el islam se divide en suníes y chiíes; y el budismo, que nació como superación del dogma, también ha terminado por generar sus propios concilios y ortodoxias.
La termodinámica —seguro que ya lo sabes— denomina a este proceso "entropía", la tendencia de todo sistema a la dispersión de su energía y a la multiplicación de sus estados posibles hasta que ya no haya un orden dominante. Si lo aplicamos al ámbito religioso, hablamos de entropía hierosférica. Aquí se trata de la tendencia de todo sistema de creencias a multiplicar las interpretaciones hasta que ninguna de ellas conserve autoridad vinculante sobre las demás. No estamos descalificando el proceso como una decadencia ni como un fracaso pastoral, sino que describimos la evolución de cualquier sistema vivo que gestiona el sentido a lo largo de los siglos. ¿Inexorable, pero irreversible?
¿Qué vinculación tiene esto con el aula y la pastoral?
Aquí surge la tesis que no suele aparecer en el discurso eclesial: la entropía no se combate, sino que se gestiona. Quédate con la idea. Los sistemas vivos no evitan el desorden, sino que, astutamente, lo exportan. ¿Cómo? Mantienen el orden interno a cambio de expulsar la entropía al entorno. Las instituciones religiosas también han actuado de esa manera, siglo tras siglo. Ejemplos de esto son la declaración del credo cristiano en el Concilio de Nicea, la definición del canon hebreo en Yavné, la fijación del texto del Corán bajo el califa Uthmán y las medidas adoptadas en el Concilio de Trento, en respuesta a la Reforma Protestante. Cada uno de estos episodios fue una operación de compresión muy eficaz, en la que, al afrontar la pluralidad inmanejable, se perimetró un núcleo y al resto se le declaró heterodoxo. El desorden queda fuera y el sistema persiste hasta la siguiente crisis.
Para quien enseña Religión o trabaja en un centro católico, esto influye en el marco de la tarea. El alumnado —como buena parte de la sociedad— no vive hoy una crisis de fe por falta de argumentos, sino inmerso y arrastrado por una entropía acelerada causada por la saturación de interpretaciones y opciones de sentido que ofrece la cultura digital. Cada algoritmo y cada red aportan su propia cristología de bolsillo. La tarea educativa no consiste solo en transmitir contenidos, sino también en enseñar a distinguir entre la dispersión fértil —que genera preguntas legítimas— y la dispersión que diluye el sentido hasta volverlo irrelevante. Esto es gestionar la entropía religiosa en el ámbito educativo del siglo XXI.
Los incómodos místicos
Pero aparece una figura que complica esta ecuación: los místicos. Rumi, Eckhart, San Juan de la Cruz, Ramana Maharshi comprimen toda la pluralidad doctrinal hasta un mínimo casi absoluto —"solo el Amor es real"— y no lo hacen añadiendo información, sino disolviéndola. Su experiencia resuelve directamente la incertidumbre existencial, sin necesidad de recurrir a la mediación institucional. Esto hace sonar las alarmas. Por eso, las instituciones, incluida la católica, han tratado históricamente a sus místicos con veneración y sospecha a la vez. ¿Sospecha en vida y veneración postmortem? Pensemos en Eckhart. Su condena póstuma no fue un error burocrático, sino una consecuencia de la lógica de un sistema que, con razón, detecta que la compresión radical del místico puede comprimir también el edificio institucional que lo sostiene. ¡Peligro para las estructuras! No es extraño que los trataran como amenazas, ya que hasta cierto punto lo eran.
Qué funciona ante la entropía
No hace falta llegar a místicos para lograr cierto equilibrio. La oración y el ritual —la misa o cualquier liturgia comunitaria— actúan como un algoritmo de compresión de significado. No eliminan el dolor ni zanjan las preguntas. Lo que sí hacen es reducir el ruido y lograr un marco reforzado en el que la incertidumbre se vuelva tolerable. A nivel individual, la neurociencia que estudia la meditación describe el proceso. Con su práctica se producen la disminución, el desorden y la reorganización en la red neuronal por defecto (RND), ese grupo de zonas cerebrales que sostienen la separación del yo del resto del mundo, y se logra una presencia más directa y flexible en la experiencia. Ya Aldous Huxley se había referido al cerebro como una "válvula reductora" que la práctica contemplativa aprende a abrir.
La inversión final
La cuestión relevante no es si la Iglesia —o cualquier tradición religiosa— logrará frenar su propia entropía. No podrá, porque ningún sistema abierto puede conseguirlo. La pregunta apropiada es si conseguirá seguir elaborando, generación tras generación, sus propios mecanismos neguentrópicos, y no para congelar el sentido —sentido congelado es sentido muerto—, sino para que la dispersión no llegue a la disolución completa. Enseñar Religión hoy o trabajar en un colegio católico hoy no consiste tanto en repetir la ortodoxia, el canon, como en formar a quienes mañana sepan cómo volver a comprimirlos. Es obvio que la física no salva almas, pero explica, con incómoda —aunque necesaria— precisión, por qué la fe nunca deja de fragmentarse ni de intentar, siempre y contra viento y marea, volver a unirse.
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