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¿Por qué necesitamos obras maestras?

Lo que no se dispersa, generación tras generación

Foto: multitud ante la Gioconda en el Louvre. Pedemann. Wikimedia Commons (CC)

Cada año, miles y miles de personas hacen cola durante varias horas para pasar apenas treinta segundos delante de la Gioconda. Casi ninguno verá gran cosa. Un cuadro pequeño que el tiempo ha oscurecido, protegido por un cristal y rodeado de numerosos móviles en alto. Y, sin embargo, la escena se repite a diario. Y la siguen llamando obra maestra, como si esa palabra significara algo que no necesitara explicación, evidente por sí misma.

Pero sí precisa una explicación, porque la de obra maestra no es una categoría aséptica. Hablamos de uno de los mecanismos culturales más formidables que poseemos para poner algo de orden en un mundo que tiende al desorden como mecanismo natural.

Todo se dispersa

Lo hemos mencionado en artículos anteriores. Existe un principio de la física según el cual todos los sistemas tienden, con el paso del tiempo, a transitar de estados ordenados a otros más desordenados. El calor de una taza de café se distribuye por toda la estancia y una gota de tinta se disuelve en el agua hasta que desaparece. A esa tendencia, ya lo sabes, la llamamos entropía.

En el mundo de la cultura ocurre algo parecido. En cada etapa histórica, las sociedades producen una gran cantidad de música, literatura, cine y arte. ¿Qué ocurre con la inmensa mayoría de esa producción? Que se dispersa y acaba olvidándose. Apenas queda como el ruido de fondo de su época. Es lo natural y así esperamos que suceda. La cultura, dejada a su suerte, también tiende a dispersarse. A esta dispersión la llamo, en el marco que venimos desarrollando en este espacio, entropía noosférica: la disolución progresiva de todo lo que en una época alcanzó cierta referencia compartida.

Sin embargo, en algunas ocasiones algo ni se diluye ni se disipa, sino que permanece. Puede ser una sinfonía, una novela, un cuadro o una película que perdura durante generaciones, en distintos idiomas y con cambios de gusto radicales, y sigue ahí, y se sigue leyendo, escuchando, viendo y discutiendo. A eso es a lo que llamamos una obra maestra. Y, bien pensado, no deja de ser un fenómeno extraño, una excepción a la regla entrópica. Es el punto en el que se produce la concentración en lugar de la disolución. Démosle también un nombre propio: neguentropía noosférica. Es la fuerza contraria a la entropía que resiste la dispersión y, contra todo pronóstico, crea un punto fijo, un anclaje.

Un canon es como un ancla

¿Por qué necesitamos esos puntos de concentración y anclaje? Porque sin ellos, no puede realizarse la conversación cultural. Si todo valiese lo mismo y no hubiera ninguna obra que nos sirviese de referencia, cada generación y cada persona tendrían que empezar de cero, sin un lenguaje compartido para dialogar y construir sobre lo que verdaderamente importa.

¿Qué es el canon? Es esa lista que discutimos continuamente y cambiamos sobre aquellas obras que consideramos imprescindibles. ¿Por qué funciona como un ancla? No porque sean perfectas ni inmunes a toda crítica (gran parte de la actividad intelectual consiste precisamente en discutirlas, revisarlas y ampliarlas), sino porque son un punto de referencia que nos abre la posibilidad de comparar y dialogar. Sin canon, solo quedaría el ruido simultáneo y no sería posible la conversación cultural.

Las vanguardias del siglo XX plantearon rupturas con los cánones anteriores y, posteriormente, algunas de ellas llegaron a crear su propio canon. Picasso, Stravinsky o Joyce produjeron obras maestras igual que antes lo habían hecho Velázquez, Bach o Cervantes. La vanguardia multiplica inicialmente las posibilidades, la dispersión y la experimentación — eso es algo imprescindible—. Pero tarde o temprano, de esa dispersión vuelve a surgir la necesidad neguentrópica de anclar puntos de referencia.

Foto: Sagrada Familia. Joaquín Alves. Wikimedia Commons (CC)

La Sagrada Familia de Gaudí llevaba más de un siglo en construcción. Ha sobrevivido a guerras, cambios en los criterios artísticos e interminables discusiones acerca de si debía terminarse o quedar inacabada como testimonio de la época. Cada año atrae a millones de visitantes que se agolpan en la cola para entrar. Hasta 2026, ha permanecido inacabada durante más de un siglo, discutida, imposible de clasificar del todo y, aun así, una verdadera obra maestra. Podríamos decir que su indefinición prolongada ha sido un elemento relevante que la ha hecho permanecer, una neguentropía que no necesitaba rematarse para ejercer la función de ancla que hemos señalado. Aunque nos alegramos de su esplendorosa finalización.

Esto va más allá del arte

Esta misma dinámica de dispersión natural y los mecanismos que generan puntos de concentración frente a ella también se observan en ámbitos distintos de los artísticos.

En la ciencia, ante la proliferación de hipótesis posibles sobre el mundo, el método científico actúa como un filtro, a través del cual solo algunas afirmaciones resisten las pruebas y se consolidan como conocimiento válido. Son los clásicos de la ciencia, los puntos fijos sobre los que se construye todo lo nuevo.

Y en el ámbito de las creencias y los valores compartidos —ese territorio que incluye, de manera muy señalada, la fe cristiana, pero también la identidad colectiva, los relatos fundacionales y los rituales que unen a comunidades enteras— ocurre exactamente lo mismo, solo que aquí el fenómeno tiene nombre propio desde hace dos mil años: Escritura, Tradición, Magisterio, vidas de santos, liturgia. Frente a la fragmentación de las creencias, la multiplicación de "espiritualidades a la carta" y la secularización —formas todas ellas de entropía hierosférica—, la Iglesia ha sostenido siempre, con enorme intuición aunque sin este vocabulario, mecanismos deliberados de neguentropía: textos que se leen generación tras generación, figuras que se veneran siglo tras siglo, un calendario litúrgico que impone su propio ritmo frente al ritmo disperso del mundo.

¿No resulta llamativo que utilicemos un vocabulario similar en ámbitos tan distintos? Utilizamos la expresión textos sagrados tanto en el sentido religioso como, de forma metafórica, para referirnos a ciertas obras artísticas o científicas de peso y relevancia extraordinarios. Hablamos de cánones, de clásicos, de obras o ideas que no envejecen. Esa similitud entre los lenguajes dimana de la misma necesidad humana fundamental — antropológica antes que religiosa — de disponer de puntos fijos en medio de un mundo que, debido a sus propias leyes básicas, tiende a la dispersión. Y quizá también sea la razón por la que, en un colegio, entrenar la mirada para discernir lo que merece permanecer no es un ejercicio mental más, sino una competencia de alfabetización espiritual, una preevangelización.

Y podemos señalar un lugar donde se desarrolla esta misma dinámica de manera sutil y frecuente. Me refiero al aula de Religión, en un lunes cualquiera, pongamos, a última hora, con un grupo que no parece escuchar. Rectifico: que apenas escucha. El profesor o profesora que se mantiene, curso tras curso, sin que el claustro del centro valore su trabajo ni lo entienda del todo, es también un ancla neguentrópica. Alguien que, con su sola presencia sostenida, se niega a que ese espacio se disuelva en el poderoso ruido de fondo. No hace falta llegar a ser una obra maestra para cumplir su función. Será suficiente con ser, para algún alumno, en algún momento en que quizá ni el propio profesor llegue a darse cuenta, ese punto fijo que no se dispersó.

Una pregunta que resuena

Volvamos a La Gioconda y a esa cola interminable —o a la cola frente a las torres del templo de Gaudí, o a la que se forma cada Semana Santa ante un paso procesional que lleva siglos saliendo a la calle—. Puede que lo que esas personas busquen no sea solo ver la obra, ya que pueden acceder fácilmente a ella en cualquier pantalla. Quizás lo que buscan sea estar físicamente presentes ante algo que la cultura o la fe ha decidido, colectivamente y durante generaciones, no permitir que se disperse. Un punto fijo, una referencia compartida por millones de personas que han hecho la misma cola —o el mismo rezo— antes y lo harán mucho después.

En un momento en que todo —noticias, opiniones, imágenes, músicas— circula a una velocidad y en una cantidad que ninguna generación anterior conoció ni siquiera soñó, y en que, como comentábamos hace apenas unos días a propósito del último informe PISA, esa misma dispersión empieza a medirse ya en la capacidad de nuestros alumnos para sostener la atención en un texto largo, quizá la pregunta no sea por qué seguimos necesitando obras maestras, sino qué pasaría si dejáramos de tenerlas del todo. Si todo se volviera definitivamente ruido de fondo.

Por eso, esas obras maestras que tenemos y necesitamos, y la fe misma, sostenida generación tras generación contra toda probabilidad de dispersión, no son solo realidades que merecen admiración, aunque también. Principalmente, constituyen la promesa de que algo puede permanecer y que no todo se disuelve, como faros de esperanza ante el convulso océano del ruido y el desorden.

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