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León XIV y la ronda del mate: Una parábola de fraternidad para la Iglesia y el mundo

Mientras algunos pueblos cuentan su historia a través de sus monumentos, otros la perpetúan mediante sus costumbres. Uruguay expresa buena parte de su identidad en torno al mate, una tradición que reúne, acerca y hermana. En su sencillez encierra una sabiduría que nuestro mundo parece haber olvidado: la vida alcanza su plenitud cuando se comparte.

León XIV tomando mate

Algunas costumbres populares encierran una sabiduría que las palabras apenas consiguen expresar. Compartir un mate constituye una de ellas. En Uruguay, esta bebida trasciende lo gastronómico: representa hospitalidad, confianza, cercanía y pertenencia. El mate se prepara, se ofrece, se recibe y vuelve a pasar de mano en mano. A su alrededor nacen conversaciones, se escuchan confidencias, se celebran alegrías y también se comparten silencios. No pregunta quién llega, de dónde viene ni qué piensa. La ronda acoge y el mate circula.

En la visita a Uruguay, León XIV encontró en esta arraigada tradición una imagen particularmente fecunda para expresar una de las grandes urgencias de nuestro tiempo: recuperar el sentido de la fraternidad. En su homilía durante la celebración eucarística en el Parque París Londres de Paysandú, el 7 de noviembre, el Pontífice recurrió al mate, profundamente vinculado a la identidad uruguaya, como metáfora de comunión, cercanía y pertenencia. Una imagen sencilla, pero de extraordinaria profundidad, capaz de iluminar la misión de la Iglesia y abrir nuevos horizontes para el futuro de nuestras sociedades.

La elección no resulta anecdótica. En una época pródiga en discursos sobre la convivencia, pero escasa en verdaderos espacios de encuentro, las sociedades se fragmentan, las conversaciones degeneran en enfrentamientos y las diferencias levantan fronteras. Frente a esta realidad, el mate ofrece una lección elemental y, precisamente por eso, revolucionaria: ninguna comunidad prospera cuando sus miembros permanecen encerrados en sí mismos.

El mate evoca fraternidad, convoca a la comunión e interpela a una Iglesia que necesita acercarse a las personas, especialmente a quienes ya no encuentran en ella un espacio de acogida.

El viaje apostólico de León XIV a Uruguay, Argentina y Perú adquiere así, en su etapa uruguaya, una resonancia que desborda la agenda de un pontífice. El mate evoca fraternidad, convoca a la comunión e interpela a una Iglesia que necesita acercarse a las personas, especialmente a quienes ya no encuentran en ella un espacio de acogida.

La revolución de sentarse juntos

En el mate pervive algo que nuestra civilización de la prisa parece haber perdido: el tiempo compartido. Nadie lo bebe con la urgencia de quien desea terminar cuanto antes. Su ritmo invita a detenerse, esperar, conversar y escuchar. La costumbre transforma un acto cotidiano en una experiencia comunitaria.

Fieles esperando a León XIV en la Plaza de la Independencia, Montevideo. Foto Nicolás Pereyra

Esta sencilla práctica encierra una profunda enseñanza humana. Vivimos conectados, pero no siempre acompañados; disponemos de innumerables medios de comunicación, pero cada vez nos cuesta más encontrarnos; multiplicamos las oportunidades de expresar nuestras opiniones, aunque no siempre desarrollamos la capacidad de escuchar. Hemos aprendido a permanecer cerca sin acercarnos, a hablar sin dialogar y a coincidir físicamente sin compartir de verdad la vida.

Frente a esta paradoja, la ronda del mate recupera el valor de la proximidad. Alguien se sienta junto al otro, lo reconoce y le dedica tiempo. No lo contempla como competidor, adversario o desconocido, sino como compañero de una misma mesa, con quien puede compartir una conversación y una experiencia humana. La fraternidad comienza precisamente cuando el otro abandona la condición de abstracción y adquiere un rostro, una historia y una dignidad que nos comprometen.

Esta imagen expresa una de las convicciones centrales del pontificado de León XIV. La Iglesia no puede limitarse a proclamar la fraternidad: necesita hacerla visible. De poco sirve anunciar la comunión cuando las personas experimentan distancia; tampoco basta con predicar el amor de Dios si quienes llaman a las puertas de la Iglesia encuentran indiferencia. La credibilidad del Evangelio depende también de la calidad humana y espiritual de los encuentros que los cristianos promueven.

Una Iglesia que no deja a nadie fuera de la ronda

Una pregunta surge espontáneamente ante la imagen del mate y alcanza de lleno a la Iglesia: ¿quiénes ocupan nuestra ronda y quiénes permanecen fuera?

La pregunta interpela a las comunidades cristianas, a sus responsables, a sus instituciones y a todos los bautizados. También reclama una Iglesia capaz de abandonar cualquier tentación de autosuficiencia, salir de sus espacios habituales y acercarse a las periferias geográficas y existenciales de nuestro tiempo.

Allí donde la pobreza, la exclusión, la violencia y la desesperanza condicionan la existencia de tantas personas, la Iglesia debe hacerse presente.

La visita de León XIV a Casavalle, en Montevideo, donde la Iglesia impulsa iniciativas de acompañamiento social, atención a las adicciones y promoción humana, expresa esta dimensión concreta de la misión. Allí donde la pobreza, la exclusión, la violencia y la desesperanza condicionan la existencia de tantas personas, la Iglesia debe hacerse presente. No para contemplar desde lejos el sufrimiento ni para ofrecer respuestas abstractas, sino para acompañar, servir y contribuir a restaurar la dignidad y la esperanza.

Una Iglesia que toma mate sabe sentarse junto a quienes sufren. Se acerca a las heridas de la sociedad y reconoce en ellas una llamada a la conversión. No confunde la santidad con el aislamiento ni la fidelidad al Evangelio con la distancia respecto de las preocupaciones humanas.

El mate, además, no pertenece a quien lo prepara ni a quien lo recibe primero. Su destino consiste en circular. También los dones de Dios reclaman comunicación y entrega. La fe no constituye una posesión privada, un patrimonio reservado a unos pocos ni una tradición contemplada con nostalgia. Dios la ofrece como un don que cada generación recibe y transmite, como una esperanza que crece cuando se comunica y como una luz que pierde su sentido cuando alguien pretende guardarla exclusivamente para sí.

La Iglesia no vive para sí misma. Su razón de ser radica en evangelizar, servir y hacer presente el amor de Dios en medio de la humanidad.

Uruguay: evangelizar en una sociedad que ha cambiado

La elección de Uruguay ofrece, además, una ocasión privilegiada para reflexionar sobre uno de los grandes desafíos de la Iglesia contemporánea: anunciar el Evangelio en una sociedad secularizada.

La tradición católica forma parte de la historia uruguaya, aunque el país presenta una realidad religiosa singular dentro de América Latina. La secularización, la pluralidad de convicciones y el distanciamiento de amplios sectores de la población respecto de las instituciones religiosas plantean una cuestión decisiva: ¿cómo comunicar hoy la fe cristiana?

La respuesta no puede descansar en la nostalgia de una sociedad desaparecida ni en estrategias de mera supervivencia institucional. La cuestión fundamental exige otra perspectiva: ¿cómo hacer presente el Evangelio en las condiciones reales del mundo contemporáneo?.

León XIV señala un camino: cercanía, escucha, diálogo y esperanza. Sin renunciar a la identidad cristiana, pero sin convertirla en frontera; sin diluir el contenido del Evangelio, sino mostrando su capacidad para iluminar las preguntas fundamentales de la existencia humana.

León XIV en Paysandú (REUTERS/Yara Nardi)

La evangelización nunca puede reducirse a una invitación formulada desde la distancia. Necesita comunidades acogedoras, testimonios convincentes y espacios donde cada persona descubra su dignidad y su lugar. Nadie debe sentirse obligado a renunciar a su historia o a su identidad para recibir la acogida de la Iglesia.

Conviene subrayar aquí una distinción decisiva: una Iglesia abierta no pierde su identidad; manifiesta su identidad más genuina cuando practica la caridad. Dialoga porque confía en la verdad que anuncia; acoge la diversidad porque reconoce en cada persona una dignidad que precede a cualquier diferencia. No contempla la pluralidad como una amenaza, sino como una oportunidad para mostrar la universalidad del Evangelio.

La fe: un mate que pasa de generación en generación

El mate también evoca la transmisión. Las familias enseñan a prepararlo, los mayores lo ofrecen a los jóvenes y cada generación incorpora la costumbre a su vida cotidiana. La tradición permanece viva porque alguien la recibe, la conserva y la entrega a quienes vienen detrás.

Esta imagen conduce a una de las preocupaciones más importantes del cristianismo actual: la transmisión de la fe. Durante siglos, la familia, la educación, la comunidad parroquial, la liturgia y el testimonio de generaciones de creyentes sostuvieron la vida cristiana. Hoy, sin embargo, esos cauces se han debilitado en numerosos lugares. Muchos jóvenes crecen sin una experiencia significativa de la fe, mientras otros buscan respuestas espirituales fuera de las instituciones religiosas.

La Iglesia necesita examinar qué ofrece, qué testimonio transmite y qué imagen de Dios proyecta. También debe preguntarse por qué tantos contemporáneos ya no encuentran en sus comunidades una respuesta a sus inquietudes más profundas.

El lamento por esta situación no basta. La Iglesia necesita examinar qué ofrece, qué testimonio transmite y qué imagen de Dios proyecta. También debe preguntarse por qué tantos contemporáneos ya no encuentran en sus comunidades una respuesta a sus inquietudes más profundas.

La fe no pasa automáticamente de padres a hijos. Cada generación necesita descubrirla, hacerla propia y experimentar que el Evangelio no pertenece a un pasado clausurado, sino que ofrece una palabra viva para el presente y una promesa para el futuro.

Transmitir la fe tampoco equivale a imponer una costumbre. Significa comunicar una experiencia; no repetir fórmulas vacías, sino conducir al encuentro con Jesucristo. Para ello necesitamos comunidades acogedoras, familias que testimonien su fe, educadores comprometidos y pastores que conozcan de cerca la realidad de su pueblo.

Como el mate, la fe permanece viva cuando circula, pasa de unas manos a otras y suscita nuevas experiencias de encuentro con Cristo. Su fuerza no radica en la posesión individual, sino en la capacidad de comunicarla y compartirla. Esta misma lógica inspira la pequeña ronda del mate, que adquiere un alcance universal: representa aquello que nuestro mundo necesita con urgencia, pueblos capaces de reconocerse, sociedades abiertas al diálogo y personas dispuestas a superar sus distancias para encontrarse.

El profetismo de los gestos pequeños

Una paradoja recorre nuestra época: el mundo reclama transformaciones enormes, pero muchas comienzan con gestos extraordinariamente pequeños. Un mate compartido no detiene una guerra, no resuelve por sí solo la pobreza ni acaba con la polarización. Sin embargo, expresa una disposición humana imprescindible para cualquier transformación: salir de uno mismo y abrir un espacio al otro.

El cristianismo conoce profundamente esta lógica. El Evangelio recoge gestos modestos cargados de fuerza transformadora: una mesa abierta, un pan compartido, una conversación junto al camino, una mano tendida, una persona que se detiene ante el sufrimiento ajeno. Jesús reunió a personas de toda condición alrededor de la mesa. Allí derribó prejuicios, ofreció reconciliación y anunció la llegada del Reino.

El mate evoca precisamente esta dimensión evangélica. Recuerda que la fe se hace visible mediante la hospitalidad, que la comunión reclama gestos concretos y que la caridad comienza cuando dejamos de organizar la existencia exclusivamente alrededor de nuestras propias necesidades.

Una Iglesia incapaz de compartir la mesa difícilmente anunciará con credibilidad al Dios que invita a todos a su banquete. Del mismo modo, una sociedad que pierde la capacidad de sentarse junto a quienes piensan de otra manera corre el riesgo de reducir la convivencia a una coexistencia de individuos aislados.

El desafío de León XIV apunta precisamente a una Iglesia que manifieste la reconciliación de la humanidad: no una comunidad encerrada en sus seguridades, sino una casa con las puertas abiertas; no una institución indiferente a las heridas del mundo, sino una presencia que acompaña, cura y devuelve esperanza.

Que nadie se quede sin mate

El viaje apostólico de León XIV a Uruguay nos deja una imagen cargada de significado: el mate, con su sencilla pedagogía del encuentro, interpela a la Iglesia y a la sociedad y nos invita a redescubrir el valor de la fraternidad.

Conviene preguntarnos quiénes ocupan nuestras rondas y quiénes quedan fuera. ¿Nuestras comunidades ofrecen verdaderos espacios de encuentro? ¿Encuentran los jóvenes razones para permanecer en la Iglesia? ¿Ocupan los pobres un lugar real en nuestras preocupaciones? ¿Reciben quienes llegan de lejos, quienes piensan de otra manera y quienes se alejaron de la fe una acogida sincera?

Ronda de mate

El mate no elimina las diferencias entre quienes participan en la ronda. Las integra en una experiencia compartida. Esa es también la grandeza de la fraternidad cristiana: no exige uniformidad, sino comunión; no borra las diferencias, sino que impide que se conviertan en motivo de exclusión.

La Iglesia necesita recuperar el gusto por sentarse junto a las personas, escuchar sus historias, compartir sus preocupaciones y comunicarles la esperanza que nace de Cristo.

León XIV ha encontrado en una costumbre profundamente uruguaya una imagen capaz de acompañar a toda la Iglesia. El mate ofrece una enseñanza de humanidad, una intuición pastoral y una llamada evangélica. La Iglesia necesita recuperar el gusto por sentarse junto a las personas, escuchar sus historias, compartir sus preocupaciones y comunicarles la esperanza que nace de Cristo.

El mundo no necesita más discursos sobre la fraternidad, sino personas dispuestas a practicarla. La Iglesia tampoco necesita únicamente nuevos programas pastorales: reclama comunidades capaces de acoger a quienes todavía no encuentran su lugar. La evangelización del futuro comienza muchas veces con un gesto tan sencillo como detenerse, escuchar y compartir.

El mate se prepara para compartirlo, nunca para guardarlo. Una mesa pierde su sentido cuando alguien queda deliberadamente excluido. Y una comunidad traiciona su vocación fraterna cuando se acostumbra a que algunos permanezcan siempre fuera.

El Evangelio, antes que una palabra pronunciada desde lejos, reclama una vida entregada a los demás. Al fin y al cabo, la pregunta decisiva no consiste en cuántos mates hemos compartido, sino en cuántas personas han encontrado un lugar en nuestra ronda. Una Iglesia con las puertas abiertas, una humanidad sin muros y una mesa donde nadie quede excluido: así toma forma, en medio del mundo, el Reino de Dios.

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