No a la guerra, sí a la paz de Cristo
Un mundo sin sentido necesita de la paz que nace de la humildad evangélica
El no a la guerra resuena de nuevo en las palabras del Papa León. “No podemos permanecer en silencio ante el sufrimiento de tantas personas indefensas” en las regiones devastadas por la guerra y la violencia, clamó este domingo, después del Ángelus. Según el Sumo Pontífice, “la muerte y el dolor provocados por estas guerras ¡son un escándalo para toda la familia humana y un grito ante Dios!”. La guerra es un escándalo, más todavía si esta guerra no tiene justificación ni cobertura legal, como es el caso de la guerra emprendida por los gobiernos de Estados Unidos e Israel contra Irán.
No tiene justificación ni tampoco explicación, porque todavía no conocemos el motivo real de esta agresión. El motivo no reside en una pretendida democratización de un régimen oprobioso como el de Irán, en una región, además, que cuenta con monarquías absolutas, aliadas sin embargo de Occidente. Tampoco tiene cobertura legal, porque no hay un mandato de la ONU para emprender este ataque, que certifica la implosión llevada a cabo por Donald Trump contra el derecho internacional y un orden mundial basado en reglas.
Como nos enseñó Jürgen Habermas, la razón rechaza la guerra, y por eso, necesitamos, ahora más que nunca, un refuerzo de un marco regulatorio mundial y una autoridad supranacional que puedan hacer frente a un mundo fragmentado y devorado por la ley del más fuerte, es decir, por la ausencia de ley.
Un mundo que ha perdido su sentido necesita de una fuerza moral como la que encarna el Papa. Contra los fundamentalismos religiosos y políticos, que intentan desesperadamente restaurar significados en el mundo de la vida a través de una identidad dada y cerrada, Habermas reconoció la posibilidad buena de la religión para una acción solidaria y responsable. Y lo hizo sobre todo a partir del diálogo fructífero con Joseph Ratzinger, en el marco de la imbricación mutua de fe y razón, iluminadas de forma recíproca para evitar tanto el sectarismo religioso como el totalitarismo de la razón instrumental.
León XIV es el Papa de la paz desarmada y desarmante, esa paz que no se cansa de defender desde el primer día de su pontificado, “una paz que nace de la apertura y de la humildad evangélica”, según declaró en la Jornada Mundial de la Paz. Porque esta paz no es solo ausencia de guerra: es la paz que nace de Cristo Resucitado, de una vida nueva y tansfigurada por los frutos de la verdad, la bondad y el amor, la paz que, como nos recordó Juan Pablo II, contrario a la guerra de Irak de 2003, “nos ha reconciliado con Dios y ha puesto en el mundo las bases de una convivencia fraterna de todos”.