Hazte socio/a
Última hora
Vive la Semana Santa en RD

¿Vivir endiosados o vivir deificados?

El Dios que muere en la cruz nos sigue interpelando porque va a contracorriente

Icono de Cristo en la cruz

La Carta a los filipenses es uno de los textos más antiguos del Nuevo Testamento y, por tanto, del cristianismo. Es un documento conmovedor, en el que, desde su cautiverio, Pablo nos exhorta a crecer en el amor, desde la humildad, la unidad y una vida incardinada en el Evangelio de Cristo.

Esta epístola destaca por su afamado himno cristológico. Un himno que concentra el núcleo de nuestro credo. Un himno oportuno para recordar en este tiempo de Semana Santa, puesto que sirve para renovar nuestra fe, en medio de un mundo tantas veces frío e indiferente ante el sufrimiento y la suerte de los demás.

Debo reconocer que este himno siempre me ha provocado una especie de emoción paradójica, entre el escalofrío y la impotencia, porque es una interpelación directa a mi condición de cristiano limitado, errático y minúsculo. Cristo se revela aquí como un Dios contracultural, más que omnipotente, porque el verdadero poder reside en el servicio: un Dios todoamoroso e infinitamente misericordioso, siempre novedoso respecto del orden establecido.

Pablo nos enseña que el nuestro es una suerte de Dios venido a menos, un Dios que se rebela contra los valores imperantes del éxito y el poderío, en el marco de lo que hoy definiríamos como una masculinidad dura y autoritaria.

Recuerden el himno: Él, siendo de condición divina, se despoja de sí mismo, haciéndose hombre, igualándose a los demás. No suficiente con eso, no deviene un humano rico y poderoso o incluso uno normal y moliente, sino uno doliente, un esclavo, un pobre y miserable hombre.

Cristo se humilla, se hace pequeño y obediente, en escucha atenta a la voluntad del Padre —no otra cosa es la obediencia—, hasta la muerte, y una muerte temprana y de cruz, es decir, una muerte ignominiosa, la peor muerte posible. Es la muerte del delincuente.

Al final del himno, descubrimos que esta es la única vía de exaltación. Su señorío total, su Nombre-sobre-todo-nombre, pasa no solo por la humildad, sino más abajo aún: por la humillación, es decir, por el servicio y la entrega total. No hay aquí atajos ni medias tintas. De modo que reconozcamos en Él a Jesucristo, el Señor, ante el que “toda rodilla se doble”. Siendo el último, es el primero de todos. 

Entonces, si creemos en un Dios así, capaz de subvertir un sistema de valores basado en la competencia, la desconfianza y el dominio, ¿por qué preferimos la vía del endiosamiento individual y colectivo, construido sobre el atropello y el borrado del otro y, en suma, sobre la sustitución de Dios por ídolos de muerte? ¿No sería mejor intentar vivir tocados por la luz amorosa de Cristo muerto y resucitado?

Algunos se alegran de un supuesto giro católico en nuestra sociedad, y sin embargo, ¿por qué aspiramos todavía a ser como dioses, en lugar de recorrer caminos de humilde y discreta divinización de nuestra pobre naturaleza? Porque endiosamiento y deificación son diametralmente opuestos. Es la diferencia entre vivir de cara o de espaldas a Dios. ¿Por qué no seguimos una vía de imitación y conciencia crística, que no juzga ni condena, porque solo Uno puede hacerlo? ¿Qué pretendemos de forma tan insolente?

Si Dios, que es perfecto, se ha vaciado de sí mismo hasta la crucifixión, no estaría mal que nosotros, tan limitados y pequeños, nos despojáramos de nuestro viejo yo, lleno de faltas y pecados, carcomido muchas veces por egoísmos, tal vez odios y amarguras, cuando no por resentimientos y vanas arrogancias.

En lugar de arrojar tantas piedras contras los demás, podríamos abrir nuevos caminos de cooperación, comunión y solidaridad fraterna, caminos fecundos de servicio y misericordia. Si hay que tirar algo, mejor que sea nuestra vieja levadura para ser masa nueva. ¡Esto sí que sería vivir en Cristo, nuestra verdadera Pascua!

También te puede interesar

Lo último