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Feliz Pascua. ¡Cristo ha resucitado!

Dios no permite el mal. Es el anti-mal: Una explicación desde la vivencia personal

Hay una palabra cuyo sentido ha sido clave para entender algo que, para mí, ya no es solo una idea, sino un hecho: Dios no puede “no amar”, y que por tanto, es el anti-mal: Esa palabra es "Nativo".

No quiero entrar en discusiones ni contradecir ninguna doctrina. Solo intento, como muchos de vosotros, encontrar sentido a esta mezcla de vida, miedo, felicidad y mal que todos experimentamos.

Caminar sin miedo | Ramon Fandos

Llevo muchos años enseñando inglés, y esa experiencia me ha dado una clave inesperada para entender también mi fe, porque ambas cosas —la fe y un idioma— son aprendizajes. Requieren tiempo, repetición, práctica, paciencia. Y, sobre todo, requieren dejar que algo nuevo transforme nuestra manera de pensar y de vivir.

En un idioma, "nativo" significa que algo forma parte de ti. Lo haces sin pensar, con una naturalidad que solo se consigue después de cientos de horas de uso. Esa práctica constante moldea el cerebro. La neurociencia lo llama neuroplasticidad: cuanto más repetimos una habilidad, más espacio ocupa en el cerebro, y cuanto más espacio ocupa, más natural se vuelve.

En la vida espiritual ocurre algo parecido. Creer en Dios es un acto del espíritu, sí, pero ese acto pasa por un cerebro que aprende, repite, interpreta y también se equivoca. Una idea pensada y repetida acaba convirtiéndose en una verdad emocional, aunque no lo sea. Y no hablamos de una sola idea, sino de miles de pequeñas creencias, miedos y recuerdos que se van acumulando y que, sin darnos cuenta, condicionan lo que sentimos y lo que hacemos.

Con el tiempo, esas capas pueden sepultar nuestro “ser nativo”, ese núcleo que compartimos con el Padre. Porque, desde la fe cristiana, nuestro origen es claro: somos creados a imagen de Dios, y si Dios es amor, entonces nuestro ser más profundo también lo es. Ese es nuestro “idioma nativo”: el amor en estado puro.

Nosotros, en cambio, podemos perder contacto con ese amor nativo. Igual que un idioma puede oxidarse si dejamos de usarlo, también nuestro ser nativo puede quedar cubierto por capas de miedo, de traumas, de ideas equivocadas sobre Dios y sobre nosotros mismos. Y cuando esas capas crecen, se produce algo muy concreto por dentro: aparece un vacío. Un vacío que nos hace sentir incompletos, como si nos faltara algo esencial.

Es entonces cuando entra en juego el deseo. No el deseo bueno, legítimo, que impulsa la vida y nos hace crecer, sino ese otro deseo: el deseo de algo sin lo cual creemos que no podremos ser felices. Ese deseo, cuando se convierte en necesidad absoluta, empieza a gobernarlo todo. Y detrás de él se esconden la codicia, la envidia, la rivalidad, la mentira, la violencia. Al dejar de vivir desde nuestro ser nativo, intentamos llenar el vacío con lo que sea. Y así, poco a poco, vamos construyendo ese “ser no nativo” que nos aleja de lo que realmente somos. Nosotros somos los que perpretramos y permitimos el mal, y a nosotros también corresponde luchar contra él.

Aquí está la clave: Dios es el anti‑mal. No porque combata el mal con más mal, ni porque lo permita o lo deje de permitir, sino porque su ser nativo es amor absoluto. Dios no puede no amar. No puede actuar desde el odio, la venganza o la violencia. No puede realizar ningún acto que contradiga su esencia. Su única manera de enfrentarse al mal es amar, porque es lo único que Él es.

Es cierto que el "mal" no siempre llega por decisiones humanas equivocadas. A veces irrumpe en forma de accidente, enfermedad o desgracia natural. Y entonces aparece la pregunta que todos, tarde o temprano, nos hacemos: "¿por qué a mí? "

La verdad —aunque cueste aceptarla— es que esta vida es así. Nadie nos prometió inmunidad. Nadie nos garantizó un camino sin heridas. De algún modo, al nacer firmamos un documento invisible que decía: “me puede pasar cualquier cosa”. Y aun así, incluso cuando la desgracia no tiene explicación moral ni culpables, el amor nativo de Dios sigue ahí, acompañando, dignificando, consolando. Ese amor no evita el dolor, sino que lo atraviesa con nosotros.

Por eso la fe no es creer en lo que no vemos, ni cumplir preceptos, sino volver a aprender lo que ya somos. Desenterrar lo que siempre estuvo ahí para que vuelva a ocupar espacio en nuestro cerebro, en nuestra memoria, en nuestras decisiones.

Porque, al final, ser cristiano es algo muy sencillo: dejar que el amor nativo de Dios despierte en nosotros lo que ya somos desde el principio, para que podamos combatir el mal —el que hacemos y el que nos sucede— con la misma fuerza con la que Él lo combate: amando.

Para que entendiéramos esto vino Jesús al mundo. Para esto aceptó la cruz. Y para esto resucitó: para dejar constancia de que este Amor es más fuerte que cualquier sufrimiento, cualquier error y cualquier oscuridad.

¡Cristo ha Resucitado, Aleluya, aleluya!

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