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Jesús y Francisco de Asís ardieron. La Iglesia solo conserva el brillo

Jesús y Francisco de Asís fueron estrellas vivas, fuego que transformaba cuanto tocaba; la Iglesia y las órdenes que los siguieron son solo su luz viajando por inercia: brillan, pero ya no queman. Este texto explora esa física espiritual y anuncia una esperanza: todos podemos volver a arder, si nos atrevemos a liberarnos de lo conocido.

Jesús de Nazaret y Francisco de Asís | Ramón Fandos

Hay una imagen que dice más que cien libros de teología: una estrella viva frente a una estrella muerta.

Una estrella viva arde e irradia su luz. Una estrella muerta sigue enviando luz durante millones de años, pero ya no existe. La vemos, nos orientamos por ella, creemos que sigue ahí. Pero no es más que el fantasma de algo que existió y ya no está.

Jesús y Francisco de Asís fueron estrellas vivas. La Iglesia y las órdenes religiosas que vinieron después ya no son la estrella. Son su luz viajando por inercia. Brillan, pero no queman. Dicen las mismas palabras —o inventadas y parecidas—, pero ya no tienen el mismo fuego.

Un carisma auténtico no es un proyecto ni un manual de buenas prácticas. Es una irrupción. Un fuego interior que se encarna en una persona y que, durante un tiempo, ilumina y transforma todo lo que toca.

Jesús vivió así: sin poder, sin estructura, sin más autoridad que su propia verdad. Francisco también.

Los primeros discípulos no seguían normas. Seguían a un tal Jesús que les hablaba de amarse como él los amaba y que, con el fuego de su mirada, transformaba sus vidas. Lo mismo ocurría con los seguidores de Francisco. Esa es la fase de la estrella viva: arde, ilumina, transforma.

Pero ninguna estrella permanece eternamente en su fase inicial. Cuando se expande, la energía se dispersa. Cuando llegan los que no tienen el fuego interior, aparece la necesidad de organizar, regular, definir, controlar, corregir… Entonces la estrella muere, y la luz que sigue llegando ya no es la misma.

La Iglesia sigue hablando de Jesús, pero no vive como Jesús.

La Orden Franciscana sigue hablando de pobreza, pero no vive como Francisco.

Se predica pobreza, se administra riqueza. Se predica humildad, se vive jerarquía. Se predica libertad interior, se exige obediencia ciega.

Jesús vivió sin poder. La Iglesia se organizó como poder. Francisco vivió sin propiedad. La Orden se organizó alrededor de propiedades. Jesús habló de servicio. La institución creó rangos. Francisco habló de fraternidad. La institución creó obediencias.

Esto es física espiritual: una estrella muerta no puede producir luz nueva. Solo puede seguir imitando la que produjo cuando todavía estaba viva.

Jesús y Francisco ardieron con el fuego transformador del amor, la institución arde con el fuego degradante de la doble vida, el autoritarismo y los abusos.

La buena noticia es que podemos recuperar este fuego transformador.

Cuando aparece una nueva estrella viva.

Cuando alguien es capaz de abrirse al espíritu sin miedo, sin condiciones.

Cuando nos damos cuenta de que todos podemos ser estrellas vivas.

Aunque a veces, para serlo, tengamos que liberarnos de las cadenas de lo conocido, de la seguridad de la norma, de la tradición.

“Llega la hora en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad.” Jn 4:19‑24

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