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Lavar los pies y cargar con la cruz: La verdadera historia de Simón de Cirene

Jueves Santo. Amaos unos a otros… ayudaos unos a otros, sed compasivos, cargad juntos con el sufrimiento…

Simón de Cirene descubrió a la fuerza que ayudar a otro a llevar su cruz no solo alivia al que sufre, sino que transforma a quien ayuda. Fue el primero en compartir el destino de Jesús.

Estos relatos nacen del silencio que vivimos mi mujer y yo en el Monasterio de Valvanera: cinco meses de oración, trabajo y escucha, viviendo en nuestra camper en el aparcamiento del Monasterio. (leer artículo). Allí, pudimos profundizar en la Pasión de Jesús de una manera muy especial.

La Pasión y la Resurrección son el corazón de nuestra fe. No sabemos cómo sucedió cada detalle, pero sí podemos ponernos en la piel de quienes estuvieron allí: mirar con sus ojos, sentir su miedo, su desconcierto, su amor… y dejar que esa experiencia nos enseñe nuevas formas de amar a Dios y al prójimo.

Los eruditos y los teólogos buscan las palabras exactas, la formulación precisa, la fuente original. Y es un trabajo necesario. Pero mi mujer y yo descubrimos que, más allá de las palabras, hay algo que nadie puede manipular ni falsear: la experiencia humana. Esta permanece intacta a través de los siglos, porque al final todos somos lo mismo: seres humanos con las mismas penas, los mismos anhelos, los mismos temores y la misma capacidad de amar.

Estos relatos no pretenden reconstruir la historia, sino asomarse a la verdad humana que late en ella. Y esa verdad, aunque hayan pasado dos mil años, sigue siendo reconocible. Sigue siendo de todos nosotros.

Ya publicamos El buen ladrón, Judas y Barrabás. Seguiremos acercándonos, personaje a personaje, a este misterio que sigue transformando a quien se deja tocar. Hoy es el turno del buen Simón.

Simon obligado por el soldado | Ramón Fandos

Simón venía del campo, con el polvo pegado a las sandalias y contento por tener trabajo y poder llevar el pan a su familia. El cuerpo dulcemente cansado, pero satisfecho. La vida, dentro de lo que cabe, seguía su cotidianeidad.

Hasta que lo cotidiano dio paso a lo inesperado.

Vio a los soldados abriéndose paso. Y a un hombre cargando con una cruz. El condenado estaba muy mal. La cara tan hinchada que casi no se reconocían los rasgos, los labios partidos, la sangre seca adherida en placas sobre la piel. Respiraba con esfuerzo, como si cada bocanada fuera una lucha entre seguir o rendirse. Costaba mirarlo de frente sin que algo por dentro pidiera apartar la vista.

Sintió un rechazo inmediato, casi instintivo. A nadie le resulta fácil no salir corriendo cuando el dolor del otro se vuelve demasiado evidente. Una voz interior le susurraba: “mejor no mires”, “aléjate”, “no te compliques”.

Entonces un soldado lo señaló. Sin explicaciones. Una orden seca, imposible de discutir. Antes de que pudiera reaccionar, ya lo estaban empujando hacia el madero. Le agarraron del brazo y le dejaron caer la cruz encima.

El golpe lo dejó sin respiración. No solo por el dolor que le causó sino, sobre todo, por lo que implicaba, ya que le acababan de colgar sobre los hombros una historia que no le pertenecía.

No pudo contener su rabia:

“Yo no he hecho nada.” “Yo no soy de estos.” “¿Por qué yo?”.

A cambio recibió un latigazo del soldado y la orden de que se callara e hiciera su trabajo. Apretó los dientes y obedeció, maldiciendo en su interior su mala suerte.

Pero a los pocos pasos ocurrió algo que le pilló por sorpresa: El hombre giró la cabeza y lo miró.

A pesar del cansancio y del dolor, irradiaba paz y agradecimiento, y Simón sintió algo inesperado: se sintió acogido. Como si, de pronto, fuera parte importante de la escena. Como si aquel hombre, sin decir nada, le hubiera cedido un sitio en algo que él no había elegido, pero que empezaba a sentir como propio. Y entonces lo comprendió: Jesús lo necesitaba para no caminar solo. Y empezó a sentir compasión y respeto por él.

A Simón le habían enseñado que Dios premia al que cumple y castiga al que falla. Y allí tenía delante a alguien que parecía inocente tratado como el peor. La ley estaba haciendo lo que hace cuando se vuelve ciega: aplastar sin escuchar. Y, aun así, ese hombre no devolvía mal por mal.

Simón ajustó el madero en el hombro. Sintió cómo la madera le quemaba la piel, el tirón en la espalda, el dolor en las manos. A estas alturas ya sabía que no estaba cargando solo con un objeto, sino con el destino de un inocente. Y que ese destino, de algún modo, no era solo del condenado. Ahora era suyo también.

Jesús cae, Simón se compadece | Ramón Fandos

El condenado tropezó y cayó. Simón le ayudó y sostuvo más fuerte, como si quisiera cargar con todo el peso y aliviar un poco a aquel inocente. Ahora ya no se trataba de “ayudar al pobre hombre”. Se trataba de caminar con él, paso a paso, hasta el final, porque lo quería y lo deseaba. Y Simón sintió que despertaba a una realidad que derribaba todas sus creencias: la de entregar su vida por amor. Se asustó. Le vinieron ganas de soltar, de apartarse, de volver a ser espectador. Pero ya era demasiado tarde, algo en él había cambiado. Ya no era el mismo que hacía solo unos instantes. Ahora estaba allí porque lo había elegido.

Llegaron al lugar. Le arrancaron el madero a golpes. Simón dio un paso atrás, respirando fuerte, con el hombro ardiendo y las manos temblando. Podía irse. Nadie lo retenía. Era el momento perfecto para desaparecer. Pero se quedó.

Miró al hombre al que acababa de acompañar. Vio que lo trataban como a un criminal. Vio el hierro. Vio el madero levantado. Vio el cielo indiferente. Y en medio de ese horror, entendió algo sencillo y profundo:

Que aquel condenado había aceptado la condena para ponerse al lado de los hombres en su sufrimiento, en sus problemas, en la cruz de cada día. Y que, al hacerse hombre y amar hasta el extremo, necesitaba también de la presencia de aquellos que amaba. El, hijo de Dios, anhelaba estar con sus hermanos. Los estaba poniendo a su mismo nivel. No es un Dios que está arriba lejos del hombre. Es un Dios que está al lado del ser humano, en igualdad de condiciones. Escandaloso contraste este con el clericalismo y el autoritarismo que, a veces, asoman en nuestra amada Iglesia Católica.

Volvió a su vida. Pero ya no era la misma. Y desde aquel día, cada vez que escuchaba hablar de Dios como un juez que castiga o como alguien que exige al hombre cumplir leyes para salvarse, Simón sonreía para sí y dejaba escapar un suspiro. Porque él había descubierto otra cosa: que Dios estaba en el camino, en el peso compartido, en el condenado acompañado, y en ese escandaloso “hoy estarás conmigo en el Paraíso” que el buen Dios ofrece a todos los hombres, sin condiciones, sin leyes, sin mediadores. Simplemente porque ama al hombre y anhela estar con él.

fandosrj@gmail.com

ORACIÓN

Señor…

aún siento en mis hombros el peso de tu cruz,

y no sé si fue más pesada la madera

o la mirada con la que me pediste que no te dejara solo.

Yo no te buscaba.

No te esperaba.

No sabía quién eras.

Y, sin embargo, cuando me miraste,

algo en mí se abrió sin querer.

Algo que llevaba años dormido.

No entendí nada,

solo que me necesitabas.

Y que, por un instante,

yo también necesitaba estar contigo.

Señor, enséñame a no huir

cuando el dolor de otro me asuste.

Enséñame a quedarme,

aunque no sepa qué hacer,

aunque me tiemblen las manos,

aunque mi corazón quiera escapar.

Porque aquel día descubrí

que tu fuerza no está en imponerte,

sino en dejarte acompañar.

Que tu grandeza no está en estar por encima,

sino a nuestro lado,

a la misma altura,

con las mismas penas

Quédate conmigo en mis cruces de cada día,

y dame la gracia de quedarme yo también

en las cruces de los demás.

Que no me acostumbre a un Dios lejano,

ni a un amor que no toca la tierra.

Hazme recordar siempre

que te encontré en el camino,

sudando, cayendo, necesitando ayuda,

y que allí, sin saberlo,

me enseñaste quién eres.

Y si alguna vez vuelvo a olvidarlo,

si vuelvo a pensar que te busco en templos altos

o en leyes que pesan,

recuérdame aquella tarde,

tu rostro herido,

tu silencio agradecido,

y el milagro sencillo de caminar contigo.

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