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Vida Eterna o Morir hacia Dios. Releyendo a Hans Küng

A Hans Küng, Roma le retiró la licencia para enseñar teología católica. Su delito: pensar en voz alta. Cuestionó la infalibilidad papal, criticó el autoritarismo de la Curia y propuso una Iglesia más democrática, ecuménica y abierta, fundada en la indefectibilidad —la verdad está en el conjunto del Evangelio, no en dogmas absolutos— y en una ética global compartida entre todas las religiones.

A una pregunta le dedicó un libro entero, ¿Vida eterna? (1982), y media vida de trabajo. Su respuesta cabe en una frase: la vida eterna no es un premio ni una amenaza. Es un abrazo.

¿Vida eterna? | Hans Küng

Alguien, no algo

La ciencia describe muy bien lo que somos: células, neuronas, química. Pero ningún análisis de sangre detecta la libertad ni el amor. Los seres humanos tenemos conciencia, responsabilidad, sed de verdad, apertura al infinito. No somos algo que ocurre: somos alguien que ama. "Dioses sois" (Jn 10,34; Sal 82,6). Hijos que comparten la esencia del Padre.

Y si eres alguien —no algo—, la muerte biológica no puede ser toda tu verdad. Un certificado de defunción explica qué le pasó a tu cuerpo. No explica quién eres.

La muerte es real. El miedo, no

Que nadie banalice la muerte. No es una anécdota que nos ocurre: nos rompe de verdad. Jesús no llegó a la tumba de Lázaro repartiendo consuelos baratos: lloró (Jn 11,35). La muerte es real. Pero la fe nos dice que no tiene la última palabra.

Küng lo formuló con maestría: morir no es caer en la nada, es morir hacia Dios. La muerte no es un final: es la puerta por la que se sale del tiempo y se entra en el Amor. Y ese Amor no puede no amar: es el anti-mal (1 Jn 4,8). Por eso el binomio "Dios te ama, pero puedes acabar en el infierno" es el mejor síntoma de una religión enferma a la que nunca le interesó el Evangelio. Una religión que inocula el virus para vender después la medicina.

Resucitar no es volver a respirar

Lázaro salió de la tumba… para volver a morir. Eso no es resurrección: es reanimación, una prórroga. La resurrección de Jesús es otra cosa. Los evangelios lo revelan con un pequeño detalle: entra con las puertas cerradas y sus amigos no lo reconocen. Es decir, atraviesa la muerte y se transforma: entra en la vida de Dios. No vuelve atrás, a esta vida; sigue su camino hacia la eternidad.

Lo dice Pablo: "se siembra un cuerpo corruptible, resucita incorruptible; se siembra un cuerpo mortal, resucita un cuerpo espiritual" (1 Cor 15,42-44). No es continuidad: es transformación. La semilla no se conserva: se convierte en espiga. Quien espere del cielo una fotocopia ampliada de esta vida se ha equivocado de esperanza.

La eternidad no es mucho tiempo

La eternidad es la ausencia de reloj. No es cantidad: es plenitud. Presencia total. Amor que ya no se desgasta ni se fragmenta.

Y aquí Küng y los místicos se dan la mano. Jesús dijo: "Yo soy la puerta" (Jn 10,9). ¿Y dónde se abre esa puerta? En el presente. "Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero" (Jn 17,3). Habla en presente, no en futuro. La vida eterna no empieza cuando morimos; empieza cuando amamos. El que ora en silencio, el que se recoge, el que habita el momento presente con Dios, ya la está tocando. Santa Teresa no esperó a morirse para entrar en el castillo interior. Y esta mística no es de élites: es de todos y para todos.

No es Dios de muertos, sino de vivos

Cuando los saduceos quisieron ridiculizar la resurrección con el cuento de la viuda de los siete maridos, Jesús no respondió con metafísica del alma. Respondió con una fidelidad: "Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob. No es Dios de muertos, sino de vivos" (Mc 12,26-27).

Esto es lo que defiende Küng. Jesús no dice: "tenéis dentro algo inmortal". Dice: Alguien fiel os tiene. Permanecemos porque somos queridos por un Amor que no suelta lo que ama. El fundamento de mi persona no está en mí: está en el que me sostiene. Como el niño que duerme tranquilo no porque sea fuerte, sino porque su madre está al lado. Una madre que solo con su presencia ahuyenta el miedo y le hace sentirse seguro, eterno. Dios es Alguien que con su presencia nos dice: "tú no morirás". Y Dios no dice las cosas por decir.

Esto es lo que defiende Küng. Jesús no dice: "tenéis dentro algo inmortal". Dice: Alguien fiel os tiene. Permanecemos porque somos queridos por un Amor que no suelta lo que ama. El fundamento de mi persona no está en mí: está en el que me sostiene.

Don, no nómina

Por eso la vida eterna no se gana: se recibe. Al buen ladrón nadie le exigió confesarse, ni ser buen cristiano, ni obedecer a la Iglesia. "Hoy estarás conmigo en el paraíso" (Lc 23,43). Hoy.Sin examen, sin lógica de deuda, sin contabilidad de méritos. Y Barrabás, que significa "el hijo del padre", se encontró con la salvación sin pedirla, sin buscarla, sin saber siquiera que existía. Esa es la firma de Dios: "que no pierda nada de lo que me diste" (Jn 6,39). Estamos predestinados a la salvación. Fuimos salvados, como Barrabás, antes de nacer, sin saber siquiera qué significaba eso.

Escándalo para los contables de la gracia, para esos funcionarios de la fe que olvidan que no son más Iglesia que cualquiera de los que formamos el pueblo de Dios; y, al mismo tiempo, buena noticia para quienes reconocen en todo esto una gracia que desborda y libera.

Escándalo para los contables de la gracia, para esos funcionarios de la fe que olvidan que no son más Iglesia que cualquiera de los que formamos el pueblo de Dios; y, al mismo tiempo, buena noticia para quienes reconocen en todo esto una gracia que desborda y libera.

¿Y si todo esto fuera un cuento?

Al final, cada uno nos creemos el cuento que nos contamos. Lo importante no es el cuento en sí, sino comprobar qué hace de nosotros la historia que damos por verdadera: si nos hace mejores personas, si nos acerca a todos los seres humanos sin excepción de raza ni condición alguna, o si, en cambio, nos atrinchera en ideologías cerradas que en la práctica nos alejan del prójimo.

Y queda una cuestión más. Max Horkheimer, judío, agnóstico, filósofo de la Escuela de Frankfurt, confesó su anhelo de "que el verdugo no triunfe sobre la víctima inocente". Si la nada tiene la última palabra, el verdugo gana. Los abusados quedan abusados para siempre, los silenciados callados para siempre, las vidas rotas, rotas sin apelación. La resurrección no es un consuelo para cobardes: es la justicia de Dios para las víctimas. "Ni muerte ni vida… podrá separarnos del amor de Dios" (Rom 8,38-39).

Küng ofrece una confianza razonable. La razón abre la puerta. La confianza la cruza.

Al final, el cuento que a mí me sirve, el que hace de mí mejor ser humano, es creer que morir no es apagarse. Es como quedarse dormido en la playa y despertarse en la cama. No sabes cómo llegaste. No hace falta saberlo. Te llevó en brazos el que te quiere. Y al otro lado no hay un reloj sin fin: hay un Amor sin fin. Que no es lo mismo. Es infinitamente mejor.

Como decía mi amigo y maestro Salvador Toro: "Cuando muramos, estaremos con Él".

"Donde yo esté, allí estará también mi servidor." (Jn 12,26)

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