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¿Fue Cristo un místico?

El cristianismo en su origen no es una religión mística en el sentido de que no es el resultado de una búsqueda, experiencia o conquista del ser humano, sino fruto de una revelación de Dios a la que la persona responde con la obediencia de la fe. En este sentido el Cristianismo, lo mismo que el Judaísmo o el Islamismo son religiones proféticas, contrapuestas a las religiones orientales consideradas propiamente místicas.

Jesús tiene rasgos proféticos, carismáticos, sapienciales, críticos, pero a los ojos de O. González de Cardenal, “no aparece con los rasgos que nos ofrecen los místicos, ni los de las religiones orientales ni los grandes exponentes cristianos centrados en la contemplación”. Jesús fue alguien que vivió enteramente para su misión; alguien en quien creer y vivir se identificaron; alguien para quien la oración fue la actitud determinante de su vida; alguien al servicio de los pobres, enfermos y marginados; alguien que tenía igualdad de autoridad, de conocimiento, de amor y de juicio que el Padre; alguien cuya misión era revelar a Dios como Padre, dándonos parte en su filiación. Pero todo depende del contenido que ponemos a la palabra mística, pues si definimos a una persona como “mística”, la que vive de continuo en la presencia de Dios, o por “mística” entendemos “el cultivo de la interioridad, la atención a la voz del Espíritu en el hombre, el descentramiento de sí para vivir centrado en Dios, la vida profunda, el amor y el deseo intensos de Dios, entonces Jesucristo es ‘supermístico’ y todo cristiano verdadero es un místico” (Cristianismo y mística, Editorial Trotta, Madrid 2015, 28).

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