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MAGDELEINE DE JESÚS NÓMADA DE DIOS POR LOS CAMINOS DEL MUNDO

Nació en París el 26 de abril de 1898, en el seno de una familia de Lorena, Magdeleine Hutin parecía destinada a una existencia discreta. Pero desde muy joven ardía en ella un deseo profundo: entregarse totalmente a Dios y vivir el Evangelio con radicalidad. La lectura de la vida y de los escritos de Carlos de Foucauld fue decisiva. En aquel hombre del desierto descubrió el ideal que había buscado durante años: seguir a Jesús de Nazaret en una pobreza radical, en el ocultamiento y en el amor universal. Sin embargo, la llamada que sintió no consistía simplemente en imitar a Foucauld. Su misión sería prolongar y desarrollar su intuición espiritual de una manera nueva e inesperada. Durante casi veinte años tuvo que esperar. Fueron años de búsqueda, sufrimiento, incertidumbre y fidelidad. Todo parecía retrasar el cumplimiento de su vocación. Pero aquella larga espera fue también su primer desierto. Allí aprendió a abandonarse completamente en las manos de Dios. Finalmente, en 1939, llegó a Argelia y fundó la Fraternidad de las Hermanitas de Jesús.

HTa. Magdalerine | JLVB

Su proyecto inicial era humilde: algunas hermanitas contemplativas compartiendo la vida de los nómadas del Sahara. Nada más. Pero Dios soñaba más lejos. Poco a poco comprendió que la espiritualidad de Nazaret no estaba destinada únicamente al desierto. El mundo entero esperaba fraternidades capaces de vivir entre los pobres, de cruzar fronteras culturales y religiosas, de ser testigos silenciosos del amor de Cristo en medio de la vida ordinaria. Comenzó entonces una extraordinaria peregrinación. Magdeleine recorrió continentes, atravesó fronteras políticas e ideológicas, visitó pueblos y ciudades, se acercó a musulmanes, judíos, budistas, hindúes, ateos y cristianos de todas las confesiones. Allí donde encontraba seres humanos descubría hermanos. Por eso puede definirse como una auténtica nómada de Dios.

Su equipaje era ligero: una confianza absoluta en el Evangelio, una pasión por la fraternidad universal y una convicción inquebrantable de que toda persona, sin excepción, es amada por Dios. En una época marcada por guerras, divisiones, racismos y enfrentamientos ideológicos, ella eligió el camino de la amistad. Frente a la exclusión, propuso la fraternidad. Frente al poder, la pequeñez. Frente al miedo, la confianza. Toda su vida podría resumirse en una frase que expresó con sencillez al final de sus días: «Dios me tomó de la mano y ciegamente lo seguí».

Estas páginas quieren seguir las huellas de esa mujer extraordinaria para descubrir cómo una existencia aparentemente pequeña llegó a convertirse en una llama de amor capaz de iluminar el mundo. Porque la historia de la hermanita Magdeleine no pertenece solamente al pasado. Su mensaje sigue interpelando a nuestro tiempo. En un mundo herido por nuevas fronteras y nuevas soledades, continúa recordándonos que el Evangelio comienza siempre por la cercanía, la amistad y el amor.

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