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Cardenal Aguiar: Compasión y misericordia ante el prójimo necesitado

"Ayúdanos a confiar en tu amor y propiciar la fraternidad y la solidaridad en todos los ámbitos de la vida cotidiana, especialmente con los más pobres y desamparados. Así lograremos una sociedad fraterna y solidaria, que exprese la anhelada Civilización del amor, en nuestra querida patria de México"

El cardenal Aguiar

Las lecturas de la Palabra de Dios que hemos escuchado, nos exigen compasión y misericordia ante el necesitado. El libro del Éxodo advertía: “Esto dice el Señor a su pueblo: no hagas sufrir ni oprimas al extranjero… a las viudas, ni a los huérfanos,… ni al pobre que está contigo… porque cuando él clame a mí, yo lo escucharé, porque soy misericordioso”.

Un discípulo tiene que ser fiel seguidor de su maestro. Nosotros somos discípulos de Jesús; eso es lo que nos indica. Y cuando el discípulo no cumple cabalmente, entonces el maestro reclama de muchas formas, pero es mejor que recibamos el aplauso, la alegría y no el regaño.

Por eso, con el salmo hemos cantado: “Tú, Señor, eres mi refugio; yo te amo, Señor, Tú eres mi fuerza, el Dios que me protege y me libera”.

En la segunda lectura, el apóstol san Pablo expresa la alegría de transmitir la fe. Si algo tiene que pasar en nuestro interior cuando somos fieles discípulos de Jesús, es la alegría; es esa satisfacción interna de que hemos hecho lo que debíamos de hacer.

Y san Pablo dice: “Ustedes se hicieron imitadores nuestros y del Señor… en muchas tribulaciones y con la alegría que da el Espíritu Santo… han llegado a ser ejemplo para todos los creyentes,… y se ha difundido la palabra del Señor… en todas partes”.

Esto le dice a los tesalonicenses, que se habían convertido por su predicación y su testimonio de vida. ¿Y por qué dice esto el mismo san Pablo? Porque “ellos mismos cuentan de qué manera tan favorable nos acogieron ustedes y cómo… nos recibieron ustedes y cómo se convirtieron al Dios vivo y verdadero para servirlo”.

Debemos, pues, ser testigos de lo que hace Dios en el corazón a quienes les compartimos nuestra fe, sobre todo cuando hacemos el bien al prójimo necesitado, pero, sobre todo, cuando nos corresponde a quienes hemos evangelizado, y viven conforme a las enseñanzas de Jesús

Debemos, pues, ser testigos de lo que hace Dios en el corazón a quienes les compartimos nuestra fe, sobre todo cuando hacemos el bien al prójimo necesitado, pero, sobre todo, cuando nos corresponde a quienes hemos evangelizado, y viven conforme a las enseñanzas de Jesús.

El Evangelio, también nos muestra san Mateo que, “habiéndose enterado los fariseos de que Jesús había dejado callados a los saduceos, se acercaron a él, y uno de ellos, que era doctor de la ley, le preguntó para ponerlo a prueba: Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la ley?”.

“Y Jesús le respondió: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente,… y el segundo: amarás a tu prójimo como a ti mismo»… En estos dos mandamientos se fundan, toda la ley y los profetas”.

El amor, ¿por qué? Porque Dios, su naturaleza, es el amor. Y nosotros somos discípulos de Jesús; debemos generar el amor en nosotros y a nuestros prójimos.

Carlos Aguiar Retes | Vatican Media

Efectivamente, nosotros hemos sido creados a esa imagen y semejanza de Dios, que es amor.

Por ello, debemos concentrar nuestra vida en el amor a Dios y al prójimo. ¿Quién lo ha hecho así? A quien tengo detrás de mí: a nuestra Madre María de Guadalupe. Ella ha venido a estas tierras para mostrarnos el amor misericordioso de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Así como ella lo ha hecho, ahora pidámosle nosotros, en un breve momento de silencio, mirándola: ¿qué necesito yo para también ser un fiel discípulo de Jesús que transmita el amor de Dios a mi prójimo, especialmente al más necesitado?

Pongámonos, pues, de pie ante nuestra Madre.

Madre nuestra, María de Guadalupe, recordando que viniste para dar a conocer “al verdadero Dios por quien se vive”: Te pedimos nos auxilies para adquirir plena conciencia de las enseñanzas de Jesús, quien nos dio a conocer, que estamos creados para compartir, después de esta vida terrena, la vida eterna en la Casa de Dios Padre, en el Cielo.

Somos conscientes que debemos tener plena confianza en la Providencia Divina, y con plena libertad asumir los mandamientos; ya que son faros de luz para nuestro diario caminar.

Ayúdanos a confiar en tu amor y propiciar la fraternidad y la solidaridad en todos los ámbitos de la vida cotidiana, especialmente con los más pobres y desamparados. Así lograremos una sociedad fraterna y solidaria, que exprese la anhelada Civilización del amor, en nuestra querida patria de México.

Todos los fieles aquí presentes este domingo nos encomendamos a ti, que brillas en nuestro camino como signo de salvación y de esperanza.

¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen María de Guadalupe! Amén.

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