"¿Quién puede reconciliar a las sociedades polarizadas? Jesucristo"
Homilía del cardenal Aguiar este Jueves Santo
“El espíritu del Señor está sobre mí para anunciar la buena nueva, proclamar el perdón de los cautivos, …la libertad… y pregonar el año de gracia del Señor para consolar a los afligidos”.
El anuncio del profeta Isaías enuncia la misión de quienes recibimos el ministerio sacerdotal. Por eso hemos invocado, en el momento de la ordenación sacerdotal y en el momento de la ordenación diaconal, el Espíritu del Señor.
¿Pero qué genera el Espíritu del Señor? Capacita para animar a los que sufren pobreza, desánimo o que son cautivos, prisioneros; no solamente los que están en las cárceles, sino cautivos de sus propias ideologías o de las redes digitales.
Dios se ha compadecido y les regala la fortaleza espiritual, que nosotros debemos anunciar, promover y alentar en nuestros fieles para lograr la libertad, la libertad auténtica, la libertad del corazón, en plena conciencia de lo que decidimos, y para que obtengamos la auténtica filiación divina.
Por tanto, concluye el profeta Isaías: “Cuantos los vean reconocerán que son la estirpe que bendijo el Señor”; es decir, nosotros y nuestros fieles estamos ya, con el Espíritu Santo, capacitados para dar un auténtico testimonio con nuestra vida en la sociedad.
Todos aquí somos conscientes de la polarización social que vivimos, no solo en nuestro país; aunque no debe ser un consuelo, también en Europa y en América, desde Canadá hasta Chile y Argentina, están confrontadas las sociedades entre sí, polarizadas
Todos aquí somos conscientes de la polarización social que vivimos, no solo en nuestro país; aunque no debe ser un consuelo, también en Europa y en América, desde Canadá hasta Chile y Argentina, están confrontadas las sociedades entre sí, polarizadas. ¿Quién las puede reconciliar? Jesucristo.
Por eso, en la segunda lectura, san Juan proclama en su libro del Apocalipsis: “Jesucristo nos amó y nos purificó de nuestros pecados”; de esas posiciones rígidas que no saben escuchar al otro, ni poner en común su corazón con el del prójimo necesitado.
Jesucristo nos amó y nos purificó de nuestros pecados con su sangre; es decir, dio su vida y ha hecho de nosotros un reino de sacerdotes. Un reino de sacerdotes: tanto nosotros, los ministeriales —diáconos, presbíteros y obispos—, como también nuestros fieles, que son sacerdotes porque están en comunión con Dios a través del ejercicio de nuestro ministerio. Nuestro ejercicio implica, por tanto, al sacerdocio común y al sacerdocio ministerial.
¿Y qué dijo el mismo Jesús, según nos cuenta el Evangelio de hoy de san Lucas? Jesús cumple en plenitud la profecía de Isaías. Fue a Nazaret, se levantó para hacer la lectura del profeta Isaías, que dice: “El espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para llevar a los pobres la buena nueva, para anunciar la liberación a los cautivos y la curación a los ciegos, para dar libertad a los oprimidos y proclamar el año de gracia del Señor”. Y termina diciendo Jesús, después de la lectura: “Hoy mismo se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír”.
Así pues, en conclusión, el sacerdocio ministerial es para seguir haciendo realidad la presencia de Jesús en favor y auxilio divino, en favor de la gracia para los fieles.
Y los fieles, al establecer una relación habitual con Jesús, dan testimonio de su presencia y de su acción salvífica, ejerciendo la profesión que sea o el servicio que sea, desde los más dignos y mejor recompensados económicamente, hasta los más humildes que reciben un mínimo salario.
Si nosotros, presbíteros, diáconos y obispos, cumplimos nuestra misión, favoreceremos a nuestros fieles a cumplir también ellos su sacerdocio común. Así es como seremos un factor determinante para generar una sociedad no polarizada, sino fraterna y solidaria. ¡Que así sea!