Pastor, misionero y defensor de los vulnerables
Como bien sabéis, antes de venir a la archidiócesis de Barcelona fui, durante casi doce años, obispo de la diócesis de Calahorra y La Calzada–Logroño, una tierra querida y visitada por muchos catalanes. En aquel tiempo, en La Rioja, conocí la vida de un santo que marcó mi ministerio por el hecho de ser también obispo, como yo, y por ser de aquella tierra de buenos vinos. Me refiero a san Ezequiel Moreno, cuya fiesta litúrgica celebraremos dentro de un mes, un ejemplo de entrega misionera y de esperanza ante el sufrimiento.
San Ezequiel Moreno fue un religioso agustino recoleto que quizá conocemos poco, pero que ha llegado a ser el patrono de los enfermos de cáncer. Este santo dejó una profunda huella en la Iglesia por su dedicación a la evangelización y por la manera serena y confiada con que afrontó la enfermedad que, finalmente, lo conduciría a la muerte.
Ezequiel Moreno Díaz nació en 1848 en Alfaro, La Rioja. Fue misionero en Filipinas. Su cercanía a los pobres y a los más vulnerables lo convirtió en un pastor generoso, querido y respetado. Después fue enviado como misionero a Colombia, donde, unos años más tarde, fue nombrado obispo de Pasto. Allí se dedicó intensamente a la formación de los sacerdotes, a la catequesis y al fortalecimiento de la vida cristiana de las familias.
Su incansable labor misionera se vio afectada por la enfermedad, cuando le diagnosticaron un cáncer en el maxilar, cuyo tratamiento ofrecía un pronóstico incierto. Sin embargo, el obispo Ezequiel afrontó la situación con una profunda serenidad cristiana. Lejos de caer en el desánimo, vivió su enfermedad como una oportunidad para unirse más íntimamente a Jesucristo. Expresaba con frecuencia su confianza en la voluntad de Dios. Murió el 19 de agosto de 1906 en Monteagudo, Navarra.
La fama de santidad, de hombre bueno y entregado a los demás, que le había acompañado toda su vida, creció durante la etapa de su enfermedad y después de su muerte. Casi setenta años más tarde, la Iglesia reconoció las virtudes de este siervo de Dios; lo beatificó en 1975 y lo canonizó en 1992.
Este pastor de tierras riojanas fue especialmente sensible con los enfermos y los más pobres. Siempre los llevaba en la mente y en el corazón. Nunca olvidaba visitarlos cuando llegaba a un lugar nuevo. Ellos eran su prioridad. Movido siempre por Jesucristo, les ofrecía la compañía, la comprensión y el calor humano que necesitaban. Ojalá que este verano, tiempo de vacaciones, no nos olvidemos de nuestros familiares y amigos enfermos que sufren el dolor y la soledad.
Queridos hermanos y hermanas, la figura de Ezequiel Moreno nos enseña que la santidad no consiste en evitar el sufrimiento, sino en vivirlo con fe. Nos ayuda a descubrir que el amor de Dios es capaz de iluminar incluso los momentos más difíciles de nuestra vida. Encomendémonos a su intercesión y pongamos también a nuestros enfermos bajo la protección de este gran santo.
† Card. Juan José Omella Omella
Arzobispo de Barcelona