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Ceuta: cuando la frontera se convierte en arma

La llegada de miles de personas desde Marruecos ha provocado una emergencia humanitaria, una crisis de soberanía y una batalla europea sobre la 'prioridad nacional'. El Evangelio no ofrece una solución técnica, pero establece una frontera moral: ninguna razón de Estado permite convertir vidas humanas en instrumentos políticos

Decenas de migrantes intentan traspasar la frontera entre Ceuta y Marruecos, este viernes. | Marcos Moreno/Ep

Las imágenes desbordan los discursos: jóvenes avanzando dentro del agua, familias junto al espigón, personas exhaustas corriendo descalzas y agentes intentando rescatar, contener e identificar al mismo tiempo. Y, sobre el mar, cuerpos que ya no llegarán a ninguna parte.

Miles de personas han entrado en Ceuta desde Marruecos. La frontera y los centros de acogida quedaron desbordados, hubo muertos y el Gobierno español reforzó la presencia de la Guardia Civil con apoyo del Ejército. Pero no estamos solamente ante una crisis migratoria. Confluyen una emergencia humanitaria, un problema de soberanía y una disputa geopolítica alrededor del Estrecho. Quienes cruzan son las víctimas más visibles, pero no necesariamente quienes controlan la partida.

La mano que abre y cierra la frontera

Marruecos desempeña una función decisiva en el control de la frontera sur europea. Su actuación policial puede contener las salidas o permitir que aumente la presión sobre Ceuta, Melilla y Canarias. Esa capacidad le proporciona una poderosa herramienta de negociación frente a España y la Unión Europea.

El precedente de 2021 demostró que la migración puede ser utilizada como respuesta a un conflicto diplomático. En la crisis actual no existen todavía pruebas concluyentes de una operación semejante. España afirma que Marruecos colabora para detener nuevas salidas y facilitar retornos. Sin embargo, debe esclarecerse cómo pudo producirse un movimiento de tal magnitud y si existió una relajación deliberada de los controles.

Pedro Sánchez (izq), reunido con el rey Mohamed VI de Marruecos en el Palacio Real de Rabat | Efe

Si las personas fueron utilizadas para presionar a España, no estaríamos ante una simple crisis fronteriza, sino ante una grave degradación política. No se habrían empleado armas, sino jóvenes sin futuro, familias empobrecidas y menores convencidos de que al otro lado comenzaba una vida posible. Cuando un Estado convierte el sufrimiento en moneda diplomática, la frontera deja de proteger y empieza a devorar. Ninguna razón de Estado autoriza a utilizar seres humanos como munición.

No hay que elegir entre los ceutíes y quienes llegaron nadando. Ambos merecen seguridad y ambos pueden ser utilizados

El Sáhara y el nuevo poder marroquí

Detrás de Ceuta reaparece el Sáhara Occidental. Marruecos ha convertido el reconocimiento de su soberanía sobre ese territorio en una prioridad. El respaldo de Estados Unidos, el reconocimiento israelí y la cooperación militar y tecnológica entre Rabat y Tel Aviv han fortalecido su posición frente a Argelia, el Frente Polisario y España.

No existen pruebas de que Estados Unidos o Israel hayan intervenido directamente en lo ocurrido. Afirmarlo sería sustituir el análisis por la especulación. Pero esas alianzas han modificado el equilibrio regional. Marruecos se sabe respaldado, necesario para el control migratorio y difícilmente sustituible como socio occidental.

España necesita cooperar con Rabat, pero no puede confundir cooperación con dependencia. La paz no se construye pagando silencios, ignorando abusos o aceptando que los más débiles sean utilizados para alcanzar objetivos territoriales. Una diplomacia sin verdad puede aplazar el conflicto, pero prepara la siguiente crisis.

España: autoridad y protección

El Gobierno español tenía la obligación de recuperar el control, proteger a la población ceutí y evitar nuevas muertes. Defender la frontera, mantener el orden y garantizar la convivencia son responsabilidades legítimas. También lo son rescatar a quien se ahoga, atender a los heridos, identificar a los menores, examinar cada situación y evitar devoluciones colectivas.

Contraponer ambas obligaciones es una trampa. Defender los derechos humanos no significa renunciar al control fronterizo; proteger la frontera no autoriza a suspender la dignidad humana. La autoridad que necesita humillar para hacerse obedecer demuestra su debilidad, no su fortaleza.

Banderas de España y Marruecos

España debe combatir a las redes de tráfico, exigir a Marruecos una cooperación verificable y realizar los retornos legalmente procedentes. Pero una multitud no es una masa sin rostro. Está formada por personas con historias, edades y necesidades diferentes. Tambiéndebe protegerse a Ceuta: sus habitantes no pueden soportar solos una responsabilidad española y europea. La solidaridad debe alcanzar a quien llega y a quien recibe.

Italia y la prioridad nacional

Italia ha utilizado la crisis para reforzar controles sobre personas procedentes de España. La medida posee un alcance práctico limitado, pero un gran valor simbólico: cada nación se presenta como una fortaleza que debe defenderse incluso de sus socios europeos. España reclama solidaridad por custodiar una frontera exterior; Italia responde levantando otra frontera frente a España.

Este escenario favorece las políticas de «los nuestros primero». Su fuerza se alimenta de problemas reales: servicios saturados, falta de vivienda, precariedad y barrios abandonados. Negar esas dificultades entrega el descontento a quienes convierten al extranjero en culpable.

Cuando 'primero los nuestros' termina significando 'los otros no cuentan', la patria se convierte en ídolo y la política en una administración del descarte

Un Gobierno tiene obligaciones especiales hacia sus ciudadanos. Pero esta prioridad de responsabilidad no puede transformarse en un privilegio excluyente. Cuando «primero los nuestros» termina significando «los otros no cuentan», la patria se convierte en ídolo y la política en una administración del descarte. La acogida exige distribuir sus costes, fortalecer los servicios públicos y evitar que los últimos compitan contra los recién llegados.

Lo que ve el Evangelio

El Evangelio no contiene un reglamento de fronteras ni determina cuántas personas puede acoger una ciudad. No sustituye al Gobierno, a los jueces o a la policía. Pero proclamaun límite que ningún poder puede traspasar: una persona no puede ser reducida a instrumento, amenaza o residuo.

La fe cristiana reconoce la legitimidad de la autoridad, el deber de cuidar la propia comunidad y la necesidad del orden. Pero niega que la soberanía nacional sea absoluta. Cuando una nación necesita negar la humanidad del otro para afirmarse, ya no se está protegiendo: se está desfigurando.

No hay que elegir entre los ceutíes y quienes llegaron nadando. Ambos merecen seguridad y ambos pueden ser utilizados: los migrantes como piezas de presión diplomática; los habitantes de Ceuta como decorado de campañas nacionalistas. La voz cristiana debe denunciar las dos manipulaciones y compartir concretamente las cargas de la acogida.

Frontera francoespañola

El Evangelio no suprime las fronteras, pero impide divinizarlas. Reconoce la autoridad, pero no permite que se vuelva absoluta. Cuando una frontera se convierte en arma, la tarea profética consiste en desarmarla: exigir verdad a los gobiernos, devolver a cada persona su rostro y gritar que ninguna bandera queda a salvo cuando necesita cubrir con ella el cuerpo de quienes ha dejado morir. Una nación solo se protege legítimamente cuando no niega la humanidad de quienes están al otro lado.

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