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La huella de Diego (Sancho) en el bar el Quijote

Silencio por Diego en el barrio de la estación de Badajoz

El bar de Diego, el Quijote. Un bar sencillo de barrio. Un hombre que lo regentaba, lleno de humanismo, nudo y red de encuentro y cercanía, de familiaridad. Un lugar de comunidad humana y de rasgos evangélicos, un templo de fuera, que llevaba la procesión por dentro. Un barrio donde la gente todavía se reconoce y se nombra, se encuentran y se sienten vecinos. Los que vienen de otros lugares de la ciudad también lo sienten así. Hasta al Cristo de la cofradía le llaman el Cristo de la estación. Hoy hemos querido recordar a Diego, a luz de ese Jesús Nazareno, a él como el amigo del Quijote, también de la estación. Desde su muerte una oración sincera, confiada y esperanzada. Una llamada a seguir cuidando de nuestras relaciones, de nuestro barrio, todos llamados a construir un verdadero "nosotros", para que nunca nos venza la soledad y el anonimato indiferente. La historia de esta persona, como la de todas, es única y sacramental, no podemos enterrarla sino celebrarla y recordarla.

Diego del Quijote | Santi Moran

La huella de Sancho (Diego) en el bar el Quijote

Amigo recordado

Hace unos días en el templo de la parroquia de San Fernando, en la barriada de la estación de Badajoz nos reuníamos un colectivo muy diverso. Por una parte, estaba la directiva de la hermandad del Cristo de la Angustia y su Madre de la Misericordia, comenzando el triduo que prepara para las celebraciones próximas y su desfile procesional. Por otra, una comunidad “sui generis”, en torno al fallecimiento de Diego que regentaba el bar el Quijote en una esquina del barrio, en la que vivo. Allí estaban su hermana, sus primos, su pareja, acompañados por otros familiares, algunos venidos de fuera, de su pueblo de origen Valdelacalzada, y otro grupo que lo formábamos clientes y amigos del finado, algunos de otras zonas de la ciudad que se habían enterado y no querían faltar a este evento. Había convocado yo, junto a tres o cuatro cercanos del lugar, a través de los medios. No queríamos que la muerte de esta persona quedara en puro silencio, necesitábamos expresar lo que supone su ausencia y elaborar el duelo de su persona, sentíamos el deseo de unirnos y recordar juntos su historia y su ser, para agradecer y mostrar nuestros sentimientos de cariño y de dolor. Allí hicimos memoria y lectura creyente de lo que somos y vivimos, de lo que él ha sido para nosotros. La parroquia y el barrio, junto a su familia, unidos en el sentimiento de lo común, también el dolor.

Nos servía para reflexionar las propias imágenes de la hermandad. Allí esta Jesús de Nazaret crucificado junto a su madre, María, esa sencilla mujer de aquel pueblo. Es curioso como identifica a Jesús su lugar de relaciones y vivencias como es Nazaret, así también a su madre, a su familia, donde estaban sus paisanos y sus parientes.

El Cristo de la estación y su madre

Desde ahí contemplamos lo importante que es ser de un barrio, como la estación, estar en el barrio y hacer barrio. Por ello a esta imagen le llaman el Cristo de la estación, es su singularidad. La importancia de donde vivimos, nos relacionamos y nos entrelazamos como personas y como comunidad. Nos concienciamos que el templo es el espacio de la vida y de la relación cercana y fraterna.

Recordamos como hacía unos días, Diego, cerró su bar y pensaba ir con la familia, pero se sintió mal y pidió un taxi para ir al hospital, diciendo casi como presagio que se iba muriendo. No nos lo creíamos nadie, al irnos enterando poco a poco, estando ya él enterrado en su pueblo. Nos parecía imposible. Nos parábamos en la calle y nos hablábamos unos a otros, simplemente por saber que frecuentábamos su local. Curiosamente nos dolía y necesitábamos ponerles palabras a los sentimientos. En nuestras conversaciones lo hemos definido, recordado, sentido, nombrado, alabado, y sentido por lo que sabemos que ha trabajado en demasía y sin cuidarse mucho en su descanso y salud. Notábamos que algo de nosotros había muerto con él y esto nos unía. Por eso la idea de encontramos en su nombre en el barrio. No debemos dejar que las personas de nuestro entorno se vayan sin hacer memoria de sus vidas y sus historias concretas.

Dios y “nosotros”

Al recordarlo y querer leer en creyente intentaba yo aportar alguna idea que nos pudiera ayudar: Dios no hizo al hombre como ser solitario, sino social para formar un nosotros; no eligió a personas individuales sino a un pueblo para acompañarlo y quererlo, el propio Cristo crucificado que nos presidía murió queriendo instaurar una verdadera fraternidad entre los hombres, frente al odio, el rencor, la división, el enfrentamiento, buscando la hermandad verdadera. Su madre María colaboró con él para ese nosotros universal, desde lo más pequeño y normal como ayudar a unos novios en su boda.  La misma oración del Padre nuestro es comunitaria, la oración de la unidad.Este Dios tan comunitario, al darnos la vida, nos da una misión sencilla: saber poner el “ego” al servicio del “nosotros”. Estamos llamados a formar un nosotros lo más verdadero y amplio posible. Tenemos la responsabilidad y la grandeza de cuidar nuestra persona para llegar al mejor yo, la familia para estar unidos de verdad, la profesión para acercarnos a los demás, la parroquia para unirnos en la fe, el barrio para hacer de nuestro lugar social un verdadero espacio agradable y seguro, donde se viva en paz y en armonía, en posibilidades compartidas, en buen ambiente y con carácter alegre. Así es Dios, así es Cristo, así fue María, y así quiere que seamos nosotros, una misión bien sencilla y clara.

Oración desde la vida de Diego:

A la luz de esta mirada creyente veíamos que todo lo que hace comunidad y buena armonía en el barrio es de Dios, es de fe, es de la comunidad, porque genera confianza y esperanza en la gente. Y en este sentido nuestra oración a Dios desde la persona de Diego, su trabajo y establecimiento del bar se hacía agradecida:

“Señor hoy nos reunimos ante ti, recordando a nuestro amigo Diego, y su bar el Quijote. El ha sido el Sancho de un nosotros, aparentemente bruto, pero realmente entrañable y cercano. Reconocemos ante ti que su persona y su servicio han hecho de este bar un lugar de encuentro de muchas personas y él ha sabido ser nudo de relaciones de una red de confianza. En este espacio que el regentaba, por el que daba su vida, hemos descansado tras las jornadas de trabajo y nos hemos distendido en los fines de semanas y en las fiestas. Ha sabido crear un ambiente de confianza y de confidencias en libertad y en muchos casos ha sido ocasión de alegría y bienestar sacándonos de nuestras preocupaciones y dolores propios o ajenos. Para más de uno ha sido medicina frente a la soledad no querida y a los problemas personales y familiares, siempre buscando luz y sobre todo siendo compasivo sin juicios destructores. Mas de una vez hemos compartido y en lugar de comercio fue hogar familiar en fiestas y en fraternidad, con nuestras viandas y sus bebidas. Él ha recibido también, su vida estaba en este quehacer y ahí buscaba también mitigar su soledad y sus dolores. Muchas veces hemos querido que se tomara el trabajo con más descanso, más filosofía, que se cuidara más… pero era lo que le hacía sentirse bien y útil en los últimos años. Podemos decir, Señor, que, con sus riquezas y sus pobrezas, cuando ha llegado hasta ti tras su muerte, Tú le habrás preguntado como a todos que, si ha amado en la vida y se ha sentido amado, y estamos seguros de que su respuesta habrá sido abrirte su corazón tan herido y cansado y mostrarte una infinidad de nombres y de personas que hemos pasado por su vida, y que habrá puesto ante ti el rótulo inolvidable de “Restaurante el Quijote”. Tú le habrás sonreído y abrazado diciéndole: “Ven Diego a mi reino, porque has sido un gran Sancho de la vida y has construido un buen Nosotros”.

Hasta el cielo, Diego.

En el pan del altar pusimos su vida y sus trabajos, en la copa del vino pusimos toda la historia vivida y compartida en el bar el Quijote, toda la comunidad que allí estábamos como signo de su “nosotros”, familiar, vecinal y clientelar. Y pedimos a Dios a saber vivir y crear “hermandad”, junto a la cofradía, en nuestro barrio de la Estación y valorar todas las personas que desde sus familias y sus negocios aportan vida y comunidad en lo sencillo y diario de cada día. Cada vez que paso por este lugar, no puedo menos que recordar con cariño y orar con fe. Yo doy gracias por lo vivido en este local ahora cerrado y triste. Algo nuestro está ya en el cielo con él. Gracias a todos los que participaron en esta celebración de vida y esperanza en el recuerdo de este amigo y hermano. Un trabajador incansable y entregado.

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