Con María Luisa Berzosa en la dehesa extremeña
Alrededor de la mesa de la palabra y la vida. Sinodalidad
El domingo pasado tuve la oportunidad de compartir mesa y misa, además de diálogo profundo, con un grupo de laicos cristianos de Extremadura en una paraje único de la dehesa de esta tierra. Allí nos reunimos con el deseo de compartir un domingo de misericordia lleno de vida tocando la cruz desde el resucitado. Le pedí a Mabel del grupo de profesionales cristianos de Badajoz que nos relatara esta experiencia de encuentro y de celebración en torno al resucitado con el deseo del Espíritu que genera una iglesia sinodal e inclusiva, la de la comunión y la misericordia. Aquí os lo ofrezco.
ENCUENTRO CON MARÍA BERZOSA.
Creo que puedo calificar el encuentro del domingo 12 de mayo como un encuentro de esperanza.
Nos reuníamos un grupo de persona en un paraje incomparable. Y lo hacíamos convocados y alentados por Maricruz, nuestra cariñosa y carismática anfitriona. Todo estaba preparado para que pudiéramos conocer a María Luisa Berzosa, para que escucháramos sus experiencias sinodales y de acompañamiento, y conversáramos sobre esa Iglesia de y en los márgenes a la que nos invita la vida de Jesús y que nos recordó con insistencia nuestro querido papa Francisco.
Bordeando acequias y atravesando caminos, fuimos llegando en diferentes secuencias temporales. No éramos muchos, pero de diferentes lugares y grupos. Cuando entré en el cortijo donde iba a pasar el día, me sorprendió la presencia de María Luisa. Tengo que confesar que yo solo la conocía de oídas y me encontré con una mujer de apariencia frágil. Sólo tuve que cruzar una mirada con ella para darme cuenta de la fuerza interior que la sostenía desde el fondo de esos ojos tan azules.
Nos explicó que es jesuitina y que en un momento de su recorrido decidió dedicar sus esfuerzos al acompañamiento y a los ejercicios espirituales.
María Luisa ha sido y es testigo de una iglesia abierta y de acogida, alejada de la concepción hermética y casposa que la mayoría de nosotros tenemos -y no sin falta de razón en muchos casos- de la institución.
Compartió su experiencia de participación en el Sínodo de Jóvenes (2018), en el Comité de expertos. Sólo participaban siete mujeres.
También estuvo presente en el Sínodo de la Amazonía, donde el testimonio de los indígenas resultó impactante por su contenido (denuncia de desatenciones y situaciones de abuso y precariedad) y por sus maneras: destacaba María Luisa las formas pacíficas y suaves con las que los indígenas compartían las situaciones de dolor que estaban viviendo.
Y llegó el Sínodo de la Sinodalidad, en octubre de 2021. Entonces, las comisiones se nutren del trabajo previo hecho por particulares, diócesis, parroquias…
En este sínodo, la mujer tiene voz y voto. El papa Francisco abre el aula a los no obispos: hay lugar para todos los carismas. Es una asamblea del Pueblo de Dios, no sólo de obispos. Para sorpresa de todos, Francico no elabora ningún documento posterior, considera válido el elaborado por la asamblea. En los dos sínodos anteriores (Jóvenes y Amazonía) sí que lo había hecho.
Además, deja pautas hasta el año 2028. El papa León ha dicho que seguía el Sínodo: la continuidad está servida.
Las primeras manifestaciones del sínodo de la Sinodalidad han sido los jubileos, que han puesto una mirada muy especial en las periferias.
A lo largo de la interacción entre los que estábamos presentes, nos detuvimos especialmente en varios puntos, además de preguntar a María Luisa por su relación con el papa Francisco, que era cordial y cercana, siempre salpicada por el sentido del humor que caracterizaba a Francisco.
Respecto al lugar de la mujer en la Iglesia, María Luisa compartía con nosotros las dificultades para ser vistas, escuchadas, tenidas en cuenta; y los esfuerzos de Francisco por darles el lugar que corresponde. Hay aún muchas reticencias. Respecto al clericalismo, reflexionamos sobre la necesidad de formar al laicado -mayoritariamente femenino, no lo olvidemos- en tareas de corresponsabilidad. Es necesario que el clero deje de ser clerical y que el laicado se corresponsabilice. Es una labor que hay que fomentar desde las bases: en las parroquias y en los diferentes grupos.
También pusimos nuestra mirada sobre la situación de la comunidad LGTBI+. Nos decía María Luisa que la entrada por la Puerta Santa de la Basílica de San Pedro en septiembre del 25 fue un hito, símbolo de un paso inédito hacia la inclusión y visibilidad dentro de la Iglesia Católica del colectivo. María Luisa insistió mucho en la necesidad de cuidar el tono para que el mensaje sea el protagonista (nos centramos en lo relacionado a las reivindicaciones del colectivo, pero es aplicable a todo aquello que queramos cambiar). Nos informó de que hay diócesis en las que existe la pastoral de la comunidad LGTBI+, sobre todo en Italia y Méjico. Nos enteramos de la existencia de grupos pequeños que se reúnen en alguna parroquia de Badajoz y Cáceres y debatimos sobre la necesidad de cambiar nuestra óptica. No sólo en la acogida a las personas del colectivo, sino a todo tipo de persona. Acoger y acompañar a la persona, sin etiqueta; respetando su proceso. Es necesario que la Iglesia siga el camino de la misericordia que marcó Jesús de Nazaré. Somos diferentes, pero nos une lo esencial y eso es importante: ser y sentirse iguales en la diversidad. Al encuentro del domingo acudimos personas de diferentes procedencias y grupos. Algunas no nos habíamos visto nunca y se creó un ambiente de entendimiento y sintonía.
Iglesia somos todos por el sacramento del Bautismo. Si queremos ser iglesia, luchamos desde dentro, habitando las grietas para desde ahí irrumpir y dar fruto, para pasar de la periferia al centro. Con tono sosegado, con la paz y la libertad que nos da la fe elegida, ni impuesta ni heredada: ser y estar sin imposición.
Ciertamente existen resistencias, pero el camino lo tenemos que hacer todos. Ser de Jesús supone ser de su Iglesia, que no tiene por qué ser sólo de la jerarquía. Después del sínodo de la Amazonía, no se ha hecho conferencia episcopal, sino asamblea.
Tratamos también el tema de los jóvenes y está efusión pseudoespiritualista que los embarga y nos recomendó leer la nota doctrinal sobre el papel de las emociones de la CEE: Cor ad cor loquitor.
En definitiva, algo se va moviendo en la Iglesia y somo nosotros, las bases, quienes tenemos la corresponsabilidad del cambio. Siempre desde la paz, la escucha, el acogimiento y el respeto.
Gracias María Luisa por ser testigo de esperanza, de una Iglesia que cambia y se hace hermana. Gracias por irradiar paz y sosiego; humildad y fortaleza.
Gracias Maricruz por ser vehículo, por tu afán y tu tesón. Para que los puentes se construyan, se necesitan manos que los levanten y columnas que los sostengan.