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Los migrantes, piedras desechadas por los arquitectos de lo social y el mercado (Domingo XXVII)

En especial, la situación de los menores migrados no acompañados es una herida abierta en nuestra sociedad.

La piedra desechada de los mandatarios

Nos preguntamos en manos de quién está nuestro mundo actual y las respuestas nos ponen sobre aviso de algo que la Palabra hoy proclama con fuerza: hemos desechado lo fundamental, la piedra angular, y hemos construido sobre pasiones centradas en la riqueza y el poder que se asientan sobre la mentira, el dolor y la destrucción. Lo sufren los más pobres del mundo.

Como Iglesia, como creyentes, no podemos contribuir al discurso del odio, ni con nuestras palabras, ni con nuestros silencios, ni con nuestros móviles o redes sociales. Lo ha dicho el papa León XIV: «Jesús no es un muro que separa, sino una puerta que nos une […] las ideas pueden enloquecer y las palabras matar».

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DOMINGO XXVII DEL TIEMPO ORDINARIO

Mateo 21,33-43

En aquel tiempo dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo:

–Escuchad otra parábola: había un propietario que plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó en ella un lagar, construyó la casa del guarda, la arrendó a unos labradores y se marchó de viaje. Llegado el tiempo de la vendimia envió sus criados a los labradores para percibir los frutos que le correspondían. Pero los labradores, agarrando a los criados, apalearon a uno, mataron a otro y a otro lo apedrearon. Envió de nuevo otros criados, más que la primera vez, e hicieron con ellos lo mismo. Por último, les mandó a su hijo, diciéndose: «Tendrán respeto a mi hijo». Pero los labradores, al ver al hijo, dijeron:

«Este es el heredero: venid, lo matamos y nos quedamos con su herencia». Y, agarrándolo, lo empujaron fuera de la viña y lo mataron. Y ahora, cuando vuelva el dueño de la viña,

¿qué hará con aquellos labradores?

Le contestaron:

–Hará morir de mala muerte a esos malvados y arrendará la viña a otros labradores que le entreguen los frutos a sus tiempos.

Y Jesús les dice:

–¿No habéis leído nunca en la Escritura: «La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente»? Por eso os digo que se os quitará a vosotros el reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos.

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La voz de un pastor ante la xenofobia con los emigrantes

Tras contemplar este evangelio desde el descanso en mi pueblo natal, Granja de Torrehermosa, donde hoy una vecina me decía que en el pueblo estaban los mayores y las familias sudamericanas que están llegando. Leo con estupor las últimas noticias sobre los emigrantes y el clamor de dolor y escándalo ante lo que está ocurriendo. Me alegra leer en Ecclesia la voz de Xabier Gómez, dominico, que es obispo de Sant Feliu de Llobregat y responsable de Migraciones e Interculturalidad de la Conferencia Episcopal Tarraconense. Considero que ilumina en la actualidad el evangelio proclamado: «La piedra que desecharon los arquitectos».

Los recientes acontecimientos como la quema intencionada de una mezquita a punto de ser inaugurada en Piera (Barcelona) o la respuesta violenta de linchamiento orquestada tras una execrable agresión a un vecino de Torre Pacheco (Murcia), son motivo de profundo dolor, pero también de reflexión creyente. Como obispo y como ciudadano no puedo sino alzar la voz desde el Evangelio y la doctrina social de la Iglesia ante lo que no ha de pasar inadvertido: la creciente instrumentalización del dolor y el miedo a alimentar discursos que siembran división, odio y sospecha hacia personas migradas, muchas de las cuales han llegado a nuestras tierras buscando lo que todo ser humano anhela: dignidad, paz y oportunidades. Los datos sobre los beneficios económicos y sociales de la migración en España son incuestionables, y debido a nuestro lamentable invierno demográfico sabemos que necesitaremos más. Quien lo oculte o lo niegue sencillamente miente.

Basta de cinismo, de armar palabras y argumentos, de una cultura del enemigo entre adversarios políticos, entre vecinos o entre población precarizada. Basta de desconexión de muchos dirigentes respecto al fondo de los problemas reales, sean vinculados a algunos aspectos de la migración, como sobre el mucho más urgente problema del acceso a la vivienda y al trabajo digno para todos, todos.

Al paso que vamos, quizá algunos propongan solucionarlo deportando a quienes tienen más de una propiedad o a quien alquila el piso a extranjeros –la mayoría, turistas–, ah, que estos dejan dinero. Entonces, ¿cuál es el problema?, ¿extranjeros sí, pobres no? Pues vayamos a atajar lo que cronifica la pobreza y la desigualdad en nuestros barrios o territorios, pero rechacemos todo tipo de violencias o linchamientos. Lo dice alguien que sufrió bullying durante muchos años, y por eso no está dispuesto a ceder a esa cultura de matonismo verbal o físico en ningún ámbito.

Ni los actos delictivos de autóctonos o extranjeros ni las respuestas violentas surgen en el vacío. Para ambos casos existen las leyes. Pero en ningún caso deberían convertirse en coartada para alimentar la generalización injusta, que criminaliza a todo un colectivo por las acciones individuales de unos pocos. Es profundamente contrario al Evangelio reducir a la persona migrada a un «problema», un «peligro» o un «enemigo».

Detrás de lo que provoca estas tensiones hay un sistema de acogida que, en muchísimos casos, está fallando en su dimensión más humana e integral. En especial, la situación de los menores migrados no acompañados es una herida abierta en nuestra sociedad. Sin un acompañamiento integral para que puedan aprovechar el tiempo de protección o tutela del Estado, sin redes que les sostengan, sin caminos de integración, ¿no los empujamos a la marginalidad? Cáritas y las entidades de acogida de la Iglesia lo saben bien y lo viven cada día trabajando además sin afán de lucro: solo desde una atención integral, personalizada y comunitaria, con arraigo y esperanza, con leyes adecuadas, se dan las bases para la integración de las personas, se construyen puentes en lugar de muros.

Como Iglesia, como creyentes, no podemos contribuir al discurso del odio, ni con nuestras palabras, ni con nuestros silencios, ni con nuestros móviles o redes sociales. Lo ha dicho el papa León XIV: «Jesús no es un muro que separa, sino una puerta que nos une […] las ideas pueden enloquecer y las palabras matar».

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Y, agarrándolo, lo empujaron fuera de la viña y lo mataron

Sigamos con la reflexión de este pastor preocupado y profético:

Vivimos un tiempo preocupante, pero algunos quisieran que la percepción de peligro fuese aún mayor. Como en los años veinte del siglo pasado, se extiende una orquestada y globalizada manipulación político-social que convierte al extranjero pobre en chivo expiatorio, útil para cosechar votos al precio de romper la convivencia. Se miente o se exagera. Pero si todo ese colectivo de personas migradas trabajadoras, la mayoría ya bien integrada, pero sobre todo los que se ven obligados a trabajar desde la irregularidad para sobrevivir, pudieran permitirse hacer una huelga general, el país entero se paralizaría.

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Preguntémonos: ¿quién gana cuando se envenena la percepción colectiva y se alimenta el miedo? ¿A quién está beneficiando políticamente al pimpampum al migrante? Pues esos son parte de un grave problema social y democrático que responde a una estrategia de diseño de un modelo totalitario y de «limpieza social» favorecido por una masa de población, sobre todo la más joven, que consume acríticamente algoritmos y datos envenenados, pero no busca verdades. Y tienen derecho a la verdad.

Primero están yendo contra los migrantes, señalando los «aceptables» y los «inaceptables», en el fondo, los más pobres, luego serán otras minorías, luego todos los que discrepen de la visión que buscan imponer. ¿No se percibe esto ya en algunos países? Lo peor es que estas ideas están arrastrando y empiezan a arraigar entre cristianos. Ya lo decía san Juan Pablo II, «la cultura de la muerte ignora la santidad y la dignidad de cada vida», y tiene más propagandistas y altavoces poderosos que la cultura de la vida. En el compromiso que trabaja por la paz, evitemos idealizar, criminalizar y generalizar. Reflexionemos con calma, reclamemos ante desafíos estructurales, que son viables, soluciones no simplistas que sean acordes con la ley, la justicia, la paz desarmada y desarmante, la dignidad humana y el bien común. Alentar el matonismo o la imposición del más fuerte, ya sea de palabra, obra u omisión, nunca hace grande una sociedad ni a la persona, sino que la deshumaniza.

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Acordes encarnados:

La viña del Señor

67. LA VIÑA DEL SEÑOR | A. Calvo & P. Monty

Oh piedra desechada por los mandatarios,

tú serás la esquina de un mundo nuevo.

No es fábula, no es sombra, no es quimera:

son manos que alzan cosechas,

son voces que ensanchan escuelas,

son brazos que tejen banderas

donde el odio no tiene reino.

Que lo sepan los palacios y parlamentos:

de las lágrimas nacerá canto,

de los naufragios, puertos abiertos,

y del migrante despreciado

la piedra angular del mañana.

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El "no" que fue "si"... en la viña como colaboradores

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