No a la guerra
Los recientes ataques de Estados Unidos e Israel contra Irán han reabierto una herida profunda en la conciencia internacional.
Decir “no a la guerra” en este contexto no significa negar la complejidad de la situación iraní ni cerrar los ojos ante los problemas internos del país. Significa afirmar que ninguna dificultad política, ningún conflicto regional, ninguna disputa ideológica puede justificar la devastación que inevitablemente trae consigo la violencia militar.
El mundo vuelve a escuchar el mismo lenguaje que tantas veces ha precedido a las catástrofes: operaciones militares “preventivas”, bombardeos “selectivos”, acciones “necesarias para la seguridad”. Detrás de esas palabras se esconden siempre realidades mucho más concretas: ciudades destruidas, vidas humanas truncadas, pueblos enteros sometidos al miedo, enriquecimiento de gentes sin corazón por medio del sufrimiento de la mayoría.
Los recientes ataques de Estados Unidos e Israel contra Irán han reabierto una herida profunda en la conciencia internacional. Más allá de las explicaciones estratégicas o geopolíticas, lo que está en juego no es solo el destino de un país concreto, sino el sentido mismo de los principios que durante décadas han intentado proteger a la humanidad de la ley del más fuerte.
Decir “no a la guerra” en este contexto no significa negar la complejidad de la situación iraní ni cerrar los ojos ante los problemas internos del país. Significa afirmar que ninguna dificultad política, ningún conflicto regional, ninguna disputa ideológica puede justificar la devastación que inevitablemente trae consigo la violencia militar.
La voz antigua de los profetas: la justicia por encima del poder
Mucho antes de que existieran las instituciones modernas del derecho internacional, una tradición moral ya había formulado una crítica profunda a la lógica de la violencia. En los textos de los profetas bíblicos encontramos una de las reflexiones más radicales del mundo antiguo sobre el poder, la guerra y la justicia.
Isaías imaginó un horizonte en el que las naciones transformarían sus espadas en arados y sus lanzas en herramientas de cultivo. En un mundo dominado por imperios militares, aquella visión era profundamente subversiva: la guerra no era el destino inevitable de la humanidad, sino una desviación del camino de la justicia.
Jeremías, por su parte, denunció con dureza la ilusión de seguridad construida sobre la fuerza y la retórica política que promete paz mientras oculta la violencia real. Su famosa advertencia —“dicen paz, paz, cuando no hay paz”— resuena hoy con una inquietante actualidad cuando las guerras se presentan como instrumentos de estabilidad.
Ezequiel llevó la reflexión aún más lejos al situar el problema de la violencia en el corazón humano. La transformación de la historia, decía el profeta, requiere un corazón nuevo y un espíritu nuevo. La justicia no busca destruir al adversario, sino convertirlo para que viva.
En esta tradición profética aparece una intuición ética fundamental: ninguna nación puede reclamar superioridad moral automática, y el poder nunca legitima la violencia.
Thomas Merton y la crítica moderna de la guerra
Siglos después, en plena Guerra Fría, el monje trapense Thomas Merton retomó esa intuición profética y la aplicó al mundo contemporáneo.
Merton comprendió que la violencia moderna no es solo un fenómeno militar. Es también una construcción cultural que permite a las sociedades justificar su propia agresión mientras demonizan al enemigo. Las naciones hablan en nombre de la paz mientras se preparan para la destrucción masiva.
Para Merton, este autoengaño moral constituye uno de los mayores peligros de la modernidad. La guerra se presenta como inevitable, como necesaria o incluso como moralmente justificable. Pero esa narrativa oculta una verdad mucho más sencilla: cada bomba que cae sobre una ciudad destruye también un fragmento de la humanidad.
La agresión contra Irán reproduce exactamente esta lógica. Se habla de seguridad regional, de prevención o de estabilidad, pero las consecuencias reales recaen siempre sobre las poblaciones civiles.
La historia reciente ofrece ejemplos demasiado claros de este mecanismo. Intervenciones militares presentadas como liberadoras han terminado en devastación prolongada en lugares como Irak, Libia o Afganistán. Las promesas de orden y democracia se transformaron en Estados frágiles, conflictos interminables y generaciones marcadas por la violencia.
Irán y la realidad de los derechos humanos
Reconocer esta crítica a la guerra no implica ignorar la realidad interna de Irán.
El país vive desde hace años tensiones políticas profundas y una situación preocupante en materia de derechos humanos. Las protestas sociales han sido respondidas con represión, detenciones masivas y restricciones severas a las libertades civiles. Las mujeres iraníes, en particular, han protagonizado movilizaciones valientes reclamando autonomía, igualdad y dignidad frente a estructuras legales que limitan su libertad personal.
Estas reivindicaciones merecen la solidaridad del mundo. La defensa de los derechos humanos no puede ser selectiva ni instrumental. Pero precisamente por respeto a esas luchas internas es necesario afirmar con claridad que la guerra no es el camino para liberar a un pueblo.
La historia demuestra que las intervenciones militares externas rara vez fortalecen a las sociedades civiles que buscan cambios democráticos. Con frecuencia producen el efecto contrario: refuerzan los sectores más autoritarios, radicalizan los conflictos internos y convierten a la población en víctima de una doble violencia.
Los cambios políticos duraderos nacen desde dentro de las sociedades, aunque necesiten el acompañamiento crítico y solidario de la comunidad internacional.
Pensar la violencia en el mundo contemporáneo
Frantz Fanon analizó con gran lucidez la violencia del colonialismo y sus efectos psicológicos y sociales sobre los pueblos dominados. Su obra permitió comprender cómo la dominación imperial produce estructuras profundas de deshumanización.
Hannah Arendt señaló que la violencia puede destruir un régimen, pero no puede crear un orden político legítimo. El verdadero poder, decía, surge cuando las personas actúan juntas y construyen instituciones comunes.
Judith Butler ha profundizado en esta reflexión mostrando cómo las guerras contemporáneas se apoyan en jerarquías implícitas que determinan qué vidas son consideradas valiosas y cuáles pueden sacrificarse. La deshumanización del enemigo se convierte así en condición previa para justificar la violencia.
Otros autores, como David Graeber, han recordado que muchas transformaciones históricas profundas no surgieron de la guerra, sino de formas de desobediencia civil, organización social y retirada masiva de cooperación frente a sistemas injustos.
Incluso Slavoj Žižek ha advertido del peligro de entender la violencia como una explosión sin proyecto político posterior: destruir instituciones es más fácil que construir alternativas justas.
Estas reflexiones, aunque diversas, convergen en una idea común: la violencia raramente produce sociedades más libres o más justas.
El peligro de la normalización imperial
La agresión militar contra Irán plantea además un problema más amplio para la comunidad internacional.
Cuando una potencia militar o una alianza de Estados decide atacar a otro país al margen de los marcos del derecho internacional, no solo se produce un daño inmediato sobre la población afectada. También se debilitan los principios que intentan limitar la violencia entre naciones.
La soberanía de los pueblos, la prohibición del uso de la fuerza y la resolución pacífica de los conflictos fueron construidas tras las tragedias del siglo XX precisamente para evitar que el mundo volviera a regirse por la lógica imperial.
Si esas normas se erosionan, ninguna nación queda verdaderamente protegida.
La guerra deja de ser una excepción trágica para convertirse de nuevo en un instrumento ordinario de la política internacional.
El papel de los medios y la construcción del relato
En este contexto, resulta preocupante el papel que desempeñan algunos grandes medios de comunicación internacionales.
Cuando las guerras se presentan como “operaciones quirúrgicas”, cuando las víctimas civiles se convierten en daños colaterales y cuando el sufrimiento humano queda diluido en el lenguaje técnico de la estrategia militar, se produce una forma de violencia simbólica que prepara a las sociedades para aceptar lo inaceptable.
Sin un periodismo crítico, plural y éticamente comprometido, la ciudadanía pierde herramientas fundamentales para comprender la realidad y cuestionar las narrativas oficiales que normalizan la guerra.
Una ética de la no violencia
Frente a este panorama, la tradición profética, la reflexión espiritual de Merton y el pensamiento crítico contemporáneo convergen en una misma intuición ética.
La paz no es pasividad ni ingenuidad. Es una forma activa de resistencia frente a la lógica de la destrucción. Decir “no a la guerra contra Irán” no significa ignorar las injusticias internas del país. Significa afirmar que la defensa de los derechos humanos no puede construirse sobre bombardeos, ocupaciones militares o imposiciones imperiales.
Significa también reconocer que la verdadera transformación política requiere tiempo, diálogo, organización social y apoyo internacional basado en el respeto a la autodeterminación de los pueblos.
La espiritualidad auténtica —sea religiosa o humanista— no puede bendecir guerras ni legitimar la humillación de pueblos enteros. Cada vida humana posee una dignidad irreductible que ninguna razón estratégica puede anular.
Cuando una bomba cae sobre una ciudad, no solo mueren personas concretas. Se hiere a toda la humanidad.
Por eso, en medio del ruido de las armas, sigue siendo necesario repetir una verdad simple y profundamente revolucionaria:
no a la guerra.
sí a la justicia.
sí a la dignidad de todos los pueblos.