Los riesgos de una espiritualidad no-dual y posteísta, monista e idealista: la alteridad, el silencio y la liberación
En las últimas décadas, diversas corrientes de espiritualidad denominada no-dual y posteísta han ganado una notable difusión
No toda espiritualidad no-dual es inocua ni toda apelación a la renovación no teísta del lenguaje religioso resulta compatible con una ética de la justicia, de la liberación y del reconocimiento del otro.
En las últimas décadas, diversas corrientes de espiritualidad denominada no-dual y posteísta han ganado una notable difusión en contextos cristianos, poscristianos y laicos.
Inspirados en muchos casos en tradiciones orientales o en corrientes de la modernidad, reinterpretadas en clave psicológica o filosóficamente idealista, estas propuestas suelen presentarse como un camino de profundidad, pacificación interior y superación de los conflictos y contradicciones que atraviesan a las religiones y a la modernidad. Sin embargo, no toda espiritualidad no-dual es inocua ni toda apelación a la renovación no teísta del lenguaje religioso resulta compatible con una ética de la justicia, de la liberación y del reconocimiento del otro.
No-dualidad: entre mística y monismo
Conviene comenzar con una distinción fundamental. La no-dualidad, entendida en sentido amplio, no equivale necesariamente al monismo. En la tradición cristiana encontramos expresiones no-duales que no suprimen la diferencia: la inhabitación trinitaria, la mística de la unión sin confusión en san Juan de la Cruz, o la célebre fórmula de Calcedonia —“sin confusión, sin división y sin separación”— aplicada a la cristología. Aquí la unidad no anula la diferencia, sino que la sostiene.
El problema aparece cuando la no-dualidad se convierte en monismo metafísico o en idealismo espiritual: cuando todo queda reducido a una única sustancia, conciencia o energía, y las diferencias —entre yo y tú, entre víctima y verdugo, entre opresor y oprimido— son interpretadas como meras apariencias, ilusiones o construcciones mentales. En este marco, el mal deja de ser una realidad histórica y estructural para convertirse en un error de percepción; la injusticia se disuelve en una narrativa de ignorancia; el conflicto es visto como un fallo de conciencia y no como una relación social concreta.
Esta deriva no es solo un problema teórico. Tiene consecuencias éticas y políticas profundas. Una espiritualidad que niega la realidad fuerte de la alteridad termina por desactivar la responsabilidad ante el sufrimiento ajeno.
Totalidad e infinito: Levinas contra la absorción del otro
Emmanuel Levinas formuló una de las críticas más radicales al pensamiento occidental cuando señaló su tendencia a reducir al otro a lo mismo. En Totalidad e infinito, Levinas denuncia la lógica de la totalidad: un modo de pensar que integra, explica y absorbe toda alteridad dentro de un sistema cerrado de sentido. En la totalidad, el otro deja de ser otro; se convierte en un momento del yo, de la conciencia o del ser.
Frente a esta lógica, Levinas propone la categoría de infinito. El infinito no es una cantidad mayor ni una unidad superior, sino aquello que desborda toda apropiación, es otredad irreductible. El rostro del otro —especialmente del otro vulnerable— se presenta como infinito porque no puede ser poseído ni reducido a proyección, no puede ser negada su alteridad. Así con su sola presencia nos interpela éticamente para que lo cuidemos y respetemos.
Aplicada al ámbito espiritual, esta crítica resulta incisiva. Una espiritualidad monista que afirma que “todo es uno” corre el riesgo de neutralizar el escándalo del rostro del otro. Si el otro soy yo mismo en otro nivel de conciencia, entonces la exigencia ética se debilita. El sufrimiento del otro puede ser reinterpretado como parte del proceso, como una manifestación momentánea y necesaria del Uno, o incluso como una ilusión que desaparecerá al despertar. De este modo, se puede anestesiar la indignación y la protesta contra la injusticia y el abuso.
Levinas nos obliga a mantener la asimetría irreductible: el otro no es un reflejo de mí ni una modalidad de la conciencia. Es alguien real que me desinstala y me reclama: no me mates, cuídame.
Dussel: pensar desde la exterioridad del pobre
Enrique Dussel retoma y radicaliza esta crítica desde la filosofía y la teología de la liberación. También para Dussel, el gran pecado del pensamiento moderno —y también de muchas espiritualidades— es confundir totalidad e infinito. Cuando una realidad, llámese capitalismo, modernidad, ciencia o conciencia se presenta como lo único real, todo lo que queda fuera de esa supuesta única realidad es negado, invisibilizado o sacrificado.
Frente a la dictadura del Uno, la filosofía de la liberación propone pensar desde la exterioridad: desde aquellos que no cuentan, los expulsados del sistema, las víctimas. El pobre no es un mero fenómeno de la conciencia, ni un mero momento pasajero en el proceso del desarrollo, sino una alteridad histórica concreta que revela la injusticia de la totalidad. Pensar desde el pobre implica dejarse interrumpir por una realidad que no encaja en el discurso totalitario de la unidad.
Una espiritualidad no-dual de corte idealista y monista puede convertirse, sin pretenderlo, en aliada del totalitarismo. Al afirmar que la realidad última es una conciencia una, se corre el riesgo de absolutizar el orden existente: si todo es manifestación del Uno, también lo es el mercado, el patriarcado, el colonialismo o la devastación ecológica. La crítica estructural se diluye en una aceptación espiritualizada del mundo tal como es.
La liberación comienza con un gesto negativo: decir “no” a la opresión. Pero ese “no” solo es posible si reconocemos la alteridad real del oprimido, no como ilusión, sino como herida histórica.
Un posteísmo que asume la modernidad de forma acrítica
Las espiritualidades posteístas pueden ser otra forma de modernidad colonialista. De hecho, como señala Queiruga, no pocas veces, el discurso posteísta se considera el único valido y presenta a los lenguajes religiosos teístas como inaceptables e inválidos, haciendo una caricatura de la complejidad de las opciones teístas que pueden ser perfectamente válidas y legítimas, presentándolas siempre como poco evolucionadas o incompatibles con la ciencia, tal como la entiende occidente claro. Se percibe ahí, como puede invadir determinados discursos no teístas, el sesgo propio de la colonialidad del saber, al asumir la modernidad sin cuestionarla.
Determinadas espiritualidades contemporáneas, buscando renovar ideas religiosas obsoletas, asumen el paradigma de la modernidad y la ciencia de modo acrítico, y bajo un lenguaje de profundidad y conciencia, terminan absolutizando los sesgos eurocéntricos y coloniales de la epistemología de la modernidad, como único criterio válido para el discurso religioso o espiritual.
No se trata de negar el valor de la renovación del lenguaje religioso, sino de denunciar una renovación del lenguaje religioso que no surja de escuchar el clamor de las víctimas de la modernidad.
El discurso posteísta y no-dual solo será legítimo si pasa por la mediación de la alteridad, por la asunción de una ecología de saberes y por la escucha de los pobres y las víctimas. No hay unidad auténtica sin justicia; no hay despertar espiritual que pueda ignorar la desigualdad estructural.
El silencio: don espiritual o peligro político
El silencio ocupa un lugar central en muchas tradiciones espirituales, y con razón. El silencio puede abrir espacios de escucha, desactivar el ruido del ego, permitir una experiencia más honda de la realidad y de Dios. En un mundo saturado de estímulos, el silencio es un acto contracultural.
Sin embargo, también aquí se impone el discernimiento. Existe un silencio que es fecundo y un silencio que es cómplice. Todas las tradiciones espirituales hablan de la necesidad del discernimiento y de una toma de postura ética antes de la práctica de la contemplación o la meditación. Meditar sin hacer un discernimiento ético y político previo, es un camino estupendo para el adormecimiento de la conciencia. Hoy los ricos y poderosos han incluido la meditación como práctica saludable sin hacer ningún tipo de replanteamiento ético que cuestione su privilegio.
El silencio espiritual puede convertirse en una coartada para no tomar posición, para no nombrar la injusticia, para no incomodar al poder. Cuando el silencio se absolutiza, corre el riesgo de convertirse en negación de la palabra del otro.
Desde la tradición profética bíblica, el silencio nunca es el último gesto. El profeta escucha, pero luego habla; contempla, pero luego denuncia. Una espiritualidad que sacraliza el silencio sin articularlo con la palabra crítica termina por desactivar su potencial liberador. Es un mero medio más al servicio del sistema. No es raro ver hoy cómo grupos que promueven el silencio como carisma se extienden entre las clases acomodadas de la sociedad, privadas de una conciencia crítica de sus privilegios, sin cuestionar en absoluto esa situación.
Idealismo y desactivación de la liberación
El idealismo, entendido como la primacía de la conciencia sobre la realidad material e histórica, ha sido una tentación recurrente en la historia del pensamiento religioso y espiritual. En clave espiritual, el idealismo afirma que el cambio fundamental ocurre en la mente; lo demás vendrá por añadidura.
Pero la experiencia histórica de los pueblos oprimidos muestra lo contrario: sin transformación de las estructuras, la conversión de la conciencia resulta insuficiente. Una espiritualidad idealista puede ponerse al servicio de los privilegiados, generando personas anestesiadas que se aprovechan o sostienen y viven en sistemas violentos sin cuestionarlos.
La liberación exige conflicto, toma de partido, exposición al riesgo. No todo puede resolverse en la interioridad. La meditación no lleva a la compasión ética y política por sí sola. Como recuerda Dussel, la ética comienza cuando el grito del otro interrumpe mi armonía. Y, habría que añadir, siempre que no intente tapar el sano malestar que produce ese grito, meditando.
Hacia una espiritualidad no-dual de liberación
La crítica desarrollada hasta aquí no pretende clausurar la posibilidad de una espiritualidad no-dual o posteísta, sino todo lo contrario: busca abrirla a una forma más exigente, menos totalitaria, más encarnada y liberadora.
Frente a la no-dualidad o el posteísmo monista e idealista, es posible —y necesario— pensar una no-dualidad y un posteísmo humildes, críticos, atravesados por la alteridad, una espiritualidad de la unidad que no anule la diferencia, sino que la asuma como lugar teológico y ético.
Una espiritualidad no-dual de liberación parte de una intuición fundamental: la unidad no es originariamente fusión, sino relación. No se trata de disolver las diferencias en un Uno indiferenciado, sino de reconocer que la realidad es relacional hasta el fondo. En términos cristianos, la referencia trinitaria resulta aquí decisiva: Dios no es soledad absoluta ni sustancia monolítica, sino comunión de personas distintas. La unidad no elimina la diferencia; solo es posible en la diferencia.
Desde esta perspectiva, la no-dualidad no se vive como superación del conflicto, sino como su atravesamiento ética y políticamente responsable. La contradicción, el dolor y la injusticia no son simples ilusiones de la mente, sino heridas reales que exigen una respuesta histórica. La experiencia espiritual no consiste en situarse “más allá” del mundo, sino en habitarlo de otro modo, desde una conciencia que no separa interioridad y praxis política.
Una no-dualidad liberadora reconoce, con Levinas, que el rostro del otro es irreductible y que su interpelación ética precede a toda experiencia de unidad. Y reconoce, con Dussel, que ese rostro tiene hoy un nombre histórico: el pobre, la víctima, el descartado. No hay experiencia no-dual auténtica que no pase por la exterioridad del oprimido. La unidad no se alcanza negando la alteridad, sino dejándose herir por ella.
En este marco, el silencio recupera su sentido más profundo. No es un silencio evasivo ni neutralizador, sino un silencio preñado de escucha del pobre. Se calla para oír el clamor de los que no tienen voz; se aquieta la propia interioridad para que resuene la palabra del otro. Este silencio no sustituye a la palabra profética, sino que la prepara y la purifica. Es un silencio que desemboca en palabra comprometida y en acción transformadora.
Una espiritualidad no-dual de liberación rompe con el idealismo sin caer en un materialismo reductivo. Reconoce la dimensión de la conciencia, y la importancia de la meditación, pero no la absolutiza. La transformación interior es necesaria, pero insuficiente si no se traduce en prácticas colectivas, en opciones políticas, en luchas concretas por la justicia. La no-dualidad, aquí, no significa que “todo está bien tal como está”, sino que mi vida está inseparablemente unida a la vida del otro.
Podríamos decir que esta espiritualidad no-dual no comienza afirmando “todo es uno”, sino confesando: “no puedo ser sin el otro”. La unidad no es un punto de partida metafísico, sino una tarea histórica. Se construye en medio de la conflictividad, del riesgo y de la esperanza.
La crítica a una espiritualidad posteísta y no-dual monista e idealista no implica rechazar la no-dualidad, ni la legitimidad de un lenguaje no teísta, ni la experiencia mística. Implica, más bien, rescatar una espiritualidad mística y contemplativa que no confunda unidad con homogeneización, renovación teológica con modernización acrítica y colonial, silencio con indiferencia, conciencia con justicia.
Pensar desde la alteridad —desde el rostro del otro, desde el pobre, desde la víctima— es el antídoto contra toda espiritualidad totalizante. Pero ir más allá de la crítica exige también imaginar y practicar una no-dualidad liberadora y un posteísmo, capaz de integrar renovación teológica, profundidad espiritual y compromiso histórico.
Solo una espiritualidad que mantenga abierta la herida de la alteridad de las víctimas de la modernidad, que no cierre prematuramente el conflicto en nombre de la unidad, y que asuma la liberación como criterio de verdad espiritual, puede contribuir hoy a una fe adulta, encarnada y políticamente responsable. Todo lo demás, por elevado que suene, corre el riesgo de ser una forma refinada —y peligrosa— de olvido del otro, otro artificio al servicio del sistema.