“Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijas e hijos de Dios” (Mt 5,9)"
Derechos humanos, paz y espiritualidad frente a la agresión imperial: Venezuela y el riesgo para toda la humanidad
“Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijas e hijos de Dios” (Mt 5,9)"
No acaba sino de comenzar el año y ya el mal vuelve a actuar con desfachatez en el mundo. Desde ayer, Venezuela vuelve a ocupar el centro de una tormenta geopolítica que desborda sus fronteras.
Los hechos ocurridos el 3 de enero —una agresión militar directa de los Estados Unidos contra territorio venezolano, acompañada del secuestro de Maduro y su esposa, el asesinato de personas y ataques a infraestructuras— han sido denunciados por amplios sectores académicos, sociales y políticos como una acción injustificada y contraria al derecho internacional. Más allá de las diferencias políticas internas venezolanas, estamos ante un acontecimiento que interpela de lleno a los derechos humanos, la paz mundial y la ética de nuestro tiempo.
Venezuela: una situación compleja que no justifica la guerra
Desde una perspectiva honesta de los derechos humanos, es imprescindible reconocer que Venezuela atraviesa una situación política, social y económica profundamente problemática. Existen faltas de respeto a los derechos humanos, tensiones institucionales, conflictos políticos no resueltos, una agresión externa del imperialismo desde hace años y un sufrimiento real de amplios sectores de la población. Negar estas dificultades no ayuda al pueblo venezolano ni contribuye a soluciones duraderas.
Sin embargo, ninguna de estas realidades puede ser utilizada como excusa para una agresión militar externa. El derecho internacional es claro: los problemas internos de un país deben resolverse mediante el diálogo político, los mecanismos democráticos y la cooperación internacional, no mediante bombardeos, secuestros de autoridades o imposiciones por la fuerza. Cuando una potencia imperialista, como los Estados Unidos, decide intervenir militarmente, no lo hace para proteger derechos humanos, sino para imponer de modo inhumano sus intereses estratégicos, económicos y geopolíticos.
La historia reciente lo demuestra con crudeza: Irak, Libia, Afganistán y Siria son ejemplos de cómo estas intervenciones militares terminan multiplicando el sufrimiento, destruyendo Estados y dejando a los pueblos en condiciones peores que las iniciales.
Una agresión que pone en riesgo a toda la comunidad internacional
La agresión contra Venezuela no es solo un ataque a un país concreto: es un precedente extremadamente peligroso y una amenaza para toda la comunidad internacional. Si se normaliza que una potencia militar pueda atacar, secuestrar dirigentes y decidir el futuro de un pueblo sin el aval de los organismos internacionales, ninguna nación está a salvo.
Desde la ética de los derechos humanos, esto supone una regresión histórica. Se debilitan principios fundamentales como la soberanía, la autodeterminación de los pueblos y la prohibición del uso de la fuerza, pilares construidos tras la Segunda Guerra Mundial para evitar que la humanidad repitiera sus peores tragedias.
Espiritualidad y paz: una voz necesaria
Desde una espiritualidad comprometida hay que señalar que la paz no es un concepto abstracto ni una consigna ingenua. La paz es una exigencia ética radical que implica justicia, verdad y respeto entre los pueblos. No puede construirse sobre la humillación, el saqueo de los recursos, el castigo colectivo ni la ley del más fuerte.
Toda espiritualidad auténtica reconoce que la vida humana es sagrada, también la vida del pueblo venezolano. Por eso, no puede bendecir guerras “preventivas”, ni justificar agresiones militares en nombre de una supuesta democracia impuesta a sangre y fuego.
El papel preocupante de ciertos medios de comunicación
A esta agresión se suma un elemento especialmente grave: el papel de una parte de los grandes medios de comunicación internacionales, en manos de los poderes fácticos, que han minimizado, justificado o maquillado la acción militar. Al hablar de “operaciones quirúrgicas”, “acciones necesarias” o “restauración del orden”, se invisibiliza el sufrimiento y se construye un relato que normaliza la guerra. También algunos medios propiedad de la jerarquía eclesial están colaborando en el blanqueamiento de la guerra y la agresión imperialista, poniéndose del lado del poder y del abuso, pisoteando el Evangelio y a los pobres.
La manipulación informativa es también una forma de violencia. Sin un periodismo crítico, plural y ético, la ciudadanía queda desarmada frente a discursos que convierten la agresión en espectáculo y el dolor en daño colateral.
Un llamado urgente
Hoy, desde una mirada que integre política, derechos humanos y espiritualidad, es necesario afirmar con claridad:
La agresión del 3 de enero no solo amenaza a Venezuela: amenaza la frágil arquitectura de la paz mundial. Callar ante ello es aceptar que el mundo vuelva a regirse por la ley del más fuerte.
Desde la espiritualidad no podemos permanecer en silencio ante la injusticia. Defender la paz y denunciar la injusticia hoy es un acto profundamente político y espiritual. Porque cuando cae una bomba sobre un pueblo, se daña a la humanidad entera.
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