Ulises tiene que volver a Troya: lo que le falta a la Odisea de Nolan
Una lectura contemplativa de la película "La Odisea" de Chistopher Nolan
No basta con que Occidente reconozca sus errores y construya una modernidad algo más progresista. Necesitamos recuperar una conciencia simbólica, ecosófica y relacional; atravesarla hasta llegar a la Fuente y, finalmente, regresar desde Dios a la historia, y sus víctimas, para transformarla.
La Odisea de Christopher Nolan ha vuelto a colocar uno de los grandes mitos fundacionales de Occidente ante millones de espectadores. Y quizá ahí esté precisamente la oportunidad que nos ofrece la película: preguntarnos no solamente quién es hoy Ulises, sino desde qué tipo de conciencia y de praxis somos todavía capaces de leer un mito.
Cuando desaparece la conciencia simbólica que sabe habitar el mito, queda reducido a relato, entretenimiento o ideología. Y entonces puede suceder algo todavía más peligroso: que sus imágenes continúen actuando inconscientemente sobre nosotros mientras creemos haberlas superado.
Mi impresión es que Nolan realiza una necesaria relectura progresista de la Odisea. Somete a crítica algunos de los aspectos más oscuros de nuestra tradición occidental —violencia, patriarcado, imperialismo, racismo, culto al héroe conquistador—, pero no llega suficientemente lejos.
Porque pretende corregir la modernidad sin abandonar realmente su paradigma. Y quizá ya no baste con construir una modernidad más amable. Necesitamos una transformación de la conciencia y de la sociedad.
Necesitamos recuperar lo que podríamos llamar una conciencia esotérica auténtica, entendiendo aquí “esotérico” en un sentido muy diferente del que suele tener actualmente esta palabra: no ocultismo superficial, colección de secretos, paranormalidad o búsqueda elitista de experiencias extraordinarias, sino recuperación de una conciencia ecosófica, pluralista, simbólica, sentipensante, corporal, relacional, social, crítica y feminista.
Pero incluso eso no será suficiente. Porque el esoterismo es camino, no meta. El centro último de una espiritualidad no puede ser lo esotérico. El centro es la mística.
Y la mística culmina cuando, después de haber atravesado símbolos, imágenes, transformaciones interiores y experiencias apofáticas, regresamos a la historia para vivir y transformar la realidad desde Dios, es decir, desde las víctimas.
Homero nunca fue solamente Homero
Leer la Odisea exclusivamente como las aventuras de un guerrero que intenta regresar a su casa después de la guerra de Troya es probablemente una de las maneras más empobrecidas de acercarse al poema. Los propios antiguos lo comprendieron.
Mucho antes de nuestra moderna lectura histórico-literaria de Homero existió una extensa tradición de interpretación alegórica. Heráclito el Alegorista buscó sentidos filosóficos profundos detrás de las imágenes homéricas y, siglos después, Porfirio realizó una extraordinaria interpretación del libro XIII de la Odisea en Sobre la gruta de las ninfas. Porfirio se detiene precisamente en un lugar aparentemente secundario del poema: la misteriosa cueva que encuentra Ulises cuando finalmente regresa a Ítaca.
Aquella cueva deja de ser simplemente una localización geográfica. Se convierte en una imagen del cosmos y de la conciencia cósmica o ecosófica.
Las dos puertas de la cueva representan el descenso y el ascenso de las almas; la relación entre mundo sensible e inteligible atraviesa toda la interpretación; y el viaje de Ulises puede comprenderse como itinerario del alma que atraviesa la generación y busca finalmente su retorno hacia lo divino.
La Odisea se convierte entonces en otra cosa. Es también una odisea interior. Ulises somos nosotros. Troya, el mar, las sirenas, Circe, Calipso, Polifemo, el descenso al Hades, Ítaca y la cueva dejan de ser solamente personajes, acontecimientos y lugares exteriores. Se convierten en símbolos de una transformación en el camino espiritual.
Desde esta perspectiva, el gran problema de nuestra civilización quizá no sea solamente haber perdido unos determinados valores. Es haber perdido una determinada manera de percibir la realidad, una forma de conciencia y praxis.Podemos denominarla, recurriendo a lenguajes procedentes de diferentes tradiciones, el ser humano interior, el hombre de luz, el ser regenerado, la estatua viviente, el cuerpo luminoso, el golem.
No pretendo afirmar que todas estas imágenes sean históricamente equivalentes. Proceden del hermetismo, neoplatonismo, cristianismo, cábala y otras tradiciones diferentes. Pero pueden ponerse en diálogo porque expresan una intuición espiritual común: el ser humano no queda reducido al pequeño yo psicológico alrededor del cual hemos construido nuestra identidad.
La conciencia ordinaria se experimenta como un individuo separado. Yo estoy aquí. El mundo está ahí. Los demás son otros. La naturaleza es un conjunto de objetos. Y mi tarea consiste en asegurar, controlar, poseer, competir y sobrevivir.
Esa estructura individualista de conciencia ha encontrado en la modernidad capitalista y tecnocrática una expresión extraordinariamente poderosa. Pero existe la posibilidad de otra conciencia.
Una conciencia capaz de percibir el mundo no como acumulación de objetos sino como cosmos. Y cosmos significa orden, belleza, relación, vida, significación. La conciencia simbólica descubre que la realidad habla. La realidad vuelve a convertirse en símbolo.
El camino de Hermes: regenerar la conciencia
Aquí el antiguo hermetismo resulta extraordinariamente sugerente. Muchos consideran que la Odisea es un texto hermético. Con frecuencia hemos presentado los textos herméticos como si fueran fundamentalmente tratados filosóficos, especulaciones cosmológicas o antecedentes históricos del esoterismo occidental.
Pero el hermetismo antiguo fue también —y quizá ante todo— un camino espiritual de transformación de la conciencia.
Wouter J. Hanegraaff ha insistido precisamente en recuperar esa dimensión experiencial de los Hermetica: ejercicios espirituales, transformación del conocimiento, experiencias visionarias, regeneración y modificación radical de la manera de percibir la realidad.
No se trataba simplemente de aprender una doctrina. Había que convertirse en otro ser humano.
El Corpus Hermeticum XIII habla precisamente de palingenesia, regeneración o nuevo nacimiento. La persona que sigue el camino hermético no adquiere sencillamente una información nueva: experimenta una transformación mediante la cual llega a participar de una realidad divina y a reconocerse unido al Todo.
Podríamos interpretar este proceso como la construcción de un cuerpo de luz. No en el sentido ingenuamente material de fabricarse un cuerpo paranormal, sino como aparición de una nueva identidad.
El yo deja de experimentarse como mónada separada y comienza a reconocerse como expresión interconectada del cosmos. Se produce una ampliación de la conciencia: la conciencia ecosófica o esotérica.
De la conciencia egocéntrica a la conciencia cósmica.
Aquí adquiere una importancia extraordinaria la cueva de las ninfas. Ulises ha llegado a Ítaca. El verdadero nostos, el regreso, no es solamente geográfico. Es espiritual.
La interpretación neoplatónica de Porfirio convierte la cueva en símbolo del cosmos y del movimiento de las almas entre lo sensible y lo inteligible.
Después de enfrentarse al mar, a los monstruos, a la seducción, al miedo, a la muerte y a su propia violencia, Ulises necesita descubrir al Ulises interior, al Ulises ecosófico.
Tiene que dejar de ser solamente guerrero. Tiene que reconstruir su percepción relacional del mundo. Ahí comienza el verdadero regreso.
La cueva representa entonces el lugar donde se recupera una conciencia capaz de leer simbólicamente la realidad. Es la recuperación del mundus imaginalis, si utilizamos la expresión de Henry Corbin. No el mundo imaginario de la fantasía, sino esa dimensión intermedia en la que la realidad se manifiesta cargada de símbolos y significación. Pero tampoco podemos quedarnos ahí.
Más allá de las imágenes: ir hasta la Fuente
El símbolo es necesario. Pero el símbolo no es Dios. Esta es una distinción fundamental.
El esoterismo auténtico recupera las imágenes que la modernidad desacralizada ha perdido. Reabre la imaginación simbólica. Reconstruye el ser humano interior. Nos devuelve una conciencia cósmica. Pero las grandes tradiciones místicas saben que finalmente hay que trascender también las imágenes.
Después del símbolo llega el silencio. Después de la visión, la oscuridad. Después del conocimiento, el no-saber. Después del cosmos como gran teofanía, la Fuente.
Podemos llamar gnosis a esta experiencia siempre que liberemos la palabra de sus simplificaciones contemporáneas. Gnosis no significa fundamentalmente poseer doctrinas secretas que los demás desconocen. Es un conocimiento transformador. Un conocer en el que el sujeto mismo resulta transformado.
El antiguo camino hermético apunta precisamente hacia esa experiencia: regeneración, ampliación cósmica o ecosófica de la conciencia y finalmente conocimiento inmediato de lo divino, del Uno, del Todo, de aquello de lo que procede cuanto existe.
El viaje cósmico termina en aquello que está más allá incluso del cosmos: La Fuente.
La mística exige un movimiento más. Aquí aparece, a mi juicio, la aportación decisiva de una espiritualidad verdaderamente mística y no meramente esotérica o gnóstica.
El camino no termina en la Fuente. Después de llegar a Dios hay que regresar nuevamente al mundo.
Podemos expresarlo mediante cuatro movimientos: salir del ego, recuperar el cosmos, entrar en Dios y volver a la historia. El hermetismo nos ayuda extraordinariamente en los tres primeros. Pero el cristianismo y las místicas de las diversas religiones nos recuerda con especial radicalidad el cuarto.
Jesús no invita a abandonar definitivamente la historia. El Dios de Jesús no nos salva de la realidad. Nos devuelve a ella.
El movimiento cristiano no culmina en escapar del mundo sino en regresar al mundo de otra manera. Aquí pasamos del esoterismo a la mística.
La mística es más profunda que el esoterismo
Necesitamos recuperar el esoterismo. Pero precisamente por eso debemos evitar convertirlo en absoluto. Cuando el esoterismo comienza a considerarse el núcleo supremo y secreto de todas las religiones aparece una tentación muy peligrosa.
Creer que existe una élite espiritual que sabe lo que los demás ignoran. Los iniciados frente a los profanos. Los despiertos frente a los dormidos. Los que conocen la tradición interior frente a quienes viven atrapados en la religión exterior. Y entonces una espiritualidad que comenzó intentando superar el ego termina construyendo un ego espiritual mucho más sofisticado.
El esoterismo puede convertirse así en elitismo. En intimismo. En espiritualismo. Incluso en autoritarismo.
Puede acabar considerando irrelevantes la política, la justicia, el feminismo, la ecología o las luchas de los pueblos porque supuestamente pertenecen a niveles inferiores de conciencia.
Ese es uno de los grandes peligros de determinadas espiritualidades contemporáneas. Creer que cuanto más espiritual es una experiencia, más lejos está de la historia.
El cristianismo dice exactamente lo contrario. La profundidad de la experiencia de Dios se verifica en la capacidad de regresar al mundo y amar. Por eso el centro no es el esoterismo. El centro es la mística. Y la mística es mucho más inclusiva.
La prueba de la experiencia espiritual es la praxis
Podemos formularlo de una manera radical: la verdad última de una experiencia mística se descubre en la praxis que genera.
No basta haber experimentado la unidad. Hay que vivir relacionalmente. No basta sentirse uno con el cosmos. Hay que dejar de destruir la tierra. No basta trascender el ego. Hay que cuestionar los sistemas económicos construidos sobre el egoísmo. No basta descubrir lo femenino divino. Hay que transformar las estructuras patriarcales. No basta afirmar que todos somos uno. Hay que escuchar a las víctimas. No basta llegar a la Fuente. Hay que volver desde la Fuente.
Y aquí la mística se convierte necesariamente en praxis emancipatoria.
No porque la experiencia de Dios tenga que convertirse en un programa político concreto, sino porque quien experimenta verdaderamente la profundidad relacional de la realidad ya no puede vivir tranquilamente dentro de estructuras que deshumanizan, excluyen o destruyen.
Cuando los mitos dejan de ser conscientes
Aquí las intuiciones de Carl Gustav Jung y Mircea Eliade siguen resultando inquietantemente actuales. La modernidad puede declarar muertos los mitos. Pero los mitos no desaparecen simplemente porque dejemos de creer conscientemente en ellos. Siguen actuando.
Eliade mostró reiteradamente que estructuras míticas sobreviven transformadas dentro de las sociedades secularizadas.
Y Jung advirtió todavía más dramáticamente de que aquello que una cultura no integra conscientemente puede reaparecer colectivamente de manera irracional. Su ensayo sobre Wotan constituye quizá uno de los ejemplos más inquietantes. Cuando desaparece la educación simbólica, el símbolo no muere: se vuelve inconsciente. Y cuando los arquetipos actúan inconscientemente pueden convertirse en fuerzas destructivas.
El mito que podría haber servido para transformar la conciencia termina justificando la violencia.
El veneno de la lectura literal
Aquí aparece uno de los problemas fundamentales de la Odisea y de los textos fundacionales. Leídos exclusivamente desde su superficie narrativa y convertidos en modelo cultural contiene elementos profundamente problemáticos.
El héroe que recorre territorios ajenos, combate, domina y finalmente recupera su reino eliminando violentamente a quienes amenazan su poder puede convertirse fácilmente en arquetipo del imperialismo. Y algo parecido sucede con la Biblia.
Cuando desaparece la hermenéutica simbólica y espiritual, el texto sagrado puede convertirse en un arma.
Los fundamentalismos constituyen ejemplos dramáticos de cómo determinados relatos religiosos pueden ser utilizados para legitimar nacionalismos, supremacismos, exclusiones y violencias.
Tampoco basta con una interpretación meramente psicológica de la Odisea. La psicología puede ayudarnos a comprender el viaje de Ulises como proceso de integración de la personalidad, confrontación con la sombra, superación de heridas o recuperación de un centro interior.
Todo eso es valioso, pero sigue siendo insuficiente si el viaje termina en un yo más integrado. El centro psicológico no es todavía la meta espiritual.
Desde ahí comienza otro desplazamiento: abrirse a una conciencia cósmica y relacional, experimentar que la propia identidad no está separada del conjunto de la realidad, vaciar finalmente incluso esa identidad ampliada en la experiencia apofática de Dios y, después, regresar al mundo para transformar la historia.
Reducir la Odisea a un proceso de individuación psicológica sería, por tanto, otra forma de reduccionismo moderno: el verdadero viaje no conduce solamente hacia uno mismo, sino de uno mismo al cosmos, del cosmos a Dios y de Dios nuevamente a la historia y a los otros.
Ulises como sombra de Occidente
Desde aquí podemos realizar una lectura incómoda. La lectura literal de Ulises representa sorprendentemente bien algunas características de la sombra de Occidente. Occidente también salió de viaje. Conquistó territorios. Sometió pueblos. Impuso lenguas. Explotó cuerpos. Trazó fronteras. Extrajo materias primas. Destruyó culturas. Y muchas veces llamó a todo ello civilización.
El Ulises imperial puede convertirse así en metáfora del sujeto moderno: el individuo que conoce para controlar, viaja para conquistar y transforma cuanto encuentra en objeto disponible para su proyecto. La modernidad tecnológica radicalizó esa conciencia. El mundo dejó de ser cosmos para convertirse en recurso.
Lo que Nolan comprende
Aquí aparece precisamente uno de los aciertos fundamentales de Nolan. Su Odisea comprende que ya no podemos contar ingenuamente la historia del héroe occidental.
Después de siglos de colonialismo, guerras industriales, genocidios, explotación económica y devastación ecológica, resulta imposible contemplar inocentemente la violencia del héroe conquistador.
La película permite así una necesaria crítica de la violencia, del machismo, del imperialismo y de determinadas concepciones heroicas de la masculinidad.
Y en ese sentido resulta especialmente oportuna en un momento en el que vuelven a crecer en Occidente discursos ultraconservadores que rehabilitan la fuerza, la frontera, el nacionalismo, la masculinidad agresiva, la superioridad cultural y hasta la guerra como instrumentos legítimos de política. Pero Nolan se queda a medio camino.
El problema del Ulises progresista
Intenta corregir la modernidad desde la propia modernidad. Su respuesta permanece cercana a un progresismo occidental que reconoce los errores cometidos, rechaza sus excesos y pretende comenzar una nueva etapa.
Eliminar lo caduco. Aprender del pasado. Avanzar. Construir algo nuevo. Pero quizá ese sea precisamente uno de los grandes mitos modernos. La creencia de que toda crisis se soluciona inaugurando una nueva fase del mismo proceso. Más desarrollo. Más innovación. Más tecnología. Más crecimiento. Más progreso. Ahora gestionados de una forma más inclusiva.
¿Y si el problema fuera mucho más profundo? ¿Y si necesitáramos no simplemente una nueva fase de la modernidad sino una nueva forma de conciencia, de praxis y de sociedad?
Aquí la solución que propone Nolan para finalizar su Odisea (la desaparición del pasado y el nacimiento de una nueva fase) resulta finalmente impotente. Porque una modernidad progresista continúa siendo modernidad si mantiene intacta la estructura fundamental mediante la cual un sujeto occidental se coloca en el centro, diagnostica sus propios errores y decide nuevamente cómo debe salvarse el mundo.
¿Y dónde están l@s troyan@s?
Esta es quizá la pregunta más importante que podemos dirigirle a nuestro Ulises contemporáneo. ¿Dónde están l@s troyan@s?
Occidente puede arrepentirse de Troya y continuar hablando solamente de sí mismo. Puede reconocer sus errores. Escribir miles de páginas sobre colonialismo. Hacer películas críticas sobre su imperialismo. Introducir diversidad. Construir nuevas políticas de inclusión.
Y seguir considerando, sin embargo, que es él quien posee la responsabilidad histórica de explicar a todos los demás hacia dónde debe dirigirse la humanidad.
El otro sigue sin hablar.
De ahí la importancia de Enrique Dussel y su propuesta de Transmodernidad. No se trata de regresar románticamente o apocalípticamente a un mundo premoderno. Tampoco de rechazar las conquistas emancipatorias de la modernidad: democracia, derechos humanos, pensamiento crítico, autonomía, igualdad.
Se trata de abandonar la pretensión de que Europa y Occidente representan el centro desde el cual debe definirse universalmente el progreso. La transmodernidad comienza cuando Occidente deja de hablar consigo mismo. Y escucha a sus víctimas. Ulises tendría entonces que volver a Troya. Pero no para conquistarla. Para escuchar, curar, reparar, aprender de las víctimas y compartir.
La conciencia ecosófica
Raimon Panikkar utilizó una palabra especialmente fecunda para esta nueva sensibilidad: ecosofía. No basta una ecología entendida como gestión racional de recursos naturales. Necesitamos transformar nuestra experiencia de la realidad.
Nada existe aisladamente. Yo soy porque existen otros. Soy porque existe la tierra. Soy porque existen los animales. Soy porque otros pueblos, lenguas, culturas, cuerpos y memorias han tejido el mundo que habito.
La conciencia ecosófica es, por ello, necesariamente relacional, pluralista, corporal, sentipensante, simbólica, crítica, feminista, empática y compasiva.
No podemos recuperar la conciencia simbólica antigua reproduciendo sus estructuras patriarcales. No podemos recuperar el hermetismo olvidando a las víctimas. No podemos hablar del “hombre interior” ignorando a las mujeres. No podemos construir cuerpos de luz despreciando los cuerpos reales.
No podemos afirmar nuestra unidad con el cosmos mientras destruimos ecosistemas. No podemos buscar estados superiores de conciencia mientras millones de seres humanos padecen pobreza, exclusión o violencia.
Una espiritualidad esotérica que olvida todo esto no ha superado el ego. Simplemente lo ha espiritualizado.
Recuperar el esoterismo cristiano, pero para trascenderlo
Aquí el cristianismo tiene una enorme tarea pendiente. La modernidad occidental fue expulsando progresivamente de la conciencia cultural muchas dimensiones simbólicas, contemplativas, herméticas y esotéricas de la tradición cristiana. Y buena parte del propio cristianismo terminó aceptando aquella reducción.
De un lado quedó una religión doctrinal, moral y frecuentemente literalista. Del otro, una racionalidad secular que consideraba los símbolos residuos de una humanidad todavía no ilustrada. Paradójicamente ambas compartían un error semejante: habían perdido la conciencia simbólica.
Necesitamos recuperarla. Necesitamos reaprender a leer el mundo como sacramento. Experimentar el cuerpo como lugar de revelación. Reconocer al otro como misterio. Escuchar a la tierra. Reconciliar pensamiento y sentimiento. Ser capaces de pensar sintiendo y sentir pensando. Recuperar el mundo imaginal. Recuperar al ser humano interior.
Y recuperar incluso la gnosis: esa experiencia transformadora en la que conocemos de otra manera porque nosotros mismos hemos sido transformados.
Pero después hay que ir todavía más lejos. Porque ni el cristianismo, ni niguna espiritualidad sana, termina el camino en la gnosis. Termina nuevamente en la encarnación.
De Ítaca otra vez a Troya
Quizá esta sea la verdadera Odisea que todavía necesitamos contar. Primero hay que salir del pequeño yo egocéntrico. Después recuperar la conciencia simbólica y cósmica. Atravesar la cueva. Reconstruir el ser humano interior. Acceder al mundo imaginal. Después abandonar incluso las imágenes. Entrar en la noche. Llegar a la Fuente. A la gnosis. Al silencio apofático en el que desaparecen nuestras imágenes de Dios.
Pero entonces sucede algo inesperado. Hay que regresar; pero no a Ítaca sino a Troya.
La mística auténtica no nos permite permanecer en la Fuente. Nos devuelve a la historia y a las víctimas. Y entonces Ulises comprende que todavía no ha terminado su viaje. Tiene que volver a Troya. Porque Ítaca no basta.
Tiene que regresar hacia aquellos que fueron considerados enemigos. Escuchar y sanar a las víctimas. Reconciliarse con los cuerpos. Curar heridas. Reconstruir relaciones. Transformar estructuras. Construir comunidad.
La Odisea original termina precisamente impidiendo que continúe indefinidamente la cadena de venganzas. La muerte de los pretendientes amenaza con iniciar otra guerra y finalmente la paz debe imponerse para detener el círculo de violencia. Lo pretende conseguir alcanzando la gnosis. Pero la mística va más allá de la Odisea original.
La verdadera Ítaca
Occidente necesita recuperar su dimensión esotérica porque ha perdido la capacidad de leer simbólicamente el mundo. Pero necesita también superar el esoterismo. Necesitamos símbolos. Necesitamos imaginación. Necesitamos conciencia cósmica. Necesitamos recuperar el ser humano interior. Necesitamos gnosis. Necesitamos llegar hasta la Fuente.
Pero todo esto debe desembocar en algo todavía mayor: una mística encarnada en la praxis. Porque el criterio último no consiste en cuánto hemos ascendido. Sino en cómo regresamos.
La espiritualidad comienza entrando dentro. Se ensancha hasta hacerse cósmica. Se vacía hasta llegar a Dios. Y culmina regresando a la historia.
Por eso la salida de la crisis de la modernidad no vendrá solamente de un progresismo que intente fabricar una versión más amable del mismo mundo. Por supuesto nunca de un conservadurismo que mantiene la modernidad machista e imperialista.
Necesitamos otra conciencia y otra praxis. Simbólica. Pluralista. Sentipensante. Corporal. Relacional. Feminista. Crítica. Social y Compasiva. Mística.
Una conciencia capaz de reconocer los logros emancipatorios de la modernidad y, al mismo tiempo, abandonar su imperialismo, antropocentrismo, patriarcalismo, racismo, tecnocracia y capitalismo depredador.
Una conciencia capaz de avanzar hacia aquella Transmodernidad de la que hablaba Dussel: un mundo construido no solamente por Occidente, sino mediante el diálogo con los pueblos, culturas, cuerpos y seres que fueron convertidos en periferia.
Entonces comprendemos por qué Ulises tiene que volver a Troya. Occidente solamente habrá terminado su odisea cuando deje de imaginarse como protagonista exclusivo de la historia. Y quizá entonces descubramos algo todavía más desconcertante: que Ítaca nunca fue un territorio que hubiera que reconquistar. Era otra manera de habitar el mundo. Y que la Fuente tampoco era el final del viaje. Porque quien verdaderamente ha llegado a la Fuente vuelve a la historia y a las víctimas, y encuentra en ellas al Dios que clama por la Liberación.