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El abuso espiritual y el 'giro católico' de la generación Z

Formación del clero en clave sinodal

"Un seminarista no debiera creerse superior a nadie. Ha de llegar a entender, en virtud de aquellas conversiones, que en la Iglesia no hay carismas más importantes"

Sacerdotes en la basílica de san Pedro | @Vatican Media

La Iglesia sinodal ha dado un paso adelante importante. El Grupo 4 de estudio al que el Sínodo de obispos delegó el tema de la formación del clero entregó al Papa un documento final. Este habrá de servir para actualizar las normas de la Ratio formationis institutionis sacerdotalis de 2016 e incidir en las normas de las varias diócesis. Si este documento llega a cumplir este propósito, se habrá podido avanzar en una materia clave para la aún pendiente recepción del Vaticano II. Pues, si la aceptación del Concilio durante sesenta años ha dependido en gran medida de los presbíteros, innovar decididamente en la formación clerical equivale a dar en el blanco.

El documento radica esta formación en el Pueblo de Dios. Sabemos que este título exige a los cristianos que, para anunciar el Evangelio, entiendan que en la Iglesia el bautismo es más importante que el sacramento del orden, pues este está al servicio de actualizar la índole sacerdotal de todos ellos y ellas. La novedad del documento estriba en exigir de la formación que los seminaristas se relacionen en términos horizontales con todo tipo de personas. Las relaciones han de formarlos. La indicación es poderosa. De ella pueden sacarse muchas consecuencias. En lo inmediato, el documento pide numerosas conversiones, es decir, pasos de las relaciones asimétricas a simétricas, entendiéndose que las relaciones pastorales —gobierno, celebración y enseñanza— han de ser funcionales a las relaciones personales ad intra y ad extra.

La persona que cumple la función de leer el Evangelio en la Eucaristía no es mejor que la que barre la capilla, nos recordaría san Pablo

En nuestras palabras, un seminarista no debiera creerse superior a nadie. Ha de llegar a entender, en virtud de aquellas conversiones, que en la Iglesia no hay carismas más importantes, pues la persona que cumple la función de leer el Evangelio en la Eucaristía no es mejor que la que barre la capilla, nos recordaría san Pablo. Cada uno pone lo suyo. Los carismas son varios. Cada bautizado contribuye con el propio. No es inimaginable que uno funcione sin los demás.

Seminaristas con el Papa | Vaticano Media

El atentado mayor contra la sinodalidad —lo sabemos— es el clericalismo, como se cansó de repetir el papa Francisco. El documento en comento, enfocado en la consecución de una Iglesia sinodal, demanda de la formación del clero una capacitación para la comunión y la participación en el cumplimiento de una misión que no tiene servidores de primera y segunda categoría. En esta Iglesia, Pueblo de Dios, todos han de sentirse igualmente responsables y discernir en conjunto qué significa en el presente el advenimiento del Reino.

Un punto especialmente importante del documento es exigir de los seminaristas desarrollar la capacidad de relacionarse con las comunidades, las familias, las personas y los pobres. Aun antes de ser aceptados en el proceso formativo, los seleccionados han de haber tenido relaciones de este tipo. La principal formación —podría decirse— ha de provenir de la interacción que los futuros ministros establezcan con todo tipo de personas y con los demás bautizados en particular. Los laicos han de tener una palabra que decir en todas las etapas del proceso. Incluso han de participar en la decisión de la ordenación presbiteral. ¿No debieran tener un voto dirimente si los que han de ser ordenados serán puestos a la cabeza de sus comunidades?

El documento se aleja decisivamente del Concilio de Trento en un punto clave. El tridentino procuró —y en gran medida resolvió— el problema de un clero ignorante y corrupto. Trento organizó la formación de los ministros: los resguardó del mundo, les hizo estudiar, les exigió la santidad y los enfocó en una celebración digna de la Eucaristía. El Vaticano II, sin descartar el valor que el seminario tridentino tuvo durante casi quinientos años, quiso poner a los formandos en contacto con el mundo real. Optatam totius y Presbyterorum ordinis movieron las piezas en esta dirección. Quedó pendiente que estos decretos conjugaran sus innovaciones con las de Lumen gentium y Gaudium et spes.

Dicho en breve: el documento ha tomado en serio la voluntad de la Iglesia de querer ser Pueblo de Dios.

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