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'A passo d'uomo', nuevo libro de Antonio Spadaro: El relato de los Evangelios a través de gestos y caminos

Spadaro y su libro

(L'Osservatore romamo).- Publicamos extractos del libro del jesuita subsecretario del Dicasterio para la Cultura y la Educación titulado «A passo d’uomo» (Venecia, Marsilio, 2026, 208 páginas, 18 euros), que cuenta con un prólogo de Patti Smith. El autor presentará el libro en Roma, en la librería Feltrinelli Argentina, junto a Corrado Augias. La moderadora será Francesca Sforza.

La historia que estamos a punto de recorrer no desciende desde lo alto como un teorema ya demostrado, sino que procede desde abajo, a nivel de la calle. Los Evangelios no son un compendio de máximas ni un manual de soluciones: son una historia en movimiento. Cada página lleva las huellas de desplazamientos, vacilaciones, aceleraciones, paradas. El protagonista no es una idea abstracta: es un hombre que se pone en camino. «A paso de hombre» significa: sin vuelos, sin atajos, sin efectos especiales que anulen el contacto con la tierra.

Libro de Spadaro

Es el rechazo de la levitación. El libro se construye sobre tres elementos naturales que, en los Evangelios, dejan de ser fondo y se convierten en protagonistas: el agua, la piedra y la arena. Son lugares donde suceden cosas que obligan a los personajes (y a nosotros, los lectores) a elegir. Este mapa es una invitación a leer los Evangelios como se ve una película rodada en exteriores. El paisaje no solo da el tono, sino que actúa. La ola provoca, la roca sostiene o hiere, el grano desafía nuestra obstinación de dueños del terreno. De escena en escena, el protagonista Jesús y quienes le rodean deben enfrentarse a estos elementos como si fueran personajes reales.

Luego hay un detalle físico, casi un clavo que fija la mirada, que reaparece como un estribillo: los pies. En las páginas evangélicas aparecen muchas veces. El hecho de que los pies nos sostengan se debe por completo a un equilibrio adecuado, a un equilibrio natural que colma una desproporción entre el cuerpo y estas lejanas ramificaciones que lo delimitan hacia abajo. Se basa en complejas articulaciones del maléolo, el astrágalo, el calcáneo, el escafoides, el cuboides, los cuneiformes, las falanges... No nos mantenemos en pie gracias a bases sólidas (un bloque de granito de apoyo o cosas por el estilo), ni mucho menos rodamos.

Ser trascendente significa confiar en una fragilidad bien coordinada y flexible. Incluso fácil de romper. Es esta trascendencia que se basa y se descarga en los pies la que es capaz de imprimir una huella. Sin peso, acabaríamos con los pies en el aire, sin dejar rastro de nuestro paso. Y la huella permanece cuando el pie ya no está, se ha levantado y está en otra parte. Es el pie el que lleva el peso del cuerpo para dejar una huella de sí mismo. Solo si están juntas, la gravedad y la trascendencia, nos permiten dejar nuestra huella en la tierra. La una sin la otra no son humanas. Y entonces, de la mezcla de gravedad y trascendencia se desarrolla una rica fenomenología que dice todo sobre la condición humana, hecha de peso y ligereza. Los pies son la parte del cuerpo que más dice la verdad de una historia que se convierte en camino. Los pies se ensucian de polvo, se mojan, duelen, tienen ampollas, buscan apoyo, descansan por la noche. Son nuestra exposición al mundo.

Spadaro y Smith

Los pies del protagonista de los Evangelios, Jesús, entran y salen de las casas, recorren colinas, atraviesan mercados. Son pies que reciben un gesto escandaloso y poético: un perfume precioso derramado por una mujer, secado con el cabello. Es un primer plano que revela más que mil discursos. Luego está la imagen más desarmante, la del Maestro que toma una palangana, se ciñe una toalla y lava los pies a los suyos. No imparte una lección; la pone en escena. La dirección es desconcertante: no hay retórica, hay un cuerpo que se inclina y manos que tocan. Donde esperamos distancia, hay proximidad. Donde imaginamos un trono, hay un suelo húmedo. Ese gesto no es un interludio didáctico: es la gramática general de toda la historia, comprimida en pocos minutos. Y los pies, finalmente, quedan clavados. El paso se interrumpe sobre la madera, el camino se detiene. La historia parece haber terminado, pero vuelve a empezar: cuando los compañeros lo vuelven a ver, «caen» de nuevo a sus pies. No es una reverencia hipnótica; es el reconocimiento de que el que tienen delante —herido, vivo— es el mismo que compartió su polvo. La continuidad de la materia —las heridas, los pies, la voz— hace creíble la continuidad de la historia.

Los pasos, en los Evangelios, son ritmo. Hay pasos que se aceleran —la entrada en Jerusalén con la multitud que abre el camino y extiende mantos; pasos lentos y cansados —los dos de Emaús, que hablan de lo que ha sucedido caminando sin reconocer quién está con ellos—; pasos vacilantes —Pedro que pone un pie fuera de la barca y luego se hunde—; pasos decididos —la subida a Jerusalén «con el rostro adusto», sabiendo lo que le espera—. También las paradas son elocuentes: detenerse es un tiempo, no una pausa; es el espacio necesario para que algo suceda. Esta forma de narrar, a través de elementos, gestos, andares, tiene una consecuencia: no excluye a nadie. En esta mirada, las posibles lecturas de las páginas evangélicas —inspiradas o no por la fe— pueden encontrar un terreno común: la credibilidad de los gestos, su necesidad narrativa, la precisión de los detalles.

Quien no cree puede leer esta historia como leería una gran novela o vería una película de autor: buscando coherencias, fracturas, giros, detalles que lo iluminan todo. Quien cree puede reconocer en ella la trama de un encuentro. En ambos casos, el pacto es el mismo: tomarse en serio la concreción. El terreno de entendimiento, aquí, es la precisión: pies, pasos, agua, piedra, arena. La materia es lo que queda y lo que une. La narración, sin embargo, no renuncia al asombro. Hay una escena que parece violar la gramática de lo real: el hombre que camina sobre las aguas. Puede interpretarse como un símbolo, puede aceptarse como un hecho; en ambos casos, dice algo que nos concierne: la inestabilidad que tememos —la ola, la corriente, el romperse de las cosas— puede convertirse, por un instante, en apoyo. No porque se suspendan las leyes del mundo, sino porque se revela una fuerza diferente, la confianza, capaz de apoyar el paso donde no hay apoyo.

La mirada que propongo es, al mismo tiempo, literaria y cinematográfica. Literaria, porque los Evangelios tienen la libertad de las grandes novelas: ningún personaje está encadenado al destino; las elecciones cuentan, las voces se contradicen, las escenas tienen su autonomía y su necesidad. Cinematográfica, porque muchas páginas funcionan como encuadres: plano general del lago, plano medio del grupo que camina, primer plano de los pies ungidos, corte al rostro de quien se queda desconcertado. Pier Paolo Pasolini, en El Evangelio según San Mateo, había intuido todo esto: basta con el polvo y las sandalias para decir la realidad. Martin Scorsese, a su vez, reconoció que los Evangelios son guiones de libertad y conflicto, no manuales: un paso revela el drama más que un concepto. Andrej Tarkovskij, en otros contextos, nos enseñó a detenernos en los detalles, a dejar que el encuadre lento revele lo invisible.

Antonio Spadaro, sj., en Barcelona | Flama

«Agua» es el nombre del riesgo, pero también de la travesía. El barco que se mantiene a duras penas, la voz que calma el viento, el pie que por un momento se posa sobre el mar: imágenes que traducen miedo y confianza. «Piedra» es la realidad que no se doblega: el choque que pone a prueba, los cimientos sobre los que se construye, la losa que sella y que un día se encuentra desplazada. «Arena» es el tiempo que se escapa, el terreno precario que obliga a medir los pasos, pero también el desierto que obliga al silencio. Tres materiales que hablan, que tienen su propio discurso.

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