Hasta que hablen los corazones, la inteligencia del amor
Reflexión desde la misión
Dejémonos inspirar de la espiritualidad de nuestras comunidades indígenas y aprendamos de ellos a conocer.
Dejémonos inspirar de la espiritualidad de nuestras comunidades indígenas y aprendamos de ellos a conocer. Está bien claro en nuestra tradición bíblica que conocer es amar; cuando allí se dice que alguien conoció a otro significa que tuvieron intimidad; ahora bien, si esto es así, el conocer, que es amar, pues necesita cortejo, un acercarse, tal vez tímidamente, con delicadeza, con riesgo considerable de equivocase y con decisión de perseverar hasta que “hablen los corazones”. Veamos, según las historias que cuentan los mayores y recogió nuestro Achakaspi, el padre José Miguel Goldáraz, cómo se da este cortejo en la tradición del pueblo kichwa:
“Así por ejemplo, el joven enamorado pasará, raudo, en su canoa, impulsado por rápidas paletadas de remo, rozando la plataforma de troncos unidos que, a modo de embarcadero, está amarrada a la orilla del río, junto al camino que lleva a la casa. Sobre esa balsa flotante, lava ruborosa, la joven enamorada, que no levantará la vista hacia el apuesto navegante, que tampoco le prestará la mínima atención a su paso. Solo unos metros más adelante, el joven marino volverá súbitamente su cabeza y mirará a su novia a través del canutillo de un hueso de cierto pajarito. Entonces se cruzarán las miradas un momento y hablarán los corazones. En ese hueso se prolongará su mensaje de amor y, a través del canto del pájaro, siempre se repetirá” (Goldáraz, 2005, pág. 64).
El joven se acerca y no sabe cómo hacer, síntoma de ello es su prisa (“raudo en su canoa, impulsado por rápidas paletadas de remo”) y mira a la muchacha, pero esta ni siquiera levanta la vista, no le presta la mínima atención, lo ignora, se ruboriza, se mantiene distante; queriendo mirarla toda, no vio nada de la amada; el muchacho está pagado de sí mismo, es “un apuesto navegante” y cree que ella estará rendida a sus deseos; el enamorado pasa rozando apenas la balsa y no logra su propósito; es apenas el primer intento.
Cortejo para el amor, cortejo para el conocer: no se puede ir de prisa, hay que hacerlo despacito, allimanda (alli, bueno; manda, morfema para expresar procedencia): que no venga del deseo de conquistar y adueñarse, lo que exige prisa y resultados, y sí del amor que es paciente y que espera; a las carreras, con afán de resultados, se tendrán datos, ideas, especulaciones, pero no habrá relación con el “otro”, con los “otros”; no habrá contacto visual, no nos reflejaremos en el cristalino de la realidad que anhelamos comprender; solamente mira bien el que es mirado; ama bien el que es amado, conoce bien el que es conocido; es un abrazo, no un trofeo, la prisa no permite intimidad y frustra el conocimiento, se vacía el amor; la realidad se ruboriza, se asusta, se hace opaca, se nos cierra y solo alcanzamos a rozarla superficialmente. Allimanda, asegurarse que venga de lo bueno, habrá que insistir una y otra vez hasta que “hablen los corazones”.
Después de la lección, viene un segundo intento de cortejo y, esta vez, con buen resultado; el enamorado que hasta ahora pretendía una visión total y de frente, así como hacen los que se proponen dominar, los que quieren poseer porque no saben amar, decide mirar, desde unos metros más allá, sin invadir, y se vale de un canutillo hecho con el hueso de un pajarito; comprende que su primeramirada había sólo intimidado a la que quiere como novia; ella, asustada de ser mirada como una cosa que se desea mostró indiferencia, no levantó sus ojos, no prestó la mínima atención; ahora él la mira en los detalles, se detiene, no invade su espacio, no la controla, la contempla simplemente; no abre mucho los ojos, tiene que estrecharlos, casi cerrar sus párpados, el canutillo le ayuda a mantener los límites, a no desmesurarse, a no pasarse; y gracias a esa mirada ella toma confianza para devolvérsela, él en la pupila de ella, ella en la de él, y en el contacto visual empiezan a hablar en silencio los corazones y lo que se oye en esa conversación es el río que fluye, las aves que trinan, las canoas que se deslizan en la corriente, los niños que juegan con el agua, las personas que van por ahí; cuando finalmente los corazones hablan, los dos, ella y él, sienten la comunión con todo y con todos y todas; así, limitar la mirada dentro del canutillo abre los horizontes; en el detalle, el pedacito de ella contemplado, el amante goza de toda ella sin poseerla, él no es dueño, es acogido; ella y él felices, ninguno conquistado, los dos extasiados, el uno en el otro, fuera de sí.
Cortejo para el amor, cortejo para el conocer: así tendría que ser si queremos comprender algo o a alguien; contacto visual con la realidad; corazones que hablan, intimidad que no significa invasión del otro y de lo otro, sino atención amorosa, distancias guardadas, sin pretensiones de visión total y de frente; pudor y respeto como canutillo; estrechando la mirada para proteger lo que va reflejándose en las pupilas y no dejarlo a merced de prejuicios e intereses, arrugar los párpados para fijarnos mejor, sin pretensiones de abarcarlo todo y forzarlo en nuestra mente. Precisamos humildad, no somos los “apuestos navegantes” a la conquista y nadie ni nada está rendido a nuestros pies; solo así, la realidad se abre, nos mira a los ojos, y no la conocemos por fuera, sino ya dentro de nosotros, guardada en el espejo de nuestra pupila, nos habla en silencio, al corazón mismo, y nos hace sentir la voz de todas las otras creaturas alrededor; queriendo mirar solo un detalle, un pedacito, y con mucha delicadeza, resultamos abrazados al misterio infinito; tenemos no solo información, se nos da la sabiduría, no solo un saber sobre las cosas, sino sobre todo un sabor de las cosas; estudiar, en sus raíces latinas, tenía que ver más con el deseo, con la emoción, con el amor, que con llenar la cabeza de conceptos y apropiarnos.
Y ahí no terminan los dos enamorados; el cortejo es apenas comienzo, el amor es infinito, no tendrá fin, nunca pasará: “en ese hueso se prolongará su mensaje de amor y, a través del canto del pájaro, siempre se repetirá”; más se mirarán, más se amarán y gracias al canutillo del pajarito lo que trinen todas las aves será para los dos sacramento, gracias y fiesta. Y así el conocimiento, que es amor, como en el caso de esos dos que contemplamos, siempre será comienzo; la realidad, ruborosa como esa muchacha que lava la ropa en el río, no se dejará desnudar así no más, mantendrá su kushma, su vestido de infinitos colores. Creo que algo así era lo que Jon Sobrino llamaba intellectus amoris, la inteligencia del amor.
Referencias
Goldáraz, J. M. (2005). Samay, La herencia del Espíritu, Cosmovisión y ética naporunas. Quito: CICAME.