Reflexiones al responder a las preguntas de un muchacho
Sucede la Trinidad cuando conversamos
Reflexiones al responder a las preguntas de un muchacho
Un muchacho de unos 14 años me preguntó que era lo más bonito de ser “padre”; le respondí que el sacramento de la confesión, escuchar a la gente y asegurarles el perdón de Dios; le contaba que a veces llegaban confundidos y se iban después llenos de paz y que esa paz se quedaba también en mí y me inundaba.Y después me preguntó que cómo hacer cuando otro viene triste y pide un consejo, que cómo encontrar lo que había que decir; le respondí que escuchar y escuchar, sin interrumpir, estar ahí, sin siquiera pensar en la respuesta que daríamos, y que si esto se hacía amorosamente, pues al final la persona hallaría en su corazón, después de vaciarlo contando sus cosas, el consuelo y la luz; que lo que necesitamos está dentro de nosotros, y que ese consuelo y esa luz en realidad son presencia de Dios que nos habita y que, pase lo que pase, nunca nos dejará. Cuando dos personas hablan llegan a lo hondo de sus corazones y eso hondo es Dios mismo; dialogar es teofanía.
Y se fue el muchacho y se acabaron las preguntas, y yo me quedé pensando, que la Trinidad sucede cuando escuchamos a otro, en la confesión, en un consultorio, en un coloquio, en una charla, en la mesa y hasta en el juego. El otro llega a darnos su vida, sus alegrías, su dolor, sus dudas, también sus bromas, y es sacramento del Padre que se vacía para dar su ser al Hijo, el Padre lo hace desde la plenitud nosotros desde el límite, lo uno y lo otro es amor y el amor es Dios. Y nosotros que escuchamos, sacramento del Hijo, que se vacía de sí para recibir el ser del Padre, acogemos la vida de la otra persona, su intimidad y nos hacemos uno solo; y al final del diálogo, como en las procesiones trinitarias, el que cuenta sus cosas, al vaciarse de sí, al terminar respira hondo, ese respiro es sacramento del Espíritu Santo; y nosotros que escuchamos, recibimos su aliento y todo el ambiente queda lleno de Dios.
Sucede la Trinidad cuando acogemos al otro y somos acogidos. El Padre sucede en el menos esperado, en el que cuenta sus cosas, en el que viene tal vez confuso, necesitado, indigente y se entrega todo a nosotros; y no nos imaginamos que, al escuchar, el Hijo sucede en nosotros y el Padre nos participa su divinidad; somos divinos, así tan humanos, y es pentecostés; sí, porque al final de la conversación, sucede el Espíritu cuando el que habla, como el Padre, sintiendo su vacío, que es plenitud, toma aíre y suspira; y cuando el que escucha, como el Hijo, recibe ese aliento y lo respira; el aliento del Padre que el Hijo respira es el Espíritu Santo. Así nuestro tiempo es eternidad, es en la tierra como en el cielo. Qué bueno es para los viejos hablar con los jóvenes, sucedió también la Trinidad entre ese muchacho de unos 14 años y este viejo de 58.
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