Reflexiones de miércoles santo
Treinta monedas y necro-religión
Reflexiones de miércoles santo
El relato que acabamos de escuchar en el evangelio es estremecedor y da lidia creerlo: “Uno de los doce, llamado Judas Iscariote, fue a ver a los sumos sacerdotes y les dijo: «Cuánto me darán si se los entrego».Y resolvieron darle treinta monedas de plata”. Sí, da lidia creerlo: los que asesinaron a Jesús, los que planearon su muerte, los que pagaron al sicario que lo entregaría, fueron sacerdotes, personas que iban diariamente al templo y se las daban de adoradores; pensaban que daban gloria a Dios y resultaron matándolo.
Parecía a los sacerdotes que el nazareno, de Galilea, que andaba siempre entre los pobres y gentes de bajos estratos sociales, no era tan religioso como ellos, de Jerusalén, de la aristocracia y siempre en el templo; opinaban que no era santo, que era impío, que se equivocaba, que era demasiado laxo, que no cumplía la ley, que no respetaba el día sagrado, que perdonaba demasiado fácil y que se había puesto incluso de parte de una mujer sorprendida en adulterio, que era impuro, que tocaba a los leprosos y hasta a los muertos, que no respetaba el culto y que había volteado patas arriba las mesas del templo, que se juntaba con malas compañías y que comía con pecadores públicos. Juzgaban que Jesús no daba gloria a Dios y quisieron defender a Dios de sus blasfemias; desataron la muerte, a nombre de Dios, contra el Hijo de Dios.
Religiosos y a la vez violentos; convencidos de que a nombre de Dios se podía eliminar a los otros, quitarlos de en medio, excluirlos, estigmatizarlos, dañarlos. Creían que Dios los apoyaba, que Dios estaba interesado en acabar con los que no eran como ellos, los que no creían en sus dogmas, los que profesaban otra religión, los que pensaban distinto, los que no se comportaban de acuerdo a su moral y costumbres.
Guerras que se justifican a nombre de la religión; no faltan los templos, las mezquitas, las pagodas, las sinagogas, desde las que se alienta la violencia y se grita que es Dios el que la quiere. Fundamentalistas musulmanes, a nombre de Dios y alentados por teocracias, hunden en el terror y ejecutan a los que creen distinto, a los cristianos y a muchos de sus propios correligionarios. El estado de Israel, a nombre de Dios, consuma el genocidio y se cree con permiso para invadir y masacrar. Rusia, a nombre de Dios, aplasta con sus misiles a Ucrania y el patriarca Kirill, uno de los más importantes líderes cristianos del mundo, no ha dudado en alistar su iglesia para la guerra, la ve como la voluntad del cielo, como el culto que hay que ofrecer para que el mundo sea como dicta la ortodoxia, y ha llegado a decir que las armas que tiene su país, armas que podrían destruir el planeta, son salvación para su pueblo; no se explica cómo hacen para decir que Dios es amor.
Religión y violencia, esto es estremecedor y da lidia creerlo, piadosos que siguen negociando con Judas la muerte del Hijo de Dios. A nombre de Dios se rechaza en los países ricos del norte a los migrantes pobres, multitudes que huyen de la guerra, del hambre, de la muerte; no han faltado gobernantes y clérigos que con una biblia, un rosario, un cristo en la mano, rechazan a los que llegan, hacen muros, disimulan nuevos campos de concentración, deportan. Piden la bendición del cielo para hacer del mundo un infierno. Les interesa su necro-religión, no les interesa Dios.
Muchos que alardean devoción, encuentran en la Biblia frase leídas sin Espíritu Santo y justifican con ellas la violencia hacia los pobres, las mujeres, los negros, los indígenas, los que han dejado las armas y firmado la paz, las personas homosexuales, los desplazados, los del otro partido, los de la otra confesión, los que piensan distinto. Las religiones, como la de los sacerdotes que pagaron a Judas, suelen enfermarse de violencia y la nuestra también es vulnerable a este mal.
Somos un país de mayorías cristianas y católicas y al mismo tiempo un país adicto a la guerra; es muy extraño que siendo tan rezanderos, seamos tan violentos; que veamos como defensores de la moral y la religión a líderes políticos que hablan de destripar a otros, que niegan la memoria de las víctimas, que ponen palos a la verdad, que confían en la fuerza bruta; es raro que siendo tan devotos nos cerremos a dialogar, a abrir caminos de negociación, a buscarle la comba al palo para que venga la paz. Creemos en Dios y creemos en las armas; este híbrido entre Dios y violencia es lo que llamamos diablo, lo que nos divide, lo que nos parte, es lo que hace que nuestra tierra sea un infierno. “Los doce apóstoles”, así se llamó uno de los grupos criminales que queriendo “limpiar” resultó sembrando terror en nuestro país: violencia como apostolado, la Biblia como revólver, se siguen pagando las treinta monedas de los sacerdotes del templo.
Una religión que no nos ayude a amar a todos y que nos incite a odiar, a criticar, a estigmatizar, a excluir, a rechazar, a matar, una religión así no es la de Jesús, es la de los sacerdotes que pagaron a Judas, es la que mató al Hijo de Dios. Una religión que llame a la violencia no adora a Dios, se arrodilla ante un ídolo; Dios quiere la vida, la vida abundante de todos y de todo, un ídolo quiere la muerte y pide sangre sobre sus altares. Una religión que señale a otros, que los haga avergonzar, que los ponga en la mira del desprecio, que los haga objetivo militar, no es la del amor, no tiene que ver con Dios, porque Dios es amor; la religión del evangelio es la del perdón a los enemigos, la que pone la otra mejilla, la que busca la paz y corre tras ella, la que come con pecadores, la que sirve la mesa e invita a todos.
Jesús nos enseña cual es la verdadera religión y cómo hacer para que nuestra devoción no se enferme de violencia. El apóstol Juan dice que no se puede amar a Dios a quien no vemos, si no amamos a los hermanos y a las hermanas que vemos. La única forma de amar a Dios es amando lo que Dios ama, y Dios ama los pobres. El apóstol Santiago afirma también que la religión que Dios quiere es la que cuida a los pobres, las viudas y los huérfanos. Dios no quiere que nos ocupemos de él, sería un Dios egoísta, centrado en sí mismo, y no lo es, Dios es amor. Dios quiere que nos ocupemos de lo que él se ocupa, de salvar, de sanar, de perdonar, de dar vida. Una religión así pondría las condiciones de la paz en el mundo y en nuestra Colombia.
Pretender defender a un Dios lejano en su cielo, de leyes y de dogmas, que se ofende si no se cumplen sus mandatos y si no se hace lo que a él le agrada, nos hace violentos y nos pone en contra de los otros. A Dios se le defiende dando la cara por los que no cuentan, por los ninguniados, por los excluidos, por los considerados de segunda y desechables; la religión de Jesús no defiende a Dios, defiende a los pobres; los pobres son vicarios de Dios y lo que les hacemos a ellos es lo que hacemos a Dios; la religión de Jesús es el sufrimiento de los pobres, allí se arrodilla y da gloria a Dios su Padre.
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