Este pueblo ya no puede más
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Este pueblo ya no puede más
Sí, efectivamente, donde el derrame de petróleo. La serie de terror continúa con nuevos episodios de sufrimiento extremo de los pobres, incumplimiento de compromisos por parte de los responsables, abandono del Estado, humillación, desamparo, agotamiento y explosión de impotencia, rabia e indignación. No podía ser de otra manera.
La entidad dueña de las chatas accidentadas, y por tanto causante del vertido y obligada por ley a las medidas remediadoras inmediatas y posteriores, no se está comportando ni siquiera dignamente. Empeñaron su palabra y firmaron la entrega a la población de unas cantidades de agua potable y alimentos que, aunque estaban muy por debajo de los estándares señalados por la OMS, eran algo; pues dos meses después la gente ha recibido en total una triste canasta de víveres y una garrafa de treinta litros de agua.
Por otra parte, está la empresa contratada por la anterior para limpiar los escenarios del desastre. Aunque la norma da tres meses de plazo mínimo, ya están pensando en finalizar la faena y retirarse. Pero los vecinos siguen encontrando petróleo en las orillas, porque desde que ocurrió el incidente el río ha crecido, y temen que cuando merme reaparezca el crudo. El comité de autoridades local protestó a la OEFA, el Organismo de Evaluación y Fiscalización Ambiental en Lima, nada menos. Y eso originó una reunión.
Se presentaron en Yanashi un ingeniero de OEFA Loreto, el jefe de la compañía de limpieza y un representante legal de la empresa responsable del siniestro. Yo llegué de Iquitos unos 45 minutos después, y me fui de frente al encuentro que mantenían con las autoridades. Un considerable gentío se iba congregando en la orilla del río y frente al salón parroquial, donde tenía lugar la reunión. El ambiente era tenso dentro y fuera.
El diálogo fue medio intrincado, hubo preguntas, aclaraciones en general poco convincentes, y la sensación de que a este pueblo lo están peloteando en un laberinto de informaciones y justificaciones. Las leyes, los organismos, los debidos procesos y las oficinas de la ciudad están a una distancia sideral del padecimiento concreto y palpable de las personas de acá, con nombre y apellidos. Tal vez necesitaban los ingenieros y el doctor un golpe de realidad, y lo tuvieron que aguantar.
De hecho, cuando salieron del salón, los esperaba una muchedumbre. En medio del creciente griterío, las autoridades nos dirigimos con los visitantes hacia el puerto, rodeados por los pobladores manifestando su irritación. Cuando la gente vio que se disponían a subir a los botes para zarpar, la irá subió de intensidad. Los vecinos les increparon fuerte, conminándoles a que dieran explicaciones y soluciones.
Por un momento temí que se iba a desencadenar la violencia. Vi miedo en los ojos de los forasteros. Había manos que jalaban de los cabos para que las embarcaciones no pudieran soltarse. Alguno logró subir, pero le hablé para que regresara a tierra, porque sentí que debían ellos escuchar directamente a la población enardecida y ofrecer aclaraciones. Propusimos ir al local comunal, bien cerquita, pero no, se dijo con cólera que allí mismo en la vereda había que conversar.
Y varias personas narraron sus historias. Una señora se mojó enterita por la olada en su canoa, y el agua del río “le quemaba”; un papá bañó a su hijita en la quebrada porque se les terminó el agua de lluvia y la tuvo que llevar a la posta con ronchas en la piel; trastornos gástricos, vómitos y diarreas por comer pescado; la angustia de tener que tomar agua del río, sabiendo que es venenosa, porque no hay otra…
Lindos, los rostros soleados con rasgos indígenas, las manos nudosas hechas al remo, ese español bola-bola, pero con la cruda sinceridad de quien le han arrebatado de un día para otro su fuente de vida, sustento y bienestar. Me daba gusto cómo se expresaban, su desgarro, el tono de la desesperación de quien ya no tiene nada que perder. Y me sentí orgulloso del pueblo menudo, y de poder estar allí con ellos respaldando, poniendo calma y ayudando alguito.
El pobre asesor legal dijo con su acento limeño que “no tenía poder para prometer nada”, se mereció una catarata de abucheos, gritos, insultos y se libró de algún guantazo. No es culpa suya: sus jefes lo mandaron a los pies de los caballos, mientras ellos bien comidos, bañaditos y tranquilitos. Porque ¿a quién le importan estas comunidades, cuatro gatos perdidos en medio de la selva?
Eso es lo más dramático. La Amazonía solo interesa como negocio, y sus habitantes son más bien un fastidio ligeramente engorroso para el gran capital. Pero para la Iglesia son los preferidos, los más vulnerables; le importan al Vicariato, me importan a mí. Y no les abandonaremos.
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