Así terminó aquella dura y espléndida jornada misionera
Misión extrema en Yanayacu (2ª parte)
Así terminó aquella dura y espléndida jornada misionera
Vivimos junto al gran Amazonas, el río más caudaloso del mundo, pero paradójicamente no disponemos de agua de calidad. Cuando llegó la hora de bañarse para quitarse ese sudor acumulado durante todo un día de calorazo insoportable en Yanayacu, resulta que solo era posible en la quebrada, sospechosa de estar contaminada por el derrame de abril pasado. De beber ni hablamos.
En los servicios de la escuela (parece que los únicos del pueblo), habían colocado una buena tina de agua, pero solo una de las misioneras alcanzó a ducharse: rapidito se personó alguien de la organización para advertir que esa agua era solamente para el inodoro. Ni modo, hubo que recurrir a las menguantes botellas que habíamos traído para hacerse, aunque fuera, el lavado del gato.
Esta vez estábamos más atentos, esperando a que nos brindasen algo de cenar, porque ya conté que llevábamos casi toda la jornada sin comer nada sólido. Pero… nomás entró en la casa el animador y dijo: “acá hay dos ahumaditos, si gustan”. Se refería a dos pescados ahumados para compartir entre ocho personas; en fin. Se los dejamos a los músicos, que iban a tener más chamba. Y nos dedicamos a alistar hamacas, colchonetas y demás aperos para la noche.
Mientras esto ocurría, sin visibilidad ya en la cancha el personal se preparaba para la procesión. Durante la tarde habían instalado el cuadro del Señor de los Milagros en una especie de casita hecha con telas, de modo que, con las velitas delante, parecía una de esas antorchas que de vez en cuando sacan a pasear los escolares. Al iniciar el camino por la única vereda del pueblo, yo ya estaba de nuevo empapado en sudor.
La procesión resultó bien, a pesar de que era una novedad para todo el mundo. Hubo cinco paradas, y en cada una de ellas se leía un trozo del Evangelio, junto con alguna reflexión, oraciones y canto. El público observaba entre perplejo y respetuoso. En una estación, la familia que recibía invitó a chicha a todos los peregrinantes. Y así llegamos de nuevo al salón comunal, donde se había celebrado la Eucaristía en la mañana, que era también el lugar de la velada.
Siempre pregunto si va a haber caldo de gallina, que habitualmente se ofrece como combustible para los danzantes, pero esta vez lo anhelábamos como un producto de primera necesidad – o supervivencia -habida cuenta del cansancio que acumulábamos después de un día tan extenuante, seco y escaso de agua y alimentos. “Claro, padrecito, a las 12 de la noche”. Diosito.
Empecé bien, saliendo casi el primero a danzar blandiendo mi pañuelo, porque la gente suele chuparse un poco al principio. Pero eran las 8, ¿cómo iba a aguantar mi cuerpito brincando hasta medianoche? Me gusta la danza y me movía mejor que la mayoría de los parroquianos, ostensiblemente novatos en ese lance; pero notaba los chorreones de sudor resbalando por mi espalda y mis piernas, y el polo pegado.
Eché una ojeada a las ollas humeantes y descubrí una de café, que ofrecieron con pan sobre las 10 de la noche: tentempié (nunca mejor dicho) salvador. Poco antes de las 11, aceptando que el caldo definitivamente no aparecía, ya no di más y me fui a mi colchoneta. Dentro de la carpa, la temperatura resultaba inaguantable, pero yo estaba demasiado agotado para darme ni cuenta. Me embroqué los tapones en los oídos con el fin de esquivar el ruido del bombo, la caja, el pínfano y las maracas, y me quedé dormido.
Fue una noche de apenas cinco horas de un sueño tenue y sobresaltado; a las 4:30 ya nos teníamos que levantar para zarpar a las 5. Nos esperaban otras tres horas de batalla contra el lodo arrastrando el bote, sobre un agua del río extrañamente cálida y con el sol aplastándonos sin clemencia.
La misión es fascinante, retadora y fértil en experiencias y satisfacciones; pero también es exigente, y en ocasiones muy ardua y fatigosa. Necesitamos, no solamente ánimos, generosidad y buena voluntad (solo con eso no se pilotan aviones) sino también resistencia, salud robusta y forma física suficiente. “¿Querías ser misionero? ¡Toma!”.
También te puede interesar
Así terminó aquella dura y espléndida jornada misionera
Misión extrema en Yanayacu (2ª parte)
La vida misionera es preciosa, y puede ser a veces muy dura
Misión extrema en Yanayacu (1ª parte)
Dos misioneras del Vicariato San José del Amazonas, protagonistas de la campaña del centenario
Sonrisas y vida en el cartel del DOMUND de Perú
Entre turistas en un centro de rescate amazónico
La selva desde fuera
Lo último
“Cristo murió por todos... En consecuencia, debemos creer que el Espíritu Santo ofrece a todos la posibilidad de que, en la forma de sólo Dios conocida, se asocien al misterio pascual” (GS 22)
Todos los difuntos comparten ya la Vida (Todos los Fieles Difuntos 02.11.2026)