Expectativa, emociones y recuerdos en Indiana, río Amazonas (Perú)
Primer día de clase
Expectativa, emociones y recuerdos en Indiana, río Amazonas (Perú)
Fecha de sentimientos encontrados: nudo en la boca del estómago por la angustia de que se acaban las vacaciones y hay que ponerse a estudiar; y a la vez emoción por ver a los amigos, saber los profesores que vamos a tener y por fin, qué vacaciones tan largas, ya era hora de volver al cole. Todos hemos pasado por eso, y fue un gusto compartirlo y re-cordarlo el otro día en Indiana.
Los alumnos estaban ya perfectamente ubicados por grados cuando llegamos al coliseo. Se podían distinguir los primerinos por el tamaño y las caras de principiantes, y de ahí hasta quinto, la promoción, los veteranos casi con un pie fuera, seguros y orgullosos, encarando su último año de secundaria. Un mar de uniformes blancos y grises.
Los componentes de la mesa de autoridades, ordenada también con exactitud conforme a protocolo, fuimos presentados, antes que nada. Un momento de oración muy bien preparado y dirigido por los maestros de religión dio inicio al acto. Y en seguida, como mandan los cánones, el infaltable homenaje a los símbolos patrios: la bandera y el himno nacional, que todos entonamos rellenando la melodía electrónica de fondo. “Somos libres, seámoslo siempre”.
Los animadores, que eran la profesora Debra y el profesor Jorge, muy hábiles en la conducción del evento, dieron paso a las palabras de saludo. Tras la directora de la institución, era el turno del Administrador Apostólico, que me pregunto si alguien sabe qué cosa es eso. Pero ahí salí, y tras cumplimentar, invité a todos a imaginar que estábamos ya en el último día de clase, no el primero, y preguntarse: “¿Cómo me gustaría que hubiese sido este año escolar? ¿Cómo querría haber trabajado?”. Pues eso mismo, proponérselo en esta jornada de comienzos.
Recurso, por otra parte, inspirado en los números 186 o 340 de los Ejercicios Espirituales. Este colegio es uno de los cuatro que el Vicariato tiene en convenio con el Estado; son centros públicos de régimen gratuito confiados a la Iglesia, que es encargada de la administración y el desarrollo del proceso educativo. Por eso habíamos respondido a la convocatoria la directora de la ODEC (Oficina Diocesana de Educación Católica) y yo, además de la hna. Mª José, misionera delegada por el Vicariato para el acompañamiento de esta institución educativa.
Los potos empezaron a removerse en las gradas ante la longitud de algún discurso. Hubo alguna reconvención y llamada a “comportarse”, hasta que comenzó propiamente el programa deseado por la chavalería. Se fue presentando uno por uno a todos los profesores, entre bromas, aplausos y más o menos vítores según el caso. Se evidenciaron suspiros de alivio al ver al profe favorito de regreso, y también algún silencio espeso señal de “este año este-a otra vez acá, oh no”.
Y es que la mayoría de los docentes son contratados por un año, al final del cual son evaluados y se determina si volver a contar con ellos o no; una especie de “interinos”. Los que tienen plaza fija, o sea los “nombrados”, son bastante pocos. Ese trasiego supone un acicate para los temporales, que quieren trabajar bien para ganarse el puesto, pero a la vez genera inestabilidad y dificulta la continuidad en los colegios.
La temperatura física y emocional iba subiendo. Por supuesto que a los visitantes nos habían ofrecido una botella de agua bien heladita, y la estábamos tomando cuando se inició el desvelamiento de lo más esperado: quiénes serán los tutores de cada salón. Me hicieron reír los aullidos, aplausos y gritos cuando concordaban las preferencias de los escolares con los maestros que eran apelados a salir al frente. Siempre hubo popularidades y predilecciones.
Al final, el habitual fotocall del que dejo constancia (bien que se habían currado el fondo). Un rato muy divertido y un retorno fugaz a tiempos adolescentes, cuando la vida era casi intacta, más leve y acaso más colorida que ahora. Fui muy afortunado con mi colegio, mis compañeros y mis profesores. Ahí estuvo parte de mi ADN, en aquellos patios se fraguó el germen de lo que hoy se sigue desplegando. Me siento agradecido a Indiana y a mi cole.
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