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¡Qué hombre!
Vivía atrapado por el laberinto de la soledad, alacena de las mil sabandijas que la perturban, sin encontrar el hilo de salida. Lo sostenía la esperanza de no sé qué, pero, sin nadie a su lado, evitaba a todo el mundo, esperó inútilmente. Nadie supo si había leído, si se lo había oído a alguien o si era de cosecha propia, lo que dijo una vez y que, desde entonces, todo el mundo repite: “La vida es como una tediosa discusión de dos borrachos”. Hasta unos meses antes de su muerte, pasaba en el balcón de su casa largas horas del crepúsculo midiendo el tiempo a cucharadas de café, y escuchando los últimos sones de la luz que se derrumbaba detrás del Cebreiro y le llegaba a través de los ojos de las campanas. Sus ojos, al mismo tiempo que pedían auxilio (que nunca aceptó), como uñas del abismo, miraban hacia dentro y se preguntaban: ¿Qué es esto y qué hago aquí? Era como un borracho, una tarde de otoño, dormitando sobre la mesa de una terraza. Estos últimos tiempos no hacía más que esperar la muerte que lo llevó una noche y lo mantuvo solo hasta que la guardia civil lo encontró muerto en su casa”.
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