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Modernos confesionarios

Desde tiempo inmemorial bares y tabernas ha sido contemplados como centros de tertulia y de reunión dónde dar rienda suelta a los pensamientos y emociones de la vida cotidiana. Para otros, se han convertido en una especie de 'confesionarios' dónde ahogar las penas o desfogarse de contratiempos. Los camareros son, a veces, modernos confesores, que administran mejor que nadie las alegrías y miserias de sus parroquianos que consiguen dar a cada cual su propia razón, sin desvirtuar la razón de todos. El bar es el púlpito del pueblo, allí hablan, desde el monaguillo hasta el alcalde, con idéntico tono democrático y sin censuras, allí se prioriza lo inmediato, el campo, la lluvia, la se quía y, cómo no, la erótica popular de las fiestas y de la obscuridad del porvenir, sin olvidar la crítica a vecinos molestos, líderes de prepotencia y, ordinariamente, poca solidaridad. El bar, asamblea popular sin escaños y rotundo corazón del auténtico pueblo democrático. Cuanto más iquiqueño es el pueblo, más importante es el bar

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