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¡Qué hombre!
Aquí hay tiempo para recordar los encuentros inesperados y los deseados que nunca tuvieron lugar, las despedidas que siempre temimos y los días de la infancia cuyo misterio nadie nos aclaró nunca. El abuelo me explicaba la historia de la casa y de las casas del pueblo. La abuela contemplaba y dialogaba con el fuego, con los pucheros, con las gallinas y con los cerdos. Era sencilla como una margarita de los prados, dulce como el canto de un ruiseñor, enjundiosa como una hogaza de pan recién sacada del horno y limpia como un copo de nieve. Aquí hay personas a las que se les mueren las palabras en los labios porque nunca encuentran las justas para decir lo que quisieran hacer entender, y se aprende que el tiempo es el mejor aliado y el peor enemigo, que el valle es el fundamento de la montaña y la montaña los cimientos del cielo. El abuelo que me decía: los hombres no lloran, cuando lo sorprendía llorando al hablarme de la abuela, se disculpaba: “No lloro. Me gorgoritean los recuerdos por dentro”. En vísperas de la Navidad, a veces hay que convertir los recuerdos en carne de nuestra carne para no dejarse engullir por ellos. y hacer plaza al que está viniendo
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