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El carnaval ha sufrido una mercantilización absoluta en lo que pretende preservar convirtiéndolo en una falta reproducción de lo que es de lo que fue y de lo que debería ser. La manipulación superficial suscita en la existencia y en la oscuridad de la vida del ciudadano una especie de temor religioso, reverencial, determinado por un montón de palabras sagradas que producen en la masa un sentimiento de comunión: como una transfiguración. Los carnavales modernos son una espectacularización al máximo grado de ciertos del año. Introduce a sus adeptos en un mundo fantástico, de ilusión, virtual, y subterráneo como si se tratara de la vuelta a útero maternal que extrae los sueños prohibidos del reprimido ciudadano cuyos resultados no va mucho más allá de un día, una tarde o, tal vez, una noche “no palleiro”. Aun así, conserva la nostalgia de la rebelión de las máquinas contra sus creadores y de los ladrones que persiguen los policías.
La cconstrucción artificial del carnaval tiene lugar a expensas de ocultar su propia naturaleza convirtiéndola en algo parecido a los animales salvajes encerrados en un zoológico, de un jardín salvaje en el interior de un ciudad: un cadáver vegetal. El carnaval actual es un plexo de materiales dúctiles soportes del deseo, del dolor y la esperanza. El pueblo, como un despoblado de la memoria, le devuelve su aureola, como centro de todas las fiestas, como instaurador y se convierte como un homenaje a la libertad y a la democracia. El carnaval se nutre de la necrosis de la propia comunidad. Y así se salva lo que se secuestra. Los constructores de los modernos carnavales, tal vez sin pretenderlo, controlan su salvaje y caótica naturaleza.
Como fruto de la ingeniería social, los carnavaleros tienen la sensación de ingresar en el universo puro de la diversión y la libertad lo que supone una discontinuidad que rompe la monotonía de la cotidianidad, es una transformación de la faz de la sociedad del bienestar. El carnaval tal cual, recupera la ilusión de un mundo diversificado, puesto al servicio de la nostalgia, recuperación de vetustos cascos históricos dentro de un mundo industrializado, la ilusión de lo auténtico en el corazón de la modernidad (los carnavales ahora se hacen en las ciudades y en las villas, han desaparecido del mundo rural). Es la exteriorización del mundo deseado, original, salvaje, siguiendo disfrutando de los ventajes del mundo real.
El carnaval es la celebración de la libertad de la que disfrutan los seres que vuelven del otro mundo, la verdadera libertad del pueblo. Hoy es un producto transgénico de acuerdo a las necesidades y conveniencias del gestor, para que el pueblo siga disfrutándolo sin que suponga un problema para el poder, un sucedáneo del auténtico carnaval. La gente llega a olvidar por completo el origen del carnaval, y su carácter de extrañeza y exotismo propio de todo hecho diferente. Transgredirlo todo para que todo siga igual. “Juegos de un dios menor al servicio del espectáculo”. Los carnavales de hoy son un sucedáneo, planificado y construido sobre el carnaval: la salida de del inframundo de los del otro mundo que vienen a visitar a los de este mundos.
El carnavalero, más que en sí mismo, todo esto lo ve en el otro, encarnación de esa vida libre, libertina, salvaje, original. El otro es la exteriorización del estado natural perdido, de mi interior inconfesable, la recuperación del paraíso perdido. Es como una metamorfosis de la vida diaria. Cumple la función de la puesta a punto de la sociedad, corriendo el peligro de banalizarlo todo, integrándose en la apariencia. La gente llega a olvidar por completo el origen del carnaval, y su carácter de extrañeza y exotismo propio de todo hecho diferente. La naturaleza del carnaval y su finalidad es reivindicativa, consistía en poner, al menos por un tiempo, todo patas arriba. ¿En dónde, pues, está el carnaval?
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