Las cenizas de Dios (y 2)

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Sus padres eran María y José. Cuando tenía 30 años, se echó al mundo a predicar. “Amaros los unos a los otros como yo os he amado”, “no hay amor más grande que dar la vida por los amigos”, “nadie puede amar a Dios sino ama a sus hermanos”, “lo que hacéis con uno de estos pobres conmigo lo hacéis”. Llegó un momento en que los prebostes de la región temieron por la seguridad de sus poltronas, azuzaron la chusma y lograron que la autoridad romana les diera licencia para crucificarlo porque su doctrina podía soliviantar a las masas. Nunca escribió nada, pero otros escribieron sobre él. Desde entonces hasta hoy, millones lo admiraron y ven en él una persona admirable, infinitamente generosa y lo tienen como un ejemplo a seguir y a imitar. Otros muchos millones lo consideran el Hijo de Dios, el mismo Dios.  De estos últimos, miles de millones además constituyen la Iglesia que, según unos, el mismo fundó, y, según otros, fundaron sus discípulos. Sobre las cenizas del dios metafísico, Jesús sigue más vivo que nunca.

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