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¡Qué hombre!
En la honda soledad de los atardeceres, espigas de la memoria, al pequeño poblado, que bebe la vida a ciegas y habita en sus sueños, la vida le sangraba por las encías. Su historia, realidad a punto de olvidarse, es una historia interminable llena de certezas, atravesadas por el silencio que van más allá de la filosofía y de la teología, y socaba las piedras. Sus casas, cosas de las cosas, son hoy catedrales en ruinas, en las que duermen los sueños perdidos de la oquedad del tiempo, palabras escondidas detrás del misterio de la vida.
Esta pequeñez, a quien, en su hondura se deja hundir y por ella mirar, la vida se le revela en su tragicómica belleza y en su humildad epifanea la grandeza de aquel que aquí plantó su tienda, traje de silencio, bosque del que, atravesado por cien senderos, jamás hemos salido.
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