En tiempo de elecciones, solo sobrevive una estructura simbólica: de derechas y de izquierdas. Los lideres políticos no son más que símbolos del ideal, objetos simbólicos. Esos objetos simbólicos pueden tener y hacer, como sucede muchas veces, una vida completamente discordante, mismo en contradicción, con el ideal que simbolizan. La esperanza en el ideal lleva a una desconexión total con el mundo real, con la corrupción, la mentira, el engaño. El verdadero seguidor, el militante, el afiliado incondicional, vota, haciendo caso omiso y pasando por encima de la frustración, y hasta de la desesperación, sin mirar los medios y sin necesidad de argumento ni justificación. El auténtico creyente, con los ojos cerrados y la mente en blanco, se lanza a la persecución de un ideal. Es lo que exige la fe al creyente. El voto del ignorante que no quiere saber, es el voto de la fe pura que lo redime todo. Como Abrahan, hasta que Dios le dijo: no mates a tu hijo. “No hay nada que esperar salvo la esperanza”.