Paraiso perdido

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Vino hace unos días a pasar un mes con la sospecha inconfesable de quedarse. Nació aquí, a los quince se fue, vino dos veces en los años siguientes a su marcha, y ahora hacía sesenta años que no había vuelto. Pero “vivir del sueño prescindiendo del mundo hace que hagamos del sueño nuestro mundo. Esto también ha cambiado. Los que eran viejos cuando me fui ya se han muerto, los niños de entonces son viejos como yo”. Cuando, como entonces, por la mañana siente piar los gorriones en la higuera del patio, para atravesar el Eiroá pisa las mismas piedras, se sienta a la sombra del roble al que subía para coger un nido de urraca, pone cara y ojos de adolescente enamorado. Vino con la idea de encontrar un mundo sin coches, sin ruidos, lleno de pájaros, y de pasar horas y horas hablando de los días de la infancia, de las vacas, de las ovejas, de la siega. “Lo malo es que, por no tener casi nada en común, mi historia solo interesa un poco a casi nadie y a mi la de casi nadie me interesa un poco", me dijo y se fue.

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