¡Qué hombre!

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Leia el AT en hebreo, el Nuevo en griego, a Dostoievski en ruso, a Kant en alemán, a Shakespeare en inglés. Una vez fui a visitarlo al día siguiente de llegar de París, con un libro que había comprado allí. Le traigo este libro que acababa de salir cuando me vine. No está mal, comentó. ¡Cómo!, exclamé. Lo recibí hace dos días. Me lo envió la editorial. En su biblioteca obraban sobre unos 20 mil volúmenes. Otra vez, lo encontré hablando en el camino con feligreses. ¿De qué habla con ellos?, le pregunté. Los escucho. Todo el tiempo del mundo no me daría para aprender lo que pueden enseñarme, respondió. Un día, me dice el director de un diario: Queremos una entrevista con ese sacerdote. Ven conmigo, me dice el repórter; quiero que me lo presentes. No sé cómo entrar a un cura. Te esperaré en el bar, le dije después de presentarlos. Pasó una hora, pasaron dos. Entonces fui a la casa rectoral. Los dos estaban conversando tomando una copa. Es el hombre más sabio y, al mismo tiempo más humilde de todos los que he entrevistado. Si sigo un poco más con él, hubiera terminado pidiéndole que me oyera en confesión. ¡qué hombre!  

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