Jesús como hombre era un “yo y mi circunstancia”, “un ser aquí y ahora”, como cualquier hijo de vecino, con sus limitaciones y determinaciones. Dejó un mandato claro que quien quiera seguirlo ha de cumplir: amar a Dios y al prójimo como a sí mismo. Ello exige tener como prioridad y foco de su preocupación a los débiles, a los pobres. Pero Jesús no dice que debe de hacerlo siendo de izquierdas o de derechas, siendo laico o clérigo, consagrado o seglar, filósofo u obrero. No sabemos, ni es necesario, lo que diría sobre las situaciones que, en comparación con las que él vivió, son completamente nuevas. Un ejemplo: Jesús no dijo nada, ni a favor ni en contra, sobre el sacerdocio de la mujer ni sobre otras muchas cosas. Muchos quieren hacerle decir cosas porque, seguramente, no confían en la inteligencia humana, don de Dios[M1] , para ir dando respuestas a la historia.