Lagrimas de los antepasados

Los copos parecen ángeles con sus alas rotas en busca de otro mundo

Nevada
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Esta noche, se sentía el viento de la nieve rondar los bordes de la cama. Esta mañana, el universo apareció, vacío de cosas, envuelto en la sencillez del misterio. Una mano inmensa aprisionaba el mundo, una especie de poder mágico que producía un silencio sombrío, denso, abrumador, lo vaciaba de cosas, lo habría en canal y dejaba ver una realidad fantasmal como el lecho seco de un río prehistórico lleno de fósiles de animales que poblaron mis sueños de niño.

Caminé como por dentro de las ruinas de la montaña habitada por los antepasados, rompiendo la pureza, la sencillez y la espontaneidad del misterio que me envolvía. El gruñido sordo de la nieve al pisarla rompía el denso silencio y causaba una sensación vaga y confusa que, con lazos indefinibles, lo unía todo, y producía un hechizo de mágica embriaguez y de soledad intima, expresión de la infinita orfandad que anegaba el universo.

Nevada
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Los chispazos del sol sobre la blancura inmaculada de la nieve tenían el mundo de una aparente y diáfana transparencia y lo sumergían todo en un sueño lejano que convierta la realidad en irrealidad de pura e inefable belleza. Ver nevar es como contemplar algo indefinible, un torbellino de acontecimientos irreales y produce la sensación de estar en ningún sitio fuera del cuerpo.

Los copos parecen ángeles con sus alas rotas en busca de otro mundo, peregrinos sin destino, sonrisas petrificadas y lágrimas de nuestros antepasados saturadas de silencio. Una nevada convierte la naturaleza en el templo de lo sagrado y los árboles en quicios del cielo.

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