Todo proclama su alabanza

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Nubes errantes, como guirnaldas de contorno inefable, tarde lenta de septiembre. El cielo andrajoso, como ciervo herido que huye. Aquí, contigo empieza otoño. La vida se desnuda, “resplandece la excelsitud de su verdad divina” y lleva el pensamiento al infinito. El ruido se aleja de las calles y, por las faldas del Cebreiro, las campanas volteadas, como danzantes, arañan y brincan de las cimas de las rocas al frio abismo buscando a los muertos errantes. Sus gritos, sin nadie que los escuche, hacen sagrado lo profano. Por los caminos para reconciliar el día con la noche, atados al fondo, como sombras que nosotros no hemos hilvanado, vamos buscando a nuestros primeros padres para pedirles cuentas de la culpa que nos hacen pagar por el pecado que no hemos cometido.  Desde las alturas hasta las profundidades, como un paseante tranquilo, la vida, agazapada en un tapiz de seda, proclama su alabanza.

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