Cobo, en el funeral por las víctimas de Adamuz en Madrid: "Que esta tragedia nos haga amar más"
"La Iglesia no viene hoy a ofrecer respuestas rápidas, sino a compartir el peso del duelo, a permanecer, a no marcharse cuando el sufrimiento incomoda", subrayó el cardenal de Madrid
"Que esta tragedia nos haga amar más. Que a todos nos ponga de nuevo al servicio del bien común, convirtiendo el dolor en herramienta para la paz, la concordia y la convivencia. Y a las víctimas y a sus familias, que Dios os conceda consuelo, sanación y luz perpetua". Así concluyó la homilía del cardenal de Madrid, José Cobo, en el funeral organizado por la provincia eclesiástica de Madrid por las víctimas de la tragedia de Adamuz y, especialmente, por el alma de los siete fieles de la comunidad fallecidos en el descarrilamiento del tren.
Más allá de oportunismos políticos (la diócesis no escondió su malestar por el intento de la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, de monopolizar una despedida ya preparada por los obispos de Madrid, Getafe y Alcalá -de hecho, sólo ella, el alcalde de Madrid, el presidente del Senado y el delegado del Gobierno), la Iglesia de Madrid quiso ofrecer un testimonio de fe y esperanza, desde el dolor.
"Hoy la Iglesia permanece en silencio junto a un pueblo herido", arrancó su homilía el purpurado. "En muchas diócesis, en estos días, junto con las autoridades y con todos nuestros vecinos, sentimos la necesidad de reunirnos para afrontar también desde la fe el dolor de las víctimas y la solidaridad de los vecinos y de los cuerpos de emergencia que a todos nos ha tocado profundamente", recalcó.
Trazó Cobo "un silencio lleno de nombres, de historias truncadas, de vínculos rotos demasiado pronto. Porque cada vida perdida deja un vacío infinito en el corazón de su gente. Hoy lo reafirmamos con respeto y con dolor", recordando que "la Iglesia no viene hoy a ofrecer respuestas rápidas, sino a compartir el peso del duelo, a permanecer, a no marcharse cuando el sufrimiento incomoda".
"Esta noche, como Iglesia, junto a todos los que se incorporan a este gesto y a esta oración, queremos estar con quienes han perdido a un hijo, a una esposa, a un hermano, a un amigo; estar con quienes sienten que una parte de su vida se ha derrumbado y que el futuro, de pronto, se ha vuelto incierto; estar junto a un pueblo que ha sido herido y traspasado"
"Esta noche, como Iglesia, junto a todos los que se incorporan a este gesto y a esta oración, queremos estar con quienes han perdido a un hijo, a una esposa, a un hermano, a un amigo; estar con quienes sienten que una parte de su vida se ha derrumbado y que el futuro, de pronto, se ha vuelto incierto; estar junto a un pueblo que ha sido herido y traspasado", subrayó el cardenal de Madrid.
"Somos frágiles, y nos morimos"
"Nos sentimos débiles porque estos hechos nos recuerdan algo que a menudo intentamos olvidar: somos frágiles y nos morimos. Por mucho que planifiquemos, por mucho que aseguremos, por mucho que creamos progresar, el misterio de la muerte sigue estando ahí", admitió el arzobispo de Madrid, quien invitó a escuchar la voz de Dios "en la oscuridad de la noche, desde la realidad de los fallecidos, desde nuestras propias fragilidades y miedos ante la muerte". Porque "en medio de la perplejidad, de la fragilidad y de nuestros miedos, Cristo nos dice que la muerte no tiene la última palabra".
"Cuando compartimos la fragilidad y la ponemos ante Dios, se crean espacios de encuentro, de cuidado mutuo, de solidaridad verdadera. No nos paralizamos, sino que nos responsabilizamos porque descubrimos que estamos llamados a cuidarnos unos a otros, no a enfrentarnos ni a vivir encapsulados en nuestros propios búnkeres personales o ideológicos", añadió, incidiendo en la importancia de "cuidar": al más desvalido, a la casa común, a nuestros vecinos, y a quienes nos cuidan, que también lo necesitan.
"Hoy confiamos a nuestros hermanos difuntos a la misericordia infinita de Dios. Creemos que ahora están sostenidos por un amor más fuerte que la tragedia, más fuerte incluso que la muerte", finalizó Cobo, quien quiso dirigirse "a quienes hoy lloran" para decirles "con sencillez y con verdad: no estáis solos. La Iglesia camina con vosotros. La comunidad permanece. La memoria no se apaga".
"El dolor compartido no desaparece, pero pesa menos ante este Dios. La cercanía, el abrazo, la fidelidad al recuerdo son ya una forma humilde y real de esperanza", insistió, invitando a todos a "ser más humanos, más resucitados, más solidarios, más atentos a la fragilidad de la vida. A construir una sociedad donde el cuidado sea prioridad y donde cada muerte nos duela lo suficiente como para cambiar".
"Que esta tragedia nos haga amar más. Que a todos nos ponga de nuevo al servicio del bien común, convirtiendo el dolor en herramienta para la paz, la concordia y la convivencia. Y a las víctimas y a sus familias, que Dios os conceda consuelo, sanación y luz perpetua", concluyó.