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Cobo preside este domingo la misa en La Cañada Real, "un territorio de misión dentro de Madrid"

Cobo dará la misa en La Cañada | Infomadrid

n 1978, un hombre llamado Gregorio Montes le puso puertas al campo delimitando con alambres un trozo de terreno en la Cañada Real Galiana, una vía pecuaria de trashumancia usada para el pastoreo. Tal y como había quedado regulado ya en época de Alfonso X El Sabio (siglo XIII), las cañadas reales estaban reservadas para el paso de ganado, pero en los 60, la Galiana se había ido poblando con migrantes empobrecidos venidos de otras provincias, que establecían allí sus casuchas.

Dividida en seis sectores, la Cañada va mudando su aspecto conforme se avanza del primero al último, el Sector 6, en el extremo sur, cerca de la incineradora de Valdemingómez. Es este el más deprimido, donde se suceden las infraviviendas y chabolas. Según datos de la Comunidad de Madrid de mayo de este año, en él viven 2.953 personas, de ellos 1.211 menores de edad.

En pleno proceso de demolición y realojo de sus habitantes—acordado en 2017 por las administraciones—, el Sector 6 lleva casi seis años sin suministro eléctrico. Una forma más, dicen, de forzar la salida de los moradores, a los que se acusó de sobrecargar la red con las plantaciones de marihuana.

Con el desmantelamiento de Las Barranquillas (y antes, La Celsa), el negocio del menudeo de droga en Madrid se trasladó a la Cañada. Se la consideró el nuevo supermercado de la droga, hasta que la proliferación de narcopisos en plena ciudad han empezado a hacerle sombra.

Presencia de la Iglesia en la Cañada

A este sector llegó, hace ya 19 años, el sacerdote Agustín Rodríguez Teso (imagen inferior) para hacerse cargo de la parroquia de Santo Domingo de la Calzada, erigida en 1953 para atender a los primeros pobladores de la Cañada. En la actualidad, el perfil de la feligresía ha variado mucho.

La inmensa mayoría no son católicos: hay un porcentaje muy alto de musulmanes y otro de evangélicos de la Iglesia de Filadelfia, culto al que se suma la mayoría de la población gitana aunque sin embargo ahora, con los realojos, se ven superados por los primeros, y de hecho «la mayor parte ya no participaba en el culto».

Después, explica el sacerdote, hay pequeños grupos de ortodoxos y un residuo susceptible de ser católicos. «Vivimos en un territorio de misión dentro de Madrid», resume.

Con todo ello, la comunidad parroquial la forman un grupo de personas que son residentes de la Cañada, unas 5 ó 6, a las que se suman integrantes de la «rica y plural» vida religiosa que se hace presente en la parroquia (Compañía de María, vedrunas, agustinas y las Anas) y laicos de distintas realidades que acuden a la Cañada.

A las Misas dominicales van entre 10 y 20 personas. Son ellos los que embellecen la pobreza con la presencia de la Iglesia. Los que llevan entre las chabolas, las jeringuillas por los suelos y la inmundicia a ese Dios que es fiel y nunca abandona a su pueblo.

A esta comunidad se sumó Cáritas Diocesana de Madrid, establecida —junto a otras entidades— en la antigua Fábrica de Muebles, que desarrolla allí una intensa labor con niños y adultos.

Y esto es lo que ha querido mostrar el cardenal José Cobo, arzobispo de Madrid, con su decisión de celebrar la Misa de este domingo, 12 de julio, en la parroquia de la Cañada. «El obispo tiene una preocupación clara —indica Agustín— y desde que fue nombrado arzobispo ha mostrado mucho interés». De hecho, «siempre ha expresado que no podemos dejar de visibilizar lo que ocurre en la Cañada, y la presencia de la Iglesia en ese contexto».

Fue él mismo el que les habló de la posibilidad de que una de las Misas de La 2 de los domingos fuera desde allí. Y cuando se fijó la fecha, «nos comunicaron que tenía la intención de venir».

La noticia la recibieron en la comunidad eclesial —porque también se sumarán representantes del proyecto de Cáritas— con mucha alegría. Es un hito más en este camino junto al obispo «porque el contacto ya es permanente, cercano e intenso». «Sentimos su cercanía y su aliento cariñoso», y él, de una manera u otra, «siempre está».

Tensión, tristeza y preocupación

La situación en la Cañada es cada vez más precaria. «Aquí la gran apuesta son los realojos», pero el ritmo va tan lento «que genera más problemas de los que ya tenemos». Hay una situación de precariedad «ya desde antiguo» por el aislamiento y la falta de recursos. Ahora se suman los escombros de las viviendas ya demolidas o los echados allí a modo de vertdero, lo que ocasiones problemas de salubridad, y la reutilización de parcelas.

«Siguen llegando familias nuevas, y muchas de ellas se alojan en subparcelas dentro de parcelas que ya existían antes». Así, donde antes había una familia, ahora hay tres. Por eso, a la falta de luz desde hace años se le añade en los últimos tiempos el hacinamiento, lo que genera «problemas de convivencia y de salubridad», ya que tampoco hay agua corriente con lo que utilizan pozos negros y fosas sépticas.

Todo esto provoca una situación de «tensión, tristeza y preocupación». En este contexto, los trabajos son «buscar soluciones nuevas» a las condiciones de vida de estas familias. «No se puede seguir sosteniendo la ínfima calidad de vida».

Y aquí a Agustín le siguen resonando las palabras del Papa León XIV en su viaje apostólico a Madrid, cuando hablaba del reconocimiento de la dignidad de las personas y de lo que «nos impela a nosotros, que es anunciar el Evangelio» y «decirle a la gente que Dios está de su parte por encima de cualquier otra realidad». Y esto «se tiene que traducir también en dignificación de la calidad de vida».

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